Sorpresa fueguina
Puesto que para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no es suficiente que un mandatario provincial se declare firmemente comprometido con su “proyecto” porque lo que exige hoy en día es lealtad incondicional, el triunfo en las elecciones del domingo en Tierra del Fuego de la ex arista convertida en gobernadora K, Fabiana Ríos, fue una píldora un tanto amarga. Si bien el ministro del Interior Florencio Randazzo hizo cuanto pudo para dulcificarla, afirmando que el resultado “para nosotros es una muy buena noticia”, en los días anteriores al balotaje la presidenta no dejó duda alguna de que apoyaba con fervor a la candidata del Frente para la Victoria, Rosana Bertone, la que para más señas pareció destinada a ganar por un margen amplio, ya que en la primera vuelta había aventajado a Ríos por casi nueve puntos. Aunque por tratarse de una provincia con menos habitantes que muchas municipalidades de dimensiones modestas las elecciones fueguinas no nos han dicho mucho sobre lo que podría suceder en el país en octubre, los esfuerzos del gobierno de Cristina por nacionalizarlas aseguraron que el desenlace tendría un impacto en el clima del triunfalismo que está procurando instalar. No fue un revés muy significante, pero le convendría tomarlo en cuenta. Además de informar a los fueguinos que Cristina respaldaba a Bertone y que por lo tanto se oponía a Ríos a pesar de las muchas manifestaciones de fe en el kirchnerismo de la gobernadora que, por entender muy bien la importancia de la caja y de la voluntad oficial de ayudar a las empresas que tienen plantas en Tierra del Fuego, raramente deja pasar una oportunidad para subrayar su aprobación del “modelo” socioeconómico actualmente vigente, los propagandistas oficiales manipularon las encuestas con el propósito de hacer creer que arrasaría el Frente para la Victoria. Como ya es frecuente en nuestro país, incluso se las ingeniaron para que las encuestas a boca de urna dieran a Bertone el triunfo por un margen de hasta diez puntos, como si supusieran que sería posible modificar los resultados antes de terminar el conteo de votos. Los kirchneristas no son los únicos que encuentran irresistible la tentación de intentar maniobras de este tipo con el presunto propósito de poner en duda la veracidad de las cifras anunciadas, pero pocos son tan proclives como ellos a entregarse a los festejos prematuros, acaso por confiar demasiado en el “relato” épico en el que se sienten participantes. De todos modos, mientras que los cristinistas más entusiastas, en especial los militantes jóvenes de La Cámpora, insistieron en tratar los comicios fueguinos como un episodio más de la gran saga nacional, Ríos y sus colaboradores privilegiaron los intereses locales. La estrategia así supuesta arrojó buenos resultados. Asimismo, acaba de confirmarse que, como en muchos otros distritos del país, a los fueguinos no les gusta verse tomados por meras fichas en una contienda nacional cuando lo que está en juego es la administración de su propia provincia. Por lo demás, habrán entendido que por motivos concretos, y también, quizás, por cierta afinidad ideológica, Ríos siempre se había llevado bien con el Poder Ejecutivo nacional y que a cambio tenía derecho a esperar que la presidenta asumiera una postura por lo menos neutral frente a las elecciones locales. El que Cristina haya procurado desensillarla, tratándola como a aquellos peronistas que para su desconcierto se vieron borrados de las listas oficialistas, no les habrá caído bien a los muchos cuyos votos le permitieron recuperarse del golpe que recibió en la primera vuelta, en que Bertone la aventajó por un margen que pareció decisivo, para sorprender a casi todos derrotándola por 1,3 puntos en el balotaje. Se trata de una lección para aquellos oficialistas que creen que el país constituye un solo distrito nacional y en consecuencia no hay que preocuparse demasiado por las pequeñas diferencias locales. También lo es para quienes suponen que en última instancia las cúpulas partidarias son dueñas de los votos de sus respectivas clientelas. Además de contar con el apoyo explícito de la presidenta Cristina, Bertone fue respaldada por sectores radicales que querían compartir los frutos de un triunfo que creían inevitable, lo que a la hora de votar no le sirvió para mucho.
Puesto que para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no es suficiente que un mandatario provincial se declare firmemente comprometido con su “proyecto” porque lo que exige hoy en día es lealtad incondicional, el triunfo en las elecciones del domingo en Tierra del Fuego de la ex arista convertida en gobernadora K, Fabiana Ríos, fue una píldora un tanto amarga. Si bien el ministro del Interior Florencio Randazzo hizo cuanto pudo para dulcificarla, afirmando que el resultado “para nosotros es una muy buena noticia”, en los días anteriores al balotaje la presidenta no dejó duda alguna de que apoyaba con fervor a la candidata del Frente para la Victoria, Rosana Bertone, la que para más señas pareció destinada a ganar por un margen amplio, ya que en la primera vuelta había aventajado a Ríos por casi nueve puntos. Aunque por tratarse de una provincia con menos habitantes que muchas municipalidades de dimensiones modestas las elecciones fueguinas no nos han dicho mucho sobre lo que podría suceder en el país en octubre, los esfuerzos del gobierno de Cristina por nacionalizarlas aseguraron que el desenlace tendría un impacto en el clima del triunfalismo que está procurando instalar. No fue un revés muy significante, pero le convendría tomarlo en cuenta. Además de informar a los fueguinos que Cristina respaldaba a Bertone y que por lo tanto se oponía a Ríos a pesar de las muchas manifestaciones de fe en el kirchnerismo de la gobernadora que, por entender muy bien la importancia de la caja y de la voluntad oficial de ayudar a las empresas que tienen plantas en Tierra del Fuego, raramente deja pasar una oportunidad para subrayar su aprobación del “modelo” socioeconómico actualmente vigente, los propagandistas oficiales manipularon las encuestas con el propósito de hacer creer que arrasaría el Frente para la Victoria. Como ya es frecuente en nuestro país, incluso se las ingeniaron para que las encuestas a boca de urna dieran a Bertone el triunfo por un margen de hasta diez puntos, como si supusieran que sería posible modificar los resultados antes de terminar el conteo de votos. Los kirchneristas no son los únicos que encuentran irresistible la tentación de intentar maniobras de este tipo con el presunto propósito de poner en duda la veracidad de las cifras anunciadas, pero pocos son tan proclives como ellos a entregarse a los festejos prematuros, acaso por confiar demasiado en el “relato” épico en el que se sienten participantes. De todos modos, mientras que los cristinistas más entusiastas, en especial los militantes jóvenes de La Cámpora, insistieron en tratar los comicios fueguinos como un episodio más de la gran saga nacional, Ríos y sus colaboradores privilegiaron los intereses locales. La estrategia así supuesta arrojó buenos resultados. Asimismo, acaba de confirmarse que, como en muchos otros distritos del país, a los fueguinos no les gusta verse tomados por meras fichas en una contienda nacional cuando lo que está en juego es la administración de su propia provincia. Por lo demás, habrán entendido que por motivos concretos, y también, quizás, por cierta afinidad ideológica, Ríos siempre se había llevado bien con el Poder Ejecutivo nacional y que a cambio tenía derecho a esperar que la presidenta asumiera una postura por lo menos neutral frente a las elecciones locales. El que Cristina haya procurado desensillarla, tratándola como a aquellos peronistas que para su desconcierto se vieron borrados de las listas oficialistas, no les habrá caído bien a los muchos cuyos votos le permitieron recuperarse del golpe que recibió en la primera vuelta, en que Bertone la aventajó por un margen que pareció decisivo, para sorprender a casi todos derrotándola por 1,3 puntos en el balotaje. Se trata de una lección para aquellos oficialistas que creen que el país constituye un solo distrito nacional y en consecuencia no hay que preocuparse demasiado por las pequeñas diferencias locales. También lo es para quienes suponen que en última instancia las cúpulas partidarias son dueñas de los votos de sus respectivas clientelas. Además de contar con el apoyo explícito de la presidenta Cristina, Bertone fue respaldada por sectores radicales que querían compartir los frutos de un triunfo que creían inevitable, lo que a la hora de votar no le sirvió para mucho.
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