Un Congreso fragmentado
Ya es tradicional que los diputados nacionales aprovechen las últimas sesiones parlamentarias del año para aprobar –por lo común sin saber muy bien en qué consisten– docenas de proyectos de ley, la mayoría de escasa importancia, de suerte que fue de prever que lo harían nuevamente al acercarse a su fin el prolongado ciclo kirchnerista. Así, pues, merced a la voluntad de los legisladores oficialistas de recuperar el tiempo perdido, el ladrillero artesanal tendrá su día, habrá un feriado nacional más y, para entusiasmo de ciertos izquierdistas testimoniales que posibilitaron el quórum, el hotel Bauen podrá quedar en manos de los empleados que lo ocupan desde 2003. Aunque no se trata de conquistas importantes, el mero hecho de que, para celebrar la sesión, el oficialismo haya tenido que esforzarse muchísimo para alcanzar el número de votos necesario sí fue un tanto sorprendente. Parecería que el bloque antes casi monolítico del Frente para la Victoria kirchnerista ya ha comenzado a desmoronarse al optar por abandonarlo diputados procedentes de La Rioja y Santiago del Estero, además de otros de San Juan y Santa Fe. Tendrán sus motivos. En cuanto a los izquierdistas que, para desazón de algunos, decidieron colaborar en esta oportunidad con el oficialismo por entender que ciertos proyectos de ley beneficiarían a los trabajadores, extrañaría que terminaran incorporándose al kirchnerismo. Con todo, el que el kirchnerismo no esté en condiciones de seguir contando con una mayoría automática, para no decir robótica, en el Congreso no quiere decir que al macrismo le será más fácil conseguir el apoyo que a buen seguro necesitará para gobernar con éxito. Por ser tan proclives a fragmentarse los distintos bloques, la situación creada por las elecciones podría modificarse en cualquier momento, pero se prevé que, por un rato, en la Cámara de Diputados el Frente para la Victoria y sus aliados coyunturales ocuparán aproximadamente cien escaños, Cambiemos y afines tendrán noventa, los seguidores de Sergio Massa una treintena y los demás se verán repartidos entre peronistas disidentes, los progresistas de Margarita Stolbizer e izquierdistas. En el Senado, el Frente para la Victoria parece haberse consolidado, pero por depender tanto los senadores de los gobernadores de sus provincias respectivas no sorprendería en absoluto que por lo menos algunos comenzaran a deslizarse hacia el nuevo oficialismo que, al fin y al cabo, tendrá las llaves de “la caja”. En principio, sería muy bueno que en adelante el Poder Ejecutivo se viera obligado por las circunstancias a negociar con los legisladores. El presidente electo Macri nos ha recordado una y otra vez que, en la Capital Federal, Pro nunca tuvo una mayoría legislativa y por lo tanto se ha acostumbrado a dialogar con los representantes de otras agrupaciones. Sin embargo, nadie ignora que la Ciudad de Buenos Aires es una jurisdicción especial con una cultura política propia que es muy distinta de la imperante al otro lado de la avenida General Paz. Aunque para formar la coalición Cambiemos Macri se vio constreñido a pactar con dirigentes de otras partes del país, ampliando así sus horizontes, para gobernar bien le será forzoso conseguir el respaldo de una proporción suficiente de los legisladores nacionales, lo que podría plantearle muchos problemas imprevistos, sobre todo si se siente sin más alternativa que la de tomar decisiones económicas antipáticas. Si bien Massa y su aliado cordobés José Manuel de la Sota se han comprometido a apoyarlo a fin de frustrar una eventual ofensiva kirchnerista, ya han dado a entender que no estarían dispuestos a respaldar “políticas de ajuste”, a pesar de que, por ser tan malos los números económicos, a cualquier gobierno concebible le sería necesario reducir el gasto público, procurar frenar la inflación, corregir el atraso cambiario que tantos estragos ha causado en las economías regionales y poner orden en el caótico sistema de subsidios engendrado por los gobiernos kirchneristas. Por supuesto, los massistas distan de ser los únicos que tendrán que elegir entre permanecer fieles al voluntarismo que siempre han reivindicado por un lado y, por el otro, resignarse a que en ocasiones conviene ser más realistas, ya que en adelante todos los legisladores se verán frente al mismo dilema.
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