Terror y esperanza

por César Aníbal Gass (*)

Redacción

Por Redacción

Especial para «Río Negro»

El ulular de las sirenas cortaban esa madrugada especialmente fría de Buenos Aires. El despliegue de policía y ejército, precediendo a los automóviles de las embajadas de Israel y Venezuela, nos hacían estremecer a quienes ocupábamos esos vehículos. Era la peor despedida que cualquiera puede tener de su país; era el destierro. La misma pena que en los tiempos de la emancipación se usaba para los traidores. Luego de peregrinar por distintos lugares, habíamos logrado el asilo en la embajada de Venezuela. El nueve de julio de mil novecientos setenta y seis, como paradoja del destino, éramos echados de la Argentina. Ese día cambiábamos el festejo patrio para contemplar impávidos el abismo, la crueldad, la oscuridad más profunda: el genocidio y desaparición de una generación.

Imposible pensar, para quienes militábamos en la juventud radical, para todos los que en la universidad dirigíamos los centros de estudiantes, para ciudadanos que transitábamos por las calles de un Neuquén que crecía pero que todavía era un pueblo; para los que habíamos venido de otro lado y rompíamos la pasividad con contenidos ideológicos de la democracia y la justicia social, que el veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis, tropas de ocupación en esta casi aldea secuestraran, asesinaran y saquearan para imponer el terror.

En esa sucesión de imágenes dolorosas que cuesta aceptarlas como ciertas, ante la incredulidad de muchos, la indiferencia de otros y el desconocimiento de tantos, hubo –sin embargo– quienes sobrellevaron el miedo, para continuar con una conciencia solidaria. No estaría recordando con nitidez esta fecha, sin imaginar al Padre Gregui persiguiendo al camión del ejército con mi familia secuestrada. Ver los ojos desencajados de los Malaspina, los Portanko, Reeves, Arnaudo, cuando usaba pequeños espacios de sus casas para esquivar a los perseguidores. El afecto de Toto Vidal conteniendo mi desesperación.

Diez años antes, la dictadura de Onganía avasallaba la universidad, trataba de matar el conocimiento –profesores, científicos que en gran número se fueron para siempre, nutriendo otros países–. Diez años después, Videla, directamente aniquilaba una generación. Si repasamos la historia de nuestro país, jamás hubo crueldad semejante. Por ello la necesidad del recuerdo, por ello el Nunca Más.

La primera noche en Venezuela tenía el alivio de no sentirme perseguido. Pero asomado a la ventana, veía en los altos de Caracas una hilera de luces que la rodeaba: era una autopista a mil metros sobre el nivel del mar, la cota mil. Invariablemente hasta mi regreso con el retorno de la democracia, la miraba antes de acostarme todas las noches. Era como una línea en el horizonte. Detrás, estaba la República Argentina; era el anhelo sentido, permanente de cruzarla en sentido inverso, para alguna vez poder volver a una Argentina libre. Por supuesto, sabía que al ruso Karakachoff y a Amayita ya no los vería más. Tampoco a mi hermano Sergio.

Los primeros días cuando buscaba trabajo, me mezclaba en una sociedad tropical, diferente; no entendían mucho lo que nos pasaba a los argentinos. Trabajé mucho, alterné con su pueblo y con su clase política y aprendí a quererlos a esos «chéveres» que a miles de argentinos, uruguayos y chilenos les facilitaban el exilio.

En la Argentina democrática, en la Argentina libre, a la que volvimos sin resentimientos, nuevamente las imágenes pero en sentido inverso. Por primera vez en la historia de la humanidad, un gobierno democrático, enviaba a juicio a la juntas de comandantes; esa actitud del presidente Alfonsín, aun con la fragilidad de aquel momento, ponía las bases sólidas para que hoy, a treinta años, este recuerdo, esta conmemoración, sea sin odios pero con justicia.

(*) Jefe de Asesores Municipalidad de Neuquén


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