Tres días viviendo a pleno el ritual de la ‘señalada’

“Río Negro” compartió la fiesta con la gente en el sur.

ROCA (AR).- Quienes nunca asistieron a una fiesta tradicional de campo necesitarán saber sólo una cosa. Un buen anfitrión es aquel que conoce el ánimo de la gente. Es, sobre todo, la persona que hace sentir a cualquier invitado como si estuviera en su propia casa.

No importa de dónde vienen. Importante es que cuando se van, dejando el rastro entre los áridos caminos, el momento vivido con amigos sea relatado para siempre.

Segundo Alberto Arriagada lo sabe. Sus 43 años viviendo en “Las Mellizas” -nombre con el que bautizó a sus tierras-, su esposa y cinco hijos son testigos cotidianos del trato que mantiene con la gente.

Sin haberse dado cuenta quienes pisaron su campo la semana pasada para presenciar esa antigua tradición a la que llaman “la señalada”, supieron después, que para sentirse cómodo no hacen falta demasiadas cosas.

Una vaquillona al asador esperando a la gente del trabajo; algo de vino tinto “para acompañar”; un músico que nunca falta; y unos manojos de aplausos para los que se lo merecen.

A través de los años, la costumbre de los campesinos de marcar el propio ganado sin más elementos que un hierro caliente, el coraje para sujetar a los animales, el lazo y el cuchillo, se fue borrando.

Hoy, el ritual va perdiendo la magia. Casi no existe ese contacto esencial entre el animal y su dueño. Entre la lucha por sobrevivir y el destino obligado del que tiene que cumplir su deber. Ya no más, el hombre desafiando a su cría en el medio del polvo para sacarla del corral, sujetarle las patas, arrastrarla hasta el fogón, enseñarle el hierro para después distinguirla entre todas sus iguales.

Ahora todo es más rápido. Sacan al animal del corral y lo encaminan hacia “la manga”, una especie de pasillo construido con tablones por donde las crías pasan sin poder escaparse.

El perfil de Alberto Arriagada no ha cambiado. Se resiste a pasar a sus crías por la manga. Este desafío lo lleva a mostrar su tradición en una reunión con familiares y amigos.

El fin de semana pasado, en “Las mellizas” -campo de don Arriagada- ubicado a 110 kilómetros de General Roca, a la altura de Mainqué, por el camino que va hacia Valle Azul, en lo que sería el norte de la Línea Sur, más de cien personas de todos los parajes cercanos incluyendo amigos de Roca compartieron tres días inolvidables.

A pesar de lo apartado del lugar, nadie dudó en apelar a cualquier método para no faltar un solo día: casi todos lo hicieron a caballo. Otros, hasta metieron 15 personas en un “rastrojero” y los más afortunados llegaron en camionetas último modelo. Pero más allá del transporte, lo importante fue llegar. Arriagada, se ríe cuando comenta que “al que no llega, después le pegan semejante gastada” porque el camino de acceso a “Las mellizas” es un laberinto lleno de curvas y pronunciadas pendientes.

El dueño del lugar no tiene inconvenientes que a la tradición se sume gente nueva. En un diálogo con “Río Negro” afirmó que “acá hay una familia, compartimos la comida todos juntos, si se destapa una botella de vino, se la pasa hasta donde llega, compartimos todo. Siempre hacemos un amigo nuevo, una persona le comenta a la otra para venir hasta mi casa”, recalcó muy seguro Arriagada.

Para el sábado a la noche casi ya estaban todos. Para algunos invitados fue la primera vez que asistían a una reunión como esa. Poco a poco entraron en confianza la gente que venía de la ciudad con los lugareños. El mate, el vino, y las partidas de truco ayudaron para que nadie se sintiera incómodo. Para Arriagada, hay algo fundamental, y es que los invitados se diviertan y no les falte nada. “Si yo atiendo mal a la gente hoy, seguro que mañana no vuelven más”.

Una tarea para todos

ROCA (AR).- El domingo fue el día más festejado en el paraje de “Las Mellizas”. Muy temprano, Arriagada y sus hijos se encargaron de sacar a los animales del corral. Después, algunos valientes a los que se les habían sumado los más inexpertos también, desataron “la pialada”. En el otro lado de la polvadera, una vaquillona con cuero y todo fue puesta al asador por casi seis horas.

Mientras se esperaba con ganas la hora de la comida, el trabajo de pialar, castrar y marcar a casi 80 terneros del corral les llevó toda la mañana. Dos hombres rodearon a un vacuno y lo sacaron atado. Uno de ellos intentó amarrarlo por las patas para luego desplomarlo contra el suelo. Antes de que el animal caiga, se encendieron de a poco los gritos y aplausos de los espectadores.

Ser el mejor en la pialada no es algo que caracteriza a los amigos de Arriagada. Hasta personas que nunca habían tocado un ternero fueron aplaudidas por los hombres, mujeres y niños que rodeaban el evento. “Aca no hay competencia entre la gente, nadie quiere llamar la atención cuando se pialan a las vacas”, dijo Arriagada.

Las mujeres también tuvieron su trabajo al abocarse durante la mañana y tarde a las tareas de la cocina. En ningún momento dejaron de atender bien a los que venían de una dura pero divertida jornada.

Tampoco existen las diferencias sociales a la hora de compartir risas y un buen asado con amigos. Entre las cien personas que había cenando el sábado no todos eran de los parajes. El dueño de “las Mellizas” asegura que “somos todos iguales, no hay ni ricos ni pobres cuando la cuestión es divertirse un rato”.

Prueba difícil de pasar para novatos

ROCA (AR).- “Capar” es un término que se usa con frecuencia en el campo. Es una actividad que consiste en castrar a los machos vacunos y que en “la señalada” del fin de semana pasado distintas personas tuvieron la oportunidad de practicar.

Después de los seis meses de la parición, las crías deben ser esterilizadas para que los terneros puedan crecer más rápido y de forma robusta. Sin embargo, para algunos novatos en el tema, tomar el cuchillo fue una prueba difícil de pasar. Los métodos que usa Arriagada son muy sencillos. Para castrar no necesita tijeras especiales último modelo o modernos elementos. Sólo le basta un poco de coraje para no temblar frente al animal, tener la sangre fría y hacer lo que corresponde.

En el paraje “Las Mellizas”, Arriagada tampoco tiene “mangas” para vacunar o marcar a los terneros. El, prefiere más el contacto con sus crías antes que pasarlas por un corredor como si fuera un pasaje hacia el matadero. Esa postura lo llevó a reivindicar los tiempos en que trabajar con el animal era una “batalla cuerpo a cuerpo.”


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