Un paso arriesgado
Aunque en algunas regiones del mundo la conducta homosexual es considerada un crimen capital –en países como Irán son rutinarias las ejecuciones públicas de parejas “gays”– en el Occidente actual se ha llegado a la conclusión de que debería ser tratada como un asunto personal, sin muchas connotaciones legales, lo que distó de ser el caso en el pasado muy reciente, pero los integrantes de las organizaciones que velan por los derechos de los homosexuales no se sienten del todo conformes con el cambio radical así supuesto. Por el contrario, lo que quieren los militantes es ver eliminado todo vestigio de discriminación que aún puede detectarse, de ahí la campaña a favor de la llamada boda gay, la que cuenta con el respaldo decidido del ex presidente Néstor Kirchner, acaso porque la cree una causa progresista. Sea como fuere, para incomodidad de Kirchner, la Comisión de Legislación General del Senado se opuso, por nueve votos contra seis, al proyecto de ley en tal sentido aprobado por la Cámara de Diputados, ofreciendo en su lugar la posibilidad de una “unión civil” que no tomaría en cuenta el género de quienes la solicitaran. Hace muy poco, los líderes de la comunidad homosexual hubieran tomado dicha alternativa, además de la eliminación de leyes destinadas a penalizar sus relaciones personales, por una conquista muy valiosa, pero los tiempos han cambiado y, al igual que sus equivalentes de otros países, aspiran a mucho más. En parte, el problema es semántico; aun cuando no existiera ninguna diferencia legal entre el compromiso supuesto por un matrimonio tradicional y el resultante de una unión civil, los militantes más fervorosos seguirían protestando contra lo que a su entender sería una manifestación intolerable de discriminación. Sin embargo, la propuesta que recibió el visto bueno de los senadores de la comisión no se limita a distinguir entre una institución que, con sus variantes, ha mantenido su vigencia durante milenios en casi todas las sociedades humanas y una novedosa, sino que también prohibiría a las parejas del mismo sexo adoptar o recurrir a procesos de fecundación in vitro, lo que, desde luego, equivale a decirles que no reúnen las cualidades mínimas necesarias para ser padres o madres responsables. ¿En qué se basa tal presupuesto? De tomarse en serio las afirmaciones de ciertos clérigos abundan las pruebas, ya que según uno las parejas homosexuales “son 30 veces más violentas que las heterosexuales” y, para más señas, tienen tendencias suicidas y se drogan con mayor frecuencia, mientras que otro afirmó que los gays “tienen hasta ocho parejas por año y hasta 500 en toda la vida”. Huelga decir que los militantes homosexuales pueden señalar que, si bien algunos se comportan del modo denunciado por voceros de la Iglesia Católica, muchos otros se destacan por su sobriedad y su respeto riguroso por normas éticas exigentes. Sea como fuere, si bien en los últimos años las organizaciones representativas de homosexuales han resultado ser muy exitosas en su lucha contra la persecución legalizada, no les será tan fácil superar los prejuicios sociales que con toda seguridad seguirán ocasionándoles disgustos. Por ser cuestión de formas de pensar de raíces muy profundas que son características no sólo de los fieles de comunidades religiosas determinadas sino también de una multitud de escépticos, campañas vigorosas como la que ha obligado a los legisladores a tratar el tema del matrimonio, o unión civil, gay, podrían resultarles contraproducentes. Tanto los católicos como los evangélicos se creen frente a un intento provocativo de destruir la institución de la familia que, para ellos, conforma la piedra basal de la sociedad, y no están dispuestos a permitirlo. Parecería que muchos senadores, conscientes de que cuando de la homosexualidad y asuntos afines se trata los habitantes del interior del país suelen ser más conservadores que sus compatriotas de los grandes centros urbanos, quisieran encontrar un punto intermedio entre los reclamos de los militantes gays por un lado y, por el otro, el planteo de los religiosos, muchos de los cuales estarían más que dispuestos a volver el reloj atrás a épocas en que, tanto aquí como en otras partes del mundo occidental, los homosexuales eran perseguidos no sólo por lo que hacían sino también por su condición.