Un autor anónimo
A sus 74 años, mañana regresa a los escenarios el gran Manolo Juárez. Antes habló con“Río Negro” del Cuchi, del Chango, de Yupanqui, esos creadores que han dejado su impronta en la memoria popular.
ESC. Suplemento escape
EDUARDO ROUILLET
Con 74 años, figura trascendente de la música de raíz folclórica, Manolo Juárez habló con Río Negro” antes de su presentación de mañana en Buenos Aires, la primera desde el 2009.
“Yo soy un tipo que toca poco. Es que no tengo piano. Ya soy un hombre viejo y no deseo tocar más con el CP70. No quiero comer hamburguesas de McDonalds, prefiero alimentos caseros. No pretendo un piano como el que usé en el Colón, pero sí que sea de cola. A esta altura de mi vida, si no lo tengo no toco. Y los boliches, en general, carecen de ese instrumento. Mi hija (Mora) manejaba Notorious (Callao al 900) y con un muy buen aporte de Yamaha les hice comprar un piano de cola nuevo a muy buen precio, entonces toqué ahí, pero no puedo hacerlo siempre porque sería imprudente, tiene otros músicos para llevar. No quiero líos.
–¿Por qué ahora volvés?
–La última vez toqué en el San Martín y me fue muy bien. Si encontrara uno como éste, vertical (Steinway también)… mirá (Manuel se pone de pie y sin sentarse planta acordes recorriendo su teclado). Pero no puedo sacarlo de acá.
–¿Estabas componiendo?
–No, viendo un arreglo. ¡Escuchá! (De sus manos florece la inconfundible introducción de “Alfonsina y el mar”, zamba de Ariel Ramírez y Félix Luna) Ariel es el más grande autor de la música argentina, para mí.
–¿Y tus manos?
–No, sí… bue…
–Tocaste notas que Ramírez no escribió…
–No, no las escribió, pero ¿sabés una cosa? Yo tuve más cercanía con el Cuchi que con Ariel. Sus temas son todos fenomenales. Lo de Ariel, como lo de Troilo en el tango, es imprevisible. De un tema a otro tiene una diversidad incomparable. Compuso temas impresionantes.
–…que están ya en la memoria popular…
–Hablando de estar en la memoria, ¡mirá esto! (Manolo va de nuevo al piano, toca, acaricia dulcemente las teclas y brota “Zamba de mi esperanza”). Es de un autor que solamente compuso ese tema (el mendocino Luis Profili, en la década del 50). Un capo. Primero escribió la melodía y después la letra. Una vuelta (1982) yo tenía el trío con el Chango y Marián (Farías Gómez) y estábamos haciendo temporada en Mar del Plata. Y me dijo el Chango –pobrecito, que murió hace un mes y medio, cosa que me afectó mucho, mucho– con esa voz ronca que tenía (lo imita): ‘Está el viejo allá, el Tata’. Miro y efectivamente ahí estaba, y exstábamos tocando temas suyos. Como siempre hablaba entre obra y obra, pedí un fuerte aplauso “porque me dijeron que vino el guitarrista Atahualpa Yupanqui; dicen que compone pero yo lo conozco como guitarrista”. El silencio en la sala se cortaba con un cuchillo. “Como compositor a usted no lo conozco”, sigo… “¿Por qué lo dice?”, me interpeló don Ata. “Le voy a explicar: usted hace un tema y se le va de las manos, se transforma en canto popular de América Latina, así que usted es autor anónimo”. Fue lo máximo que pude haberle dicho. Entonces replicó: “Le agradezco, ¡no es para tanto!”. Era la primera vez que lo veía personalmente. Y es cierto. En la memoria popular también está el Cuchi. Un día íbamos caminando por Las Heras y delante nuestro iba un tipo cantando (tararea las siete primeras notas de “Balderrama”). Lo toco en la espalda, el hombre se sobresalta, le pido disculpas y le pregunto si conoce el nombre de ese tema y me contesta que no. “¿Sabe de quién es? De éste que está acá”, y señalo a Gustavo. Nos metimos en un bar y estuvimos dos horas y media charlando. Le dije después: “¡Me encanta que un amigo mío sea autor anónimo!”. Tengo tantos recuerdos lindos de él… Un día me puse a sacarle la cuenta, tendría ya cerca de setenta años, de los litros de vino que se había tomado. Empezó a los quince, a cuatro litros por día, veintiocho por semana, le regalé ocho para facilitar el cálculo, son ochenta al mes, novecientos sesenta al año… en cincuenta años son casi cincuenta mil litros. “¡Sos una bodega andando!”… En serio, hice la cuenta. Otra vez me invitó a comer guiso chuquisaqueño con charqui, grasa, ají puta parió…
–Un explosivo.
–Sí, y yo le decía que no comiera tanto porque iba a explotar. Yo no puedo hablar mucho porque tuve un ACV por tragar como bestia. La última época de Gustavo estuvo bastante mal, lo fui a ver a Salta y andaba embromado. Vos le escribías y ponías en el sobre “Cuchi Leguizamón”, sin dirección, y la carta llegaba igual a su casa. Son tipos que dejan una impronta en la memoria de sus pueblos.
Siguió avanzando la tarde y los recuerdos entreverándose aleatoriamente. Al final Manolo dejó grabado el número de su celular para que lo llamara y volviera a visitarlo para escuchar juntos un CD de jazzeros italianos. El hombre, el músico que vuelve de los recuerdos a tocar como nadie, bella, sensiblemente.
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