Un senador nada popular

Para sorpresa de pocos pero indignación de muchos, el bloque justicialista, acompañado en esta ocasión por la frepasista Diana Conti, logró impedir que el compañero Luis Barrionuevo fuera expulsado del Senado luego de una sesión maratónica, en el curso de la cual la mayoría se pronunció firmemente en contra de la presencia en la Cámara de un personaje extravagante que, por su agresividad verbal al parecer incontrolable, se ha convertido en el símbolo viviente de la corrupción y de la impunidad. En verdad, lo único que sorprendió fue que el proyecto de expulsión -promovido por la Comisión de Asuntos Constitucionales encabezada por la santacruceña Cristina Fernández de Kirchner- de quien es el representante principal de un pasado que los más preferirían olvidar, consiguiera el apoyo de 37 votos, entre ellos los de un pequeño grupo de peronistas, siete menos que el número necesario para llegar a los dos tercios exigidos por la Constitución, lo que hace pensar que ya son muchos los políticos que entienden muy bien que la ciudadanía está harta de la prepotencia matonesca que durante tantos años ha caracterizado la conducta de quienes dicen encarnar las aspiraciones del «pueblo» y que por lo tanto les convendría respetar ciertas normas.

Según el propio Barrionuevo, los reacios a admitir que sea perfectamente legítimo frustrar la celebración de elecciones quemando las urnas en señal de desprecio por su presunto contenido son «racistas» comparables con «los halcones de los Estados Unidos» cuyos motivos deberían buscarse «en los rincones tenebrosos de la antropología». Si bien fue un tanto confusa la defensa así ensayada por el senador, se ajusta con precisión a cierta tradición peronista conforme a la que es natural que los hijos del «pueblo» diriman sus conflictos con balas, cadenazos y amenazas de distinta índole, de suerte que los únicos que podrían sentirse ofendidos por dicha metodología serían burgueses de las clases altas vinculados con la patria financiera, con los monopolios extranjeros o con algo igualmente siniestro. Aunque no tiene ningún asidero la noción insultante de que los valores del «pueblo» serán idénticos a aquéllos de los bajos fondos, tesis ésta que contra toda la evidencia algunos poco populistas insisten en reivindicar, a sindicalistas como el gastronómico Barrionuevo y el camionero Hugo Moyano siempre les ha resultado conveniente atribuir las críticas a su forma de actuar al esnobismo de quienes supuestamente desprecian a los sectores populares. Sin embargo, mal que les pese a Barrionuevo y a quienes comparten su punto de vista, a juzgar por su reacción frente a las calamidades de los años últimos, el «pueblo» de la Argentina debería considerarse entre los menos truculentos del mundo entero y los más dispuestos a pedirles a sus «dirigentes» comportarse como personas dignas, realidad que ha incidido notablemente en la conducta de todos los candidatos presidenciales y que, poco a poco, está impulsando la marginación de quienes siempre se enorgullecieron de su falta de escrúpulos.

De todos modos, si bien es absurdo que un individuo como Barrionuevo siga contándose entre «los padres de la Patria», el que a causa de los desmanes que provocó en Catamarca luego de que la Justicia dictaminara que no podría presentarse por no haber cumplido con los requisitos constitucionales infaltables haya protagonizado uno de los escándalos de más envergadura de los últimos tiempos, sirvió para advertirles a todos los políticos que la Argentina está evolucionando con cierta rapidez. Actitudes gansteriles que hace algunos años eran tomadas por rutinarias ya son consideradas intolerables, aunque sólo fuera porque podrían resultar políticamente costosas. Si bien es imposible prever cuál será la incidencia del espectáculo brindado por Barrionuevo y sus defensores en las elecciones que se celebren en los próximos meses, la convicción al parecer generalizada de que será negativa es de por sí saludable porque muchos peronistas, incluyendo a algunos que se opusieron a su expulsión del Senado, se sentirán constreñidos a asegurar que a ellos personalmente no se les ocurriría jamás instigar a sus simpatizantes a quemar urnas o protagonizar disturbios callejeros con el propósito de intimidar a sus adversarios.


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