Una casa familiar convertida en una sala de teatro barrial

Un matrimonio convirtió su casa en un ámbito cultural en el barrio Frutillar. La sala se utiliza para ensayos y puestas en escena.

Una casa familiar convertida en una sala de teatro barrial

Veinte años atrás, cuando Diego conoció a su esposa jamás imaginó una historia en la que el teatro los haría viajar juntos por diferentes lugares. Desde escuelas rurales, cárceles y festivales. Pero mucho menos imaginó que el teatro los acompañaría de regreso a su casa para quedarse allí.

Tres años atrás, el comedor de una casa familiar ubicada en la calle Paico 617 se convertía en una sala de teatro del barrio Frutillar, bien al sur de Bariloche. Hoy, la casa de arte “Paico”, un espacio de 5 por 7 metros, alberga a gran cantidad de artistas que ofrecen constantes obras de teatro y talleres culturales.

“Abrir nuestra casa a un espacio comunitario fue un gran desafío. Pero cuando el nido quedó vacío tres años atrás y la casa nos quedó grande, decidimos cubrir ese vacío nada menos que con teatro”, recuerda Diego De Haro que además, trabaja desde hace años como empleado municipal.

En ese entonces, ensayaban la obra Certificaciones Médicas, de Leo Masliah. “De golpe, nos dimos cuenta que podíamos estrenarla acá mismo en casa”, agrega Marta Navarro, una docente ya jubilada. Junto a su pareja, comparte la pasión por la actuación y el placer de poner su casa a disposición de las necesidades artísticas del barrio.

A las tardes de ensayos y la puesta en escena de grupos teatrales locales, de Buenos Aires y la región, se fueron incorporando nuevas expresiones, talleres y eventos. Este año, un estudiante de la Universidad Nacional de Río Negro dicta talleres de teatro para niños, Guillermo Tolaba hace un cancionero musical, Gustavo Olivera ofrece talleres de psicodrama, hay clases de candombe a cargo de un uruguayo como así también de tango y yoga que cierran con grandes mateadas.

La mayoría son gratuitos. De vez en cuando, los asistentes aportan yerba o papel higiénico. En las obras, se cobra un bono contribución para cubrir las próximas giras. La intención simplemente es “juntarse para hacer arte”.

En cada obra, la sala reúne unas 40 personas apasionadas por el arte.
Chino Leiva

El espíritu fue promover la cultura del teatro en el barrio. Que el barrio se integre a otras propuestas artísticas a las que no estaban acostumbrados. Hoy, nos visita mucha gente de los kilómetros, de Dina Huapi, del centro que se enteran por las redes sociales y por los volantes de las obras que ofrecemos”, indica De Haro.

Vivir en un centro cultural tampoco fue del todo sencillo. Marta reconoce que, en un principio, sintieron algo de temor por tener que abrir su casa a gente desconocida. “Fue un desafío generar un espacio comunitario pero en tres años, jamás tuvimos problemas”, reconoce la mujer.

Diego admite que “a diario, es necesario poner un freno porque piden infinidad de talleres y tampoco queremos perder nuestro espacio del todo. Ya hay bastante movimiento. En cada obra o evento, vienen 40 personas. Muchas veces llego a casa del trabajo sin saber con lo que me voy a encontrar”, señala.


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