Un exalcalde de Detroit, a la cárcel por corrupción
En los Estados Unidos, Kwame M. Kilpatrick, un exalcalde de Detroit, acaba de ser condenado a cumplir rigurosamente 28 de prisión por corrupción. Al escuchar su condena, que seguramente esperaba, Kilpatrick asumió plenamente la responsabilidad que le corresponde y, sin rodeos ni excusas, pidió –públicamente– perdón a sus conciudadanos, plenamente consciente de que sus delitos habían contribuido a la quiebra de la ciudad que, desde hace décadas, es la sede de buena parte de las casas matrices de la industria automovilística norteamericana. Vestía un uniforme marrón, de prisionero, en lugar de los típicos trajes oscuros y corbatas de un solo color que hoy caracterizan a aquellos políticos que, lamentablemente, no pueden esconder su arrogancia y necesitan ostentar abiertamente el poder que –creen– tienen en sus manos. Olvidando que lo cierto es que ellos son –pura y simplemente– servidores públicos. Sólo eso. Aunque no lo adviertan. No estaba rodeado de guardaespaldas pagados por los demás. Y hasta se había sacado el lujoso brillante que, desde hace años, portaba orgulloso en una de sus orejas. A los 43 años, es un hombre destruido y sin otro futuro que purgar muchos años tras las rejas. Otros 18 funcionarios de su entorno inmediato, acusados también de complicidad en la corrupción, esperan sentencias similares. Alguna vez se creyó que Kilpatrick era una persona capaz de enderezar las deterioradas finanzas de la ciudad. No fue así. Hoy se sabe que únicamente contribuyó al desastre que finalmente condujo a Detroit a la quiebra. Como es habitual, el camino de la corrupción fue –una vez más– la obra pública, los sobreprecios y las comisiones a intermediarios amigos dispuestos a compartir con los funcionarios la riqueza que es hija del delito y de la deslealtad. Hablamos de nada menos que casi diez millones de dólares de ingresos ilegales que, de pronto, terminaron en los bolsillos de Kilpatrick. Si recordamos que un funcionario del condado de Cuyahoga, en Ohio, James C. Dimora, acaba de recibir igual pena por delitos de similar naturaleza y que el exgobernador del Estado de Illinois, Rod R. Blagojevich, está cumpliendo una condena de 14 años, también por corrupción en el ejercicio de la función pública, podemos concluir en que –en los Estados Unidos al menos– los funcionarios públicos no quedan impunes cuando cometen delitos en el capítulo de la corrupción. Quizás, porque allí el Poder Judicial es ciertamente independiente. Y eficaz, además. Pero también porque en ese país la prensa cumple su rol constitucional de vigilancia –y alerta– acerca de todo lo que sucede con las gestiones de gobierno y en sus inmediaciones. Esto es con el “capitalismo de amigos” que suele anidar en torno a las administraciones a todo nivel, en busca de obtener favores y generar utilidades a veces mal habidas. Una pena, pero ésa es la realidad. Allí y aquí. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional.
Gustavo Chopitea (*)