Un gabinete tecnocrático

Por Redacción

La Argentina está tan acostumbrada a ser gobernada por políticos que se afirman representantes de ideologías voluntaristas determinadas que ha motivado cierta sorpresa la voluntad del presidente electo Mauricio Macri de privilegiar la gestión. Según la presidenta saliente Cristina Fernández de Kirchner, lo que quiere el ingeniero es manejar el país como si fuera una empresa, ya que le importa más la capacidad de los funcionarios que su militancia, de ahí el gabinete ecléctico que acaba de presentar. Tendrá razón Cristina, pero, como el presuntamente exmaoísta Carlos Zannini podría recordarle, la gran revolución, o contrarrevolución, de China, que en un lapso muy breve la transformaría en una gran potencia comercial, se puso en marcha porque el presidente Deng Xiaoping entendía que, como dijo en una ocasión: “No importa que el gato sea blanco o negro, mientras pueda cazar ratones es un buen gato.” A juicio no sólo de Macri sino también de muchos otros, en las décadas últimas, como en la convulsionada y paupérrima China de Mao, la Argentina ha sido víctima de una sobredosis catastrófica de política, politiquería, ideologismo barato y personalismo caudillista, de suerte que para curarse necesita que por un rato sus gobernantes den prioridad a asuntos un tanto más terrenales como cloacas, caminos, obras de infraestructura y, desde luego, una burocracia estatal más profesional que la existente. Es lo que ha propuesto el hombre que está por iniciar su gestión como presidente, de ahí la conformación de un gabinete mayormente tecnocrático. Se trata de una apuesta arriesgada. Aunque por lo común los políticos profesionales resultan ser administradores decididamente mediocres, suelen ser expertos consumados en el arte de convencer a la gente de las bondades de la agrupación o movimiento en que militan, lo que les ha permitido prosperar aun cuando hayan protagonizado un fracaso colectivo estrepitoso tras otro. Casi todos los dirigentes políticos juran creer que la mejor campaña es una buena gestión, pero a juzgar por lo que ha sucedido en el país la mayoría entiende muy bien que la eficiencia es lo de menos. Por cierto, el que a pesar de contar con tantas ventajas comparativas la Argentina se las haya ingeniado para depauperarse sin que el elenco político estable haya cambiado mucho a través de los años sugiere que buena parte de la ciudadanía ha aprendido a preferir un relato emocionante a una gestión aburrida, por exitosa que ésta fuera en términos concretos. A Macri y los funcionarios que lo acompañen en los años próximos no les será del todo difícil gobernar con mayor eficiencia que los kirchneristas que, con muy pocas excepciones, han obrado con torpeza llamativa, pero no les resultará tan fácil asegurarse el mismo nivel de apoyo popular. Por ser tan sombrías las perspectivas económicas inmediatas frente al país, la frialdad tecnocrática que parece caracterizar la administración entrante podría ser su talón de Aquiles. Macri y quienes lo rodean confían en que la mayoría, harta de los excesos de los kirchneristas, atribuirá al gobierno anterior los problemas gravísimos que ya son suyos, pero lo más probable es que la luna de miel sea breve. Puede que la Argentina sí esté experimentando un cambio no sólo político sino también cultural, en el sentido amplio de la palabra, y que una persona como Macri sea la indicada para aprovecharlo ya que, a diferencia del expresidente Carlos Menem, no es un populista reciclado sino un dirigente de origen empresario que siempre ha estado convencido de que para progresar la Argentina tendría que emprender el mismo rumbo que el que fue tomado más de medio siglo antes por los países más avanzados. Con todo, la transición que espera liderar distará de ser automática. Son tantos los intereses creados comprometidos con el atraso que querrán impedir que el país salga adelante que no tardarán en movilizarse. Es lo que, a juzgar por su conducta reciente, están esperando Cristina y sus incondicionales. Al fin y al cabo, los kirchneristas lograron acumular una proporción impresionante del poder político y económico merced en buena medida a su capacidad para conseguir el apoyo de los sectores conservadores disfrazados de progresistas o populares que tanto abundan en el país y que tienen motivos de sobra para procurar hacer fracasar el programa ambicioso del ingeniero Macri.


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