Una decisión arriesgada
Puesto que a esta altura sabe muy bien que ningún oficialista soñaría con oponérsele, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no sólo eligió personalmente a su propio compañero de fórmula sin consultar con nadie, con la presunta excepción del secretario técnico y legal Carlos Zannini, lo que es razonable, sino también a quien acompañará al gobernador bonaerense Daniel Scioli, obligándolo a aceptar a Gabriel Mariotto como candidato a vicegobernador a pesar de que sea de dominio público que tanto Scioli como los “barones” del conurbano no lo querían. Si bien parecería que el gobernador se ha resignado a verse humillado reiteradamente por Cristina y enseguida procuró hacer pensar que le encantaba tener a su lado al principal guerrero mediático kirchnerista, sorprendería que los demás peronistas bonaerenses compartieran su ecuanimidad. Incluso los convencidos de que el PJ debería renovarse, brindando oportunidades a integrantes de una nueva generación de militantes, se sienten heridos por la voluntad de Cristina de reemplazarlos por figuras que se han destacado más por su “lealtad” hacia su propia persona que por otros méritos. Muchos no han tratado de disimular su enojo. Tarde o temprano, tendrán pretextos para desquitarse. La estrategia elegida por la presidenta de, en efecto, apoderarse de los aparatos peronistas de la provincia de Buenos Aires, y de otras jurisdicciones, les guste o no a los veteranos del movimiento, no está exenta de riesgos. Por cierto, de llegar muchos bonaerenses a la conclusión de que Scioli es un débil obsecuente –como señaló su hermano, José Scioli, se trata de un gobernador que “no puede ni siquiera elegir a su vice”–, la popularidad del único político que hasta ahora ha estado en condiciones de hacerle sombra a Cristina podría caer tanto que perdería en el distrito electoral más importante del país sin que haya ninguna garantía de que los votos de los defraudados terminen en una “colectora” oficialista, eventualidad que, huelga decirlo, no ayudaría en absoluto a la causa kirchnerista. Por cierto, a los peronistas no les faltan opciones, puesto que cuentan con la candidatura presidencial de Eduardo Duhalde y la provincial de Francisco de Narváez que se ha aliado con el radical Ricardo Alfonsín. Puede que desde el punto de vista de Cristina, a Mariotto le sobran pergaminos, pero desde aquel de sectores importantes del electorado bonaerense y, claro está, del peronismo provincial es un paracaidista de antecedentes un tanto oscuros y talentos limitados, un intruso al que bien podrían sentirse tentados a repudiar. En tal caso, a la presidenta le sería más difícil romper la barrera del 40% que espera superar para ahorrarse la necesidad de enfrentar una segunda vuelta electoral. Cristina apuesta a que, por ser ella “la dueña de los votos”, el electorado bonaerense no se preocupará por la situación incómoda en la que se encuentra Scioli; pronto sabremos si en esta ocasión ha acertado o si ha cometido un error que le costará caro. Es de prever que en los menos de cuatro meses que nos separan de la primera vuelta de las elecciones presidenciales los voceros de las diversas agrupaciones opositoras se concentren en advertirnos sobre los peligros planteados por el personalismo a todas luces excesivo de Cristina, empresa con la que colaborarán discretamente peronistas reacios a alejarse demasiado del oficialismo pero que así y todo se sienten molestos por el protagonismo de individuos como Mariotto. Es posible que los esfuerzos en tal sentido resulten vanos, pero también lo es que incidan lo bastante como para modificar radicalmente el panorama. En política, el triunfalismo suele ser un pésimo consejero. Al sobreestimar el poder propio y subestimar el ajeno, quienes creen que ya ganaron y que por lo tanto pueden darse el lujo de tratar con desprecio a los demás, suelen encontrarse sin aliados fieles justo cuando los necesitan más. Asimismo, aun cuando los peronistas bonaerenses opten por aguardar hasta después del 23 de octubre para desahogarse y tanto Cristina como Scioli consigan ser reelegidos, la conciencia de que en cualquier momento podrían estallar conflictos graves en el seno del gobierno provincial tendría consecuencias nada felices en una etapa que, por motivos socioeconómicos, amenaza ser sumamente difícil para todos.