Un litoral desconocido

Tercera entrega de un viaje en bicicleta que continúa por el centro de Entre Ríos y Corrientes. Avanzamos hacia el norte por caminos de tierra, arena y piedra entre estancias, pueblos de fiesta y la hospitalidad de la gente de campo.



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A mal tiempo, buena pedaleada por los caminos secundarios de la Mesopotamia.

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Gente de campo, gente de espíritu humilde que habita en sencillas viviendas.

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Caminata con bidones. Y un regalo: “Si están por acá es para que yo los ayude”. Izquierda: Mari y Juan, dueños de la despensa.

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Descansos con infusiones de invierno.

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Últimos kilómetros de Entre Ríos.

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Puesto policial en un cruce de rutas.

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Jimena Sánchez

Pedaleamos por la Ruta 14 rumbo al norte de Entre Ríos. Pedaleamos por un camino de asfalto limpio y banquina ancha con despertadores tediosos que debemos esquivar. Los camiones y autos se vuelven figuritas repetidas pero agachamos la cabeza y sumamos kilómetros: no hay mucho para ver ni para contar hasta que el reloj marca las cinco de la tarde. En una hora el cielo se apaga y al costado del camino no se puede dormir: hay pastizales, espinillos y pastos altos. Frenamos en una fábrica de jugos y preguntamos si podemos armar la carpa debajo de unos árboles, pero nadie logra comunicarse con el encargado. Frenamos en una estación de servicio pero nos dicen que hay yararás. Frenamos en una despensa y Mari, su dueña, nos dice que sí: tendemos nuestra casa al lado de la suya. Le contamos del viaje y nos regala un salamín, mientras Juan, su marido, nos muestra fotos de sus cinco hijos y sus cinco nietos. A la mañana siguiente el pasto amanece escarchado y nos invitan a desayunar al comedor. En la mesa hay café con leche, alfajores y una jaula con un loro mascota que nos habla. Juan se despide y nos dice: “Vuelvan en algún momento que las puertas de esta casa están abiertas para ustedes, pero vuelvan en auto… ¡dejensé de jodé con la bicicleta!“. Sorpresas del camino Salimos con guantes y viento en contra hacia Chajarí donde nos quedamos dos días para descansar. Después de ese reposo nos alejamos de las rutas principales para retomar nuestro andar por caminos secundarios enripiados. Hacemos unos pocos kilómetros y una chica de piel morena y pelo negro se acerca corriendo hacia nosotros y nos frena a los gritos. “¿Ustedes son los que venden sillas?”. La miramos, nos mira, los tres miramos las bicis y se va, sabiendo que no hay otra respuesta posible que ese silencio. Se larga a llover y nos convertimos en balizas con nuestras capas de lluvia de colores fluorescentes: ahora sí que parecemos de otro planeta. A veces nos preguntamos qué pensarán los lugareños cuando nos ven pasar por esos caminos intransitables, en bicicleta y con tanto bolso colgando. Algunos creen que viajamos en moto, otros no saben si saludarnos y hasta los animales no saben cómo reaccionar: o esconden su cola entre las patas o nos ladran con rabia. Salto de un pensamiento a otro: “quiero frenar”, “qué lindos pájaros”, “estoy aburrida de tanta arena”, “todavía no probé las naranjas de Entre Ríos”. Un segundo después, frena a nuestro lado un camión repleto de cítricos y nos regala seis. Pisamos San Jaime, el último pueblo entrerriano de este itinerario, y prendemos el celular para ver el mapa que dibujó Andrés (un lector del blog) donde nos indica cómo llegar a la estancia de uno de sus amigos: nos están esperando con tortas fritas, mate e historias de campo. arroyos y bañados Pedaleamos por sendas angostas y nos llaman la atención los nombres de las estancias: “Libertad”, “Don Antonio”, “Los lirios”, “El buen pastor”. Sentimos tanto frío que nos llega hasta los huesos y paramos en una tranquera sin bautismo para tomar un té. Andrés nos vuelve a mandar otro mensaje: “En San José de Feliciano pueden descansar en el polideportivo”. Cuando llegamos hay veinte camas cucheta y duchas de agua bien caliente. Nos quedamos dos días porque el ripio agotó nuestras piernas y decidimos hacer nada: escribimos en nuestro diario, vemos películas, leemos. Al otro día amanece con niebla y desayunamos avena, nueces y chocolate rallado para pedalear con energía. Pasamos de un paisaje con vegetación enana y candados fotogénicos a un cambio de provincia un tanto abrupto. Corrientes se presenta con árboles de verdes vivos, largas subidas y huellas abandonadas. Este es el Litoral del centro: un Litoral sin grandes ríos pero con arroyos y bañados, rutas secundarias perdidas, carteles que casi no se leen y puestos policiales atados con alambre que se mantienen en pie por las donaciones de su gente: la gente del campo. Gente que camina con bidones vacíos para cargar agua, que te pregunta si estás pedaleando para cumplir una promesa, que se acerca con una bolsa de regalos porque “si están por acá es para que yo los ayude”. Gente que va y viene una y otra vez. Gente de gran corazón con espíritu humilde. onda Correntina Arribamos a Perugorría un 28 de junio, día de su santo patrono San Pedro. La plaza está vestida de fiesta: hay juegos inflables para chicos, hay choques culturales (paella y feijoada para todo el pueblo), hay gaseosas y vino libre, hay artistas pintando cuadros y otros tantos haciendo esculturas con chatarra. Sergio, el director de Deportes, nos acompaña al centro comunitario para que podamos pasar la noche. Cuando entramos lo vemos desbordado: en cada sala que visitamos hay hombres durmiendo en el piso y en camas cucheta. Los únicos lugares disponibles para nosotros son dos: o nos acomodamos en la sala de odontología o descansamos en la oficina de la directora. Es más fácil mover un escritorio que un sillón de dentista. El pueblo quiere que nos quedemos pero el lunes pronostican tormenta y decidimos irnos: las nubes avanzan rápido. Antes de llegar a Loza, un pequeño poblado en el sur de Corrientes, vemos una culebra que desde sus colores imita a una yarará para ganarse el respeto de todos. Frenamos en la comisaría del pueblo y nos dan la habitación de los oficiales. A las cinco de la mañana escuchamos caer miles de gotas de lluvia sobre el techo de chapa. A mal clima, buena pedaleada. Hacemos 20 km y llegamos a Mercedes. Y en Mercedes, una casa de piedra. Y en esa casa de piedra, hogar y pausa. (En la próxima entrega, los esteros del Iberá)

En una hora el cielo se apaga y al costado del camino no se puede dormir: hay pastizales, espinillos y pastos altos. Frenamos en una fábrica de jugos y preguntamos si podemos armar la carpa debajo de unos árboles, pero nadie logra comunicarse con el encargado. Frenamos en una estación de servicio pero nos dicen que hay yararás. Frenamos en una despensa y Mari, su dueña, nos dice que sí: tendemos nuestra casa al lado de la suya. Le contamos del viaje y nos regala un salamín, mientras Juan, su marido, nos muestra fotos de sus cinco hijos y sus cinco nietos. A la mañana siguiente el pasto amanece escarchado y nos invitan a desayunar al comedor. En la mesa hay café con leche, alfajores y una jaula con un loro mascota que nos habla. Juan se despide y nos dice: “Vuelvan en algún momento que las puertas de esta casa están abiertas para ustedes, pero vuelvan en auto… ¡dejensé de jodé con la bicicleta!“.

Sorpresas del camino Salimos con guantes y viento en contra hacia Chajarí donde nos quedamos dos días para descansar. Después de ese reposo nos alejamos de las rutas principales para retomar nuestro andar por caminos secundarios enripiados. Hacemos unos pocos kilómetros y una chica de piel morena y pelo negro se acerca corriendo hacia nosotros y nos frena a los gritos. “¿Ustedes son los que venden sillas?”. La miramos, nos mira, los tres miramos las bicis y se va, sabiendo que no hay otra respuesta posible que ese silencio.

Se larga a llover y nos convertimos en balizas con nuestras capas de lluvia de colores fluorescentes: ahora sí que parecemos de otro planeta. A veces nos preguntamos qué pensarán los lugareños cuando nos ven pasar por esos caminos intransitables, en bicicleta y con tanto bolso colgando. Algunos creen que viajamos en moto, otros no saben si saludarnos y hasta los animales no saben cómo reaccionar: o esconden su cola entre las patas o nos ladran con rabia. Salto de un pensamiento a otro: “quiero frenar”, “qué lindos pájaros”, “estoy aburrida de tanta arena”, “todavía no probé las naranjas de Entre Ríos”. Un segundo después, frena a nuestro lado un camión repleto de cítricos y nos regala seis. Pisamos San Jaime, el último pueblo entrerriano de este itinerario, y prendemos el celular para ver el mapa que dibujó Andrés (un lector del blog) donde nos indica cómo llegar a la estancia de uno de sus amigos: nos están esperando con tortas fritas, mate e historias de campo.

Arroyos y bañados Pedaleamos por sendas angostas y nos llaman la atención los nombres de las estancias: “Libertad”, “Don Antonio”, “Los lirios”, “El buen pastor”. Sentimos tanto frío que nos llega hasta los huesos y paramos en una tranquera sin bautismo para tomar un té. Andrés nos vuelve a mandar otro mensaje: “En San José de Feliciano pueden descansar en el polideportivo”. Cuando llegamos hay veinte camas cucheta y duchas de agua bien caliente. Nos quedamos dos días porque el ripio agotó nuestras piernas y decidimos hacer nada: escribimos en nuestro diario, vemos películas, leemos. Al otro día amanece con niebla y desayunamos avena, nueces y chocolate rallado para pedalear con energía.

Pasamos de un paisaje con vegetación enana y candados fotogénicos a un cambio de provincia un tanto abrupto. Corrientes se presenta con árboles de verdes vivos, largas subidas y huellas abandonadas. Este es el Litoral del centro: un Litoral sin grandes ríos pero con arroyos y bañados, rutas secundarias perdidas, carteles que casi no se leen y puestos policiales atados con alambre que se mantienen en pie por las donaciones de su gente: la gente del campo. Gente que camina con bidones vacíos para cargar agua, que te pregunta si estás pedaleando para cumplir una promesa, que se acerca con una bolsa de regalos porque “si están por acá es para que yo los ayude”. Gente que va y viene una y otra vez. Gente de gran corazón con espíritu humilde.

Onda Correntina Arribamos a Perugorría un 28 de junio, día de su santo patrono San Pedro. La plaza está vestida de fiesta: hay juegos inflables para chicos, hay choques culturales (paella y feijoada para todo el pueblo), hay gaseosas y vino libre, hay artistas pintando cuadros y otros tantos haciendo esculturas con chatarra. Sergio, el director de Deportes, nos acompaña al centro comunitario para que podamos pasar la noche.

Cuando entramos lo vemos desbordado: en cada sala que visitamos hay hombres durmiendo en el piso y en camas cucheta. Los únicos lugares disponibles para nosotros son dos: o nos acomodamos en la sala de odontología o descansamos en la oficina de la directora. Es más fácil mover un escritorio que un sillón de dentista. El pueblo quiere que nos quedemos pero el lunes pronostican tormenta y decidimos irnos: las nubes avanzan rápido. Antes de llegar a Loza, un pequeño poblado en el sur de Corrientes, vemos una culebra que desde sus colores imita a una yarará para ganarse el respeto de todos. Frenamos en la comisaría del pueblo y nos dan la habitación de los oficiales. A las cinco de la mañana escuchamos caer miles de gotas de lluvia sobre el techo de chapa. A mal clima, buena pedaleada. Hacemos 20 km y llegamos a Mercedes. Y en Mercedes, una casa de piedra. Y en esa casa de piedra, hogar y pausa. (En la próxima entrega, los esteros del Iberá)

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