Un país inflacionario

Redacción

Por Redacción

De todos los países del mundo, la Argentina es el más habituado a convivir con una tasa muy alta de inflación. Si bien otros, como Alemania, Hungría, Grecia, Serbia y Zimbabwe, han sufrido espasmos hiperinflacionarios aún más violentos que los ocurridos aquí, ha sido cuestión de episodios aislados atribuibles a guerras o convulsiones internas, mientras que en nuestro país la inflación alta puede considerarse “normal”, ya que, con la excepción de los años de la convertibilidad, desde mediados del siglo pasado siempre ha sido crónica. Aunque virtualmente todos coinciden en que la inflación es mala, en especial para los sectores más vulnerables que no están en condiciones de defenderse, entre los políticos y sindicalistas el consenso tácito parece ser que es mejor resignarse a tasas que en otras latitudes motivarían pánico de lo que sería hacer un esfuerzo vigoroso por combatirla. Así, pues, al gobierno entrante de Mauricio Macri le será muy difícil conseguir el apoyo de los muchos que se han acostumbrado a minimizar la importancia de estabilizar el valor de la moneda. A diferencia de otros países en los que la mayoría entiende muy bien que es necesario combatir la inflación con mucha firmeza, parecería que los gobiernos de Eduardo Duhalde y los Kirchner lograron convencer a buena parte de la ciudadanía de que el derrumbe caótico de la convertibilidad mostró que la estabilidad puede ser aún más perversa que la inflación crónica, razón por la que convendría soportar una tasa anual del 30 o del 40% por ser la alternativa tan peligrosa. Macri y quienes lo acompañan distan de ser ortodoxos. Antes bien, a su modo particular son desarrollistas, admiradores de la gestión truncada del presidente Arturo Frondizi, para los cuales la mejor forma de derrotar la inflación consistiría en aumentar mucho la producción, lo que se han propuesto hacer eliminando trabas burocráticas insensatas, desmantelando algunas barreras proteccionistas que sólo han servido para privar a fábricas de insumos y bajando impuestos que, en el transcurso de los años últimos, han alcanzado niveles propios de las democracias sociales escandinavas, con la esperanza de que enseguida el campo y la industria reaccionen de modo positivo. Puede que tal estrategia funcione, pero aun cuando, como resultado, la economía lograra salir de la larga recesión en que se empantanó algunos años atrás, el gobierno tendría que reducir drásticamente el gasto público que se ha hecho insostenible, además de reformar el sistema enmarañado de subsidios que fue improvisado por los kirchneristas con fines más electoralistas que solidarios. De reanudarse pronto el crecimiento, la ciudadanía podría estar dispuesta a tolerar los sacrificios así supuestos, como sucedió a inicios de la década de los noventa cuando se puso en marcha el plan de convertibilidad sin que se concretaran enseguida los desastres previstos, pero si la economía continúa estancada, negándose a suministrar los beneficios prometidos, la oposición populista no tardaría en aprovechar la oportunidad así brindada para declarar la guerra contra lo que calificaría de “neoliberalismo”. Como es notorio, los alemanes, luego de experimentar la hiperinflación de los años veinte del siglo pasado, juraron que nunca más se permitirían perder el control de la moneda. Aquí, en cambio, la mayoría parece haber llegado a la conclusión de que la inflación no es tan destructiva como creen casi todos los europeos, norteamericanos y hasta brasileños, y que por lo tanto sería mejor no hacer mucho para frenarla. Aunque la evolución de la economía nacional desde hace más de 60 años hace pensar que quienes piensan así se han equivocado, ya que en dicho período la Argentina se ha depauperado, parecería que el país es congénitamente inflacionario, acaso por suponer la mayoría que es mucho más rico de lo que dicen los números y por actuar en consecuencia el grueso de la clase política nacional. Sea como fuere, para alcanzar sus objetivos, el presidente electo Macri y sus equipos económicos tendrán que luchar no sólo contra la inflación sino también contra quienes se han familiarizado tanto con el fenómeno que prefieren tolerar su presencia a hacer cuando resulte necesario para derrotarlo para que, por fin, la Argentina pueda sacar provecho de sus muchos recursos.


De todos los países del mundo, la Argentina es el más habituado a convivir con una tasa muy alta de inflación. Si bien otros, como Alemania, Hungría, Grecia, Serbia y Zimbabwe, han sufrido espasmos hiperinflacionarios aún más violentos que los ocurridos aquí, ha sido cuestión de episodios aislados atribuibles a guerras o convulsiones internas, mientras que en nuestro país la inflación alta puede considerarse “normal”, ya que, con la excepción de los años de la convertibilidad, desde mediados del siglo pasado siempre ha sido crónica. Aunque virtualmente todos coinciden en que la inflación es mala, en especial para los sectores más vulnerables que no están en condiciones de defenderse, entre los políticos y sindicalistas el consenso tácito parece ser que es mejor resignarse a tasas que en otras latitudes motivarían pánico de lo que sería hacer un esfuerzo vigoroso por combatirla. Así, pues, al gobierno entrante de Mauricio Macri le será muy difícil conseguir el apoyo de los muchos que se han acostumbrado a minimizar la importancia de estabilizar el valor de la moneda. A diferencia de otros países en los que la mayoría entiende muy bien que es necesario combatir la inflación con mucha firmeza, parecería que los gobiernos de Eduardo Duhalde y los Kirchner lograron convencer a buena parte de la ciudadanía de que el derrumbe caótico de la convertibilidad mostró que la estabilidad puede ser aún más perversa que la inflación crónica, razón por la que convendría soportar una tasa anual del 30 o del 40% por ser la alternativa tan peligrosa. Macri y quienes lo acompañan distan de ser ortodoxos. Antes bien, a su modo particular son desarrollistas, admiradores de la gestión truncada del presidente Arturo Frondizi, para los cuales la mejor forma de derrotar la inflación consistiría en aumentar mucho la producción, lo que se han propuesto hacer eliminando trabas burocráticas insensatas, desmantelando algunas barreras proteccionistas que sólo han servido para privar a fábricas de insumos y bajando impuestos que, en el transcurso de los años últimos, han alcanzado niveles propios de las democracias sociales escandinavas, con la esperanza de que enseguida el campo y la industria reaccionen de modo positivo. Puede que tal estrategia funcione, pero aun cuando, como resultado, la economía lograra salir de la larga recesión en que se empantanó algunos años atrás, el gobierno tendría que reducir drásticamente el gasto público que se ha hecho insostenible, además de reformar el sistema enmarañado de subsidios que fue improvisado por los kirchneristas con fines más electoralistas que solidarios. De reanudarse pronto el crecimiento, la ciudadanía podría estar dispuesta a tolerar los sacrificios así supuestos, como sucedió a inicios de la década de los noventa cuando se puso en marcha el plan de convertibilidad sin que se concretaran enseguida los desastres previstos, pero si la economía continúa estancada, negándose a suministrar los beneficios prometidos, la oposición populista no tardaría en aprovechar la oportunidad así brindada para declarar la guerra contra lo que calificaría de “neoliberalismo”. Como es notorio, los alemanes, luego de experimentar la hiperinflación de los años veinte del siglo pasado, juraron que nunca más se permitirían perder el control de la moneda. Aquí, en cambio, la mayoría parece haber llegado a la conclusión de que la inflación no es tan destructiva como creen casi todos los europeos, norteamericanos y hasta brasileños, y que por lo tanto sería mejor no hacer mucho para frenarla. Aunque la evolución de la economía nacional desde hace más de 60 años hace pensar que quienes piensan así se han equivocado, ya que en dicho período la Argentina se ha depauperado, parecería que el país es congénitamente inflacionario, acaso por suponer la mayoría que es mucho más rico de lo que dicen los números y por actuar en consecuencia el grueso de la clase política nacional. Sea como fuere, para alcanzar sus objetivos, el presidente electo Macri y sus equipos económicos tendrán que luchar no sólo contra la inflación sino también contra quienes se han familiarizado tanto con el fenómeno que prefieren tolerar su presencia a hacer cuando resulte necesario para derrotarlo para que, por fin, la Argentina pueda sacar provecho de sus muchos recursos.

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