Una opción arriesgada

Redacción

Por Redacción

Todo gobierno democrático tiene que encontrar la forma de reconciliar las expectativas de la ciudadanía con la realidad económica. Desgraciadamente para el presidente Mauricio Macri y sus colaboradores, en la Argentina la brecha entre ellas es aún más grande que en otros países en que, por lo común, la opinión pública entiende que hay que respetar ciertos límites. Alentada por el grueso de la clase política nacional, los sindicalistas y muchos referentes intelectuales, la mayoría suele creer que la economía es mucho más productiva de lo que efectivamente es, razón por la que propende a oponerse a cualquier medida que podría perjudicar a sectores determinados. Para salir de la trampa así supuesta, los kirchneristas inventaron una realidad alternativa, la del famoso “relato”, negándose a prestar atención a aquellos hechos concretos que no les convenían. Hasta fines del año pasado el engaño funcionó, pero los macristas no pueden emular a sus antecesores. Suponen que el país está harto de mentiras y que por lo tanto lo que más necesita es una fuerte dosis de honestidad. Así y todo, se sienten obligados a brindar la impresión de sentir optimismo, de confiar plenamente en su propia capacidad para superar los problemas planteados por la falta de competitividad de la industria nacional, salarios que, si bien son magros en comparación con los habituales en países desarrollados, son más altos que en Brasil, la caída reciente del precio internacional de la soja y otros productos exportables y lo difícil que les sería conseguir las inversiones cuantiosas con las que sueñan a tiempo para ahorrarles la necesidad de aplicar una multitud de ajustes muy duros. Aunque por motivos sociales y políticos el sinceramiento que piden los halcones ortodoxos parece imposible, a menos que lleguen muy pronto fondos desde el exterior los mercados se encargarán del asunto, lo que a buen seguro tendría consecuencias nada felices. Los ultras del kirchnerismo aparte, parecería que la clase política nacional ha llegado a la conclusión de que al país no le queda más opción que la de pagarles a “los buitres”, para entonces ponerse a endeudarse. No cabe duda de que, en el corto plazo, sería la única forma viable de impedir que el país sufra una nueva crisis financiera, y por lo tanto sociopolítica, parecida a las muchas que, con regularidad casi cronométrica, lo han convulsionado a partir de las guerras de independencia de inicios del siglo XIX. Con todo, tienen razón los que nos están advirtiendo de lo peligroso que sería acumular deudas excesivas como hicieron tantos gobiernos en el pasado hasta que, sin habérselo propuesto, los kirchneristas lograron aislar el país de los mercados de capitales internacionales. Los préstamos que se usan para prolongar algunos meses o incluso años más el statu quo existente sólo sirven para frenar el desarrollo que, claro está, requeriría muchas reformas estructurales, microeconómicas y culturales. Como es natural, los políticos preferirían no correr los riesgos que les supondría procurar profesionalizar la administración pública de su jurisdicción particular, separando a quienes no están en condiciones de aportar mucho más que su eventual presencia física y privilegiando a los idóneos. Si el sector privado disfrutara de un boom y abundaran las ofertas de empleo, por lo menos algunos intentarían hacerlo, pero desde hace años el país está en recesión y el desempleo está en aumento. En cuanto a los empresarios, muchos se han acostumbrado tanto a depender de la voluntad del gobierno nacional o del provincial de darles la protección que dicen necesitar mientras se preparen para enfrentar la competencia extranjera que son tan reacios a cambiar como los tradicionalistas del mundillo político. Los macristas rezan para que, por fin, el empresariado se llene de lo que John Maynard Keynes llamaba “espíritus animales” y que, con la ayuda de sus congéneres del resto del planeta, reaccionen vigorosamente frente a la adversidad, produciendo más, mucho más, para que la realidad económica se acerque a la realidad imaginaria de las expectativas, pero parecería que, para decepción del presidente, la mayoría sigue pensando más en cómo sobrevivir a una etapa plagada de dificultades que en cómo ayudarlo a superar los obstáculos en el camino que erigieron los kirchneristas.


Todo gobierno democrático tiene que encontrar la forma de reconciliar las expectativas de la ciudadanía con la realidad económica. Desgraciadamente para el presidente Mauricio Macri y sus colaboradores, en la Argentina la brecha entre ellas es aún más grande que en otros países en que, por lo común, la opinión pública entiende que hay que respetar ciertos límites. Alentada por el grueso de la clase política nacional, los sindicalistas y muchos referentes intelectuales, la mayoría suele creer que la economía es mucho más productiva de lo que efectivamente es, razón por la que propende a oponerse a cualquier medida que podría perjudicar a sectores determinados. Para salir de la trampa así supuesta, los kirchneristas inventaron una realidad alternativa, la del famoso “relato”, negándose a prestar atención a aquellos hechos concretos que no les convenían. Hasta fines del año pasado el engaño funcionó, pero los macristas no pueden emular a sus antecesores. Suponen que el país está harto de mentiras y que por lo tanto lo que más necesita es una fuerte dosis de honestidad. Así y todo, se sienten obligados a brindar la impresión de sentir optimismo, de confiar plenamente en su propia capacidad para superar los problemas planteados por la falta de competitividad de la industria nacional, salarios que, si bien son magros en comparación con los habituales en países desarrollados, son más altos que en Brasil, la caída reciente del precio internacional de la soja y otros productos exportables y lo difícil que les sería conseguir las inversiones cuantiosas con las que sueñan a tiempo para ahorrarles la necesidad de aplicar una multitud de ajustes muy duros. Aunque por motivos sociales y políticos el sinceramiento que piden los halcones ortodoxos parece imposible, a menos que lleguen muy pronto fondos desde el exterior los mercados se encargarán del asunto, lo que a buen seguro tendría consecuencias nada felices. Los ultras del kirchnerismo aparte, parecería que la clase política nacional ha llegado a la conclusión de que al país no le queda más opción que la de pagarles a “los buitres”, para entonces ponerse a endeudarse. No cabe duda de que, en el corto plazo, sería la única forma viable de impedir que el país sufra una nueva crisis financiera, y por lo tanto sociopolítica, parecida a las muchas que, con regularidad casi cronométrica, lo han convulsionado a partir de las guerras de independencia de inicios del siglo XIX. Con todo, tienen razón los que nos están advirtiendo de lo peligroso que sería acumular deudas excesivas como hicieron tantos gobiernos en el pasado hasta que, sin habérselo propuesto, los kirchneristas lograron aislar el país de los mercados de capitales internacionales. Los préstamos que se usan para prolongar algunos meses o incluso años más el statu quo existente sólo sirven para frenar el desarrollo que, claro está, requeriría muchas reformas estructurales, microeconómicas y culturales. Como es natural, los políticos preferirían no correr los riesgos que les supondría procurar profesionalizar la administración pública de su jurisdicción particular, separando a quienes no están en condiciones de aportar mucho más que su eventual presencia física y privilegiando a los idóneos. Si el sector privado disfrutara de un boom y abundaran las ofertas de empleo, por lo menos algunos intentarían hacerlo, pero desde hace años el país está en recesión y el desempleo está en aumento. En cuanto a los empresarios, muchos se han acostumbrado tanto a depender de la voluntad del gobierno nacional o del provincial de darles la protección que dicen necesitar mientras se preparen para enfrentar la competencia extranjera que son tan reacios a cambiar como los tradicionalistas del mundillo político. Los macristas rezan para que, por fin, el empresariado se llene de lo que John Maynard Keynes llamaba “espíritus animales” y que, con la ayuda de sus congéneres del resto del planeta, reaccionen vigorosamente frente a la adversidad, produciendo más, mucho más, para que la realidad económica se acerque a la realidad imaginaria de las expectativas, pero parecería que, para decepción del presidente, la mayoría sigue pensando más en cómo sobrevivir a una etapa plagada de dificultades que en cómo ayudarlo a superar los obstáculos en el camino que erigieron los kirchneristas.

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