Una advertencia muy triste
Como acaba de recordarnos la muerte durante una fiesta electrónica o “rave” que se celebraba en Costa Salguero, en el barrio porteño Palermo, de cinco adolescentes envenenados por drogas sintéticas, los narcotraficantes que tantos estragos están provocando cuentan con una multitud de cómplices. Aunque se ha hablado mucho últimamente de la ayuda que les dan políticos, policías y hasta jueces corruptos, vale la pena señalar que es merced a la demanda que su negocio ha alcanzado sus dimensiones actuales. No sólo en nuestro país sino también en muchos otros, los angustiados por la presencia de vendedores de sustancias adictivas peligrosas tienen que luchar contra una cultura de la droga que es muy poderosa, pero no saben cómo hacerlo. Muchos adultos temen parecer autoritarios o anticuados a ojos de quienes creen que consumirlas es innocuo. Otros entienden que sus advertencias sólo servirían para que ciertas drogas supuestamente recreativas resulten ser aún más tentadoras de lo que ya son. Al fin y al cabo, ya es habitual distinguir entre las claramente letales y aquellas que, como la marihuana, son consideradas relativamente anodinas, razón por la que en algunos países, y jurisdicciones de Estados Unidos, la venta se ha legalizado, lo que ha privado de argumentos a los convencidos de que, en vista de los riesgos, sería mejor la tolerancia cero.
Si bien personas que comienzan tomando tales sustancias a menudo van en busca de sensaciones cada vez más fuertes hasta que terminan siendo adictos irrecuperables, en la actualidad la mayoría, alarmada por el impacto nada feliz en países como México que ha tenido la “guerra contra la droga” impulsada por el gobierno norteamericano, preferiría una estrategia más permisiva. Tal actitud no carece de lógica, pero no cabe duda de que la campaña a favor de más tolerancia ha incidido en la cultura comercial que tanto atrae a adolescentes, en especial los que asisten a fiestas electrónicas como Time Warp, al difundir la idea de que sea en cierto modo reaccionario preocuparse por la proliferación reciente de drogas novedosas.
En esta oportunidad, no parece legítimo acusar a las autoridades municipales de negligencia o venalidad, como sucedió cuando se incendió Cromañón, o a los organizadores del evento de haber alentado al público conformado por jóvenes a tomar riesgos insensatos. Tampoco sería razonable criticar a la policía por no haber detectado a tiempo todos los estupefacientes ya ilegales, además de adulterados, que entraron en el recinto, puesto que antes del show efectivos ya habían confiscado cantidades importantes de pastillas de éxtasis y otras sustancias. Que éste sea el caso significa que sería poco útil tomar lo que sucedió por otra manifestación de desidia estatal o corrupción, pasando así por alto la responsabilidad personal de quienes resultarían ser víctimas de su propia debilidad. Todo sería más sencillo si fuera posible ubicar en un contexto político las muertes de jóvenes en medio de una fiesta frenética, pero lo trasciende por ser cuestión de un problema gravísimo, de una patología cultural que afecta a la sociedad en su conjunto.
Atenuar dicho problema no será del todo fácil. Requeriría la colaboración no sólo de los funcionarios del gobierno nacional, los provinciales y los municipales, las autoridades policiales, organizaciones cívicas, los medios periodísticos y, desde luego, los padres de familia, sino también la participación de aquellos jóvenes que son conscientes de que las drogas, incluyendo a las juzgadas anodinas, no ofrecen una vía de escape sino más bien un camino hacia la autodestrucción. Mientras tanto, le corresponderá a la policía encontrar a los fabricantes de las pastillas, adulteradas o no, y otras drogas que según se informa abundaban en el predio en que se celebraba el Time Warp; además de sus cómplices, para que la Justicia decida qué hacer con ellos. Asimismo, desgraciadamente para quienes asisten a funciones como la que terminó tan mal el sábado pasado sin que se les ocurriera arriesgarse probando sustancias como éxtasis y sus muchas variantes, será de suponer que, por algunos meses al menos, las autoridades de las distintas municipalidades y la policía extremarán los controles con el propósito de impedir que circulen drogas de cualquier tipo.
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