Un gran vacío institucional



Anteayer, centenares de miles de personas protestaron contra lo que está sucediendo en el país. Si bien las manifestaciones del 8N, sobre todo la que tuvo su epicentro en la capital federal, fueron notables por las dimensiones gigantescas –algunos no vacilaron en calificarlas de “históricas”– que alcanzaron y por la moderación llamativa de los participantes, que se limitaron a exhortar al gobierno a tomar en serio temas tan importantes como los supuestos por la inflación, la libertad de expresión, el respeto por las reglas constitucionales y la independencia de la Justicia, lo más probable es que el impacto político inmediato de aquella movilización masiva sea escaso. Lo es porque las instituciones que, en sociedades mejor organizadas que la nuestra, sirven para que los gobernantes presten la debida atención a la opinión pública se han deteriorado hasta tal punto que una proporción desmedida del poder se ha visto concentrada en las manos de una sola persona. Por cierto, el que en vísperas del 8N quienes lo habían convocado a través de las redes sociales hayan advertido que la presencia conspicua de políticos y sindicalistas lo desvirtuaría, de suerte que se prohibía tácitamente a los manifestantes llevar emblemas partidarios, fue un síntoma de la frustración que tantos sienten. Parecería que en la Argentina muchos, acaso la mayoría, quisieran resolver los problemas nacionales aboliendo la política, un planteo que, obvio es decirlo, carece de sentido. Como nos recuerda el artículo 22 de la Constitución nacional, “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”. Los constituyentes acertaban, pero no pudieron prever que andando el tiempo se atrofiarían las instituciones necesarias para que funcione como corresponde la democracia representativa, con resultados trágicos no sólo para el pueblo sino también para sus representantes. Casi todos los muchos errores que ha cometido últimamente el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se deben a la condición precaria de instituciones que en otros países obligan al mandatario a tomar en cuenta las opiniones ajenas, de tal modo ayudándolo a gobernar. De funcionar las instituciones, Cristina no hubiera podido nombrar, sin consultar a nadie, como compañero de fórmula a un personaje de trayectoria nada edificante como Amado Boudou, o llenar las listas electorales de la agrupación política que ha improvisado de mediocridades obsecuentes cuyo mérito principal, desde su propio punto de vista, consiste en su voluntad de obedecer sin chistar todas sus órdenes. Los manifestantes sienten que el gobierno kirchnerista perdió el rumbo y temen que, en los meses próximos, se multipliquen los problemas económicos, delincuentes brutales asesinen a cada vez más personas en sus casas o en la calle, que demasiados jueces antepongan su militancia política a su presunto compromiso con la Justicia, que la corrupción, ya endémica, se haga aún más impúdica y que sigan produciéndose episodios tan humillantes como el supuesto por la incautación en Ghana de la fragata “Libertad”. Con todo, aunque la mayoría entiende que Cristina y quienes la rodean son los responsables principales del malestar que se ha apoderado no sólo de la clase media sino también de una franja, que propende a ampliarse, de los muchos que a pesar de años de crecimiento macroeconómico vigoroso siguen hundidos en la pobreza extrema, quienes participaron de los cacerolazos multitudinarios no olvidaron que el resto de la clase política comparte la responsabilidad por el estado lamentable de las instituciones nacionales. Para ponerse a la altura de tal desafío, los dirigentes opositores tendrían que superar el egoísmo malsano que tanto contribuyó a la atomización del sistema partidario para reagruparse en a lo sumo dos coaliciones, para entonces enfrentar con honestidad intelectual los muchos problemas económicos, sociales y culturales, en el sentido antropológico de la palabra, que son atribuibles a décadas de desgobierno y de insensatez populista, y prepararse para que, al acercarse a su fin la gestión de Cristina, el país cuente con una alternativa auténtica a las propuestas voluntaristas a las que se ha acostumbrado.


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