Una urgente refundación

El fracaso en la Copa abrió la herida albiceleste. ¿Por qué se repite la frustración? ¿Cómo seguir?

Redacción

Por Redacción

SANTA FE (Walter Rodríguez, enviado especial).- El desencanto sigue su ruta, la decepción parece no llegar jamás a la última estación. El tren pasa y la Argentina no se sube nunca, ni aún en las condiciones más favorables. Porque en esta Copa América jugada en nuestro país y diseñada a su medida, la selección formó parte del grupo a priori más débil, enfrentando a un mejor tercero si quedaba primera en el Grupo A por los cuartos de final, para verse recién en semis con un potencial candidato al título. Pero el equipo de Sergio Batista fue incapaz de vencer a Bolivia y a Colombia y aquí se afirma gran parte del fracaso, más allá que el entrenador, con una profunda falta de autocrítica, lo negara de manera terminante en la conferencia de prensa tras perder con Uruguay por penales. Quizás en la noche del sábado esta selección mereció mejor suerte, el ping pong de posibilidades le daría la razón, pero sin embargo hay algo que no termina de cerrar. El tema puntual y doloroso es que en el alma albiceleste ya no hay lugar para más desilusiones. Son 25 años sin títulos mundiales y 18 sin continentales, donde las imágenes de archivo de las épocas doradas año a año pierden más brillo y nitidez. Dejando de lado las preguntas sin respuestas donde se mezclan el destino, el azar, la Biblia y el calefón, irremediablemente hay que comenzar a bucear en las cuestiones futbolísticas. El responsable principal por el lugar que ocupa es Sergio Batista. Amparado por el oro de Beijing y maravillado por el juego del Barcelona, el DT fabuló la idea de que por tener a Lionel Messi, la selección podría asimilar el juego del formidable equipo catalán. Luego, los frustrados intentos en los dos partidos iniciales de la Copa con un 4-3-3 y de un oportuno cambio de dirección en el juego ante Costa Rica, Batista tiró sin pudores que su idea “no era parecerse al Barça. Es el fútbol que practica con el que yo me siento identificado”, como si hubiera alguien en el planeta futbolero que pudiera negar a los de Guardiola. “Messi es 9”, dijo Batista, y con Messi de 9 la Argentina entregó una de sus peores versiones. Ahí comenzó a fracasar el seleccionado en la Copa América. Desde el discurso difuso de su entrenador, que en plena competencia tuvo que buscar no sólo un equipo sino también una idea. El lado positivo del técnico se ve en el ingreso de Fernando Gago por Ever Banega para jugar ante Costa Rica, lo que le permitió a Lionel Messi encontrar su lugar en el equipo. La Pulga quizá haya jugado en las últimas dos presentaciones los mejores partidos con la selección. Resultará inverosímil para el resto del mundo, pero Messi con la albiceleste todavía tenía materias pendientes. Una de ellas, aceptar su grado de deidad universal y hacerse cargo de ello con la camiseta nacional. El rosarino fue lo mejor de la Argentina ante Costa Rica y contra Uruguay, si bien su rendimiento no fue parejo, tuvo 30’ en el primer tiempo que son de otra dimensión, de un corte fenomenal. Ver en vivo al mejor Messi en esta Copa América fue uno de los pocos regalos que tuvo el sufrido hincha argentino. La reivindicación popular con el mejor jugador del mundo ojalá hable del comienzo de un “jugador de selección”, una extirpe en extinción que padece la albiceleste desde el retiro (obviemos a Diego Maradona) de Oscar Ruggeri, Gabriel Batistuta, Claudio Paul Caniggia y Diego Simeone, por citar sólo algunos. De todas maneras, el lado oscuro del genio está en la efectividad. Messi hace 16 partidos oficiales que no marca (7 de eliminatorias, 5 de Sudáfrica 2010 y 4 de Copa América) con la camiseta de la selección, Justo él, que viene de ser el ‘pichichi’ de la Liga Española. Messi, al igual que sus otros compañeros de ataque, no muestra con la camiseta del seleccionado la misma frialdad en el lugar caliente del campo que sí expone con brillantez en su club. Algo que se repitió ante los uruguayos. Batista dice que sigue, que tiene un contrato firmado hace dos meses que lo ampara hasta el final de las eliminatorias. Si es así, estará necesitado y obligado de poner en marcha un plan alternativo para que este equipo rinda. ¿Base local y tres o cuatro imprescindibles que jueguen en Europa, y que se acoplen a un grupo consolidado? Podría ser una salida, pero habrá que hacerlo con convencimiento. En los últimos meses previos al torneo, Batista programó un serie de cotejos amistosos con una albiceleste local para “evaluar jugadores para la Copa”. No llevó a ninguno del medio doméstico, excepto JP Carrizo, hoy por hoy tercer arquero. ¿Para qué se hicieron esos partidos entonces? La selección argentina necesita ser refundada, forjar una identidad y los jugadores entender que el peso de su camiseta no es superchería. Y, sobre todo, aprender de Uruguay, que más allá de que su juego esté en las antípodas de cierto paladar argentino, juega a lo que sabe y así le va.

Batista y sus contradicciones, el principal problema de un seleccionado carente de proyectos y preso de las decepciones.


SANTA FE (Walter Rodríguez, enviado especial).- El desencanto sigue su ruta, la decepción parece no llegar jamás a la última estación. El tren pasa y la Argentina no se sube nunca, ni aún en las condiciones más favorables. Porque en esta Copa América jugada en nuestro país y diseñada a su medida, la selección formó parte del grupo a priori más débil, enfrentando a un mejor tercero si quedaba primera en el Grupo A por los cuartos de final, para verse recién en semis con un potencial candidato al título. Pero el equipo de Sergio Batista fue incapaz de vencer a Bolivia y a Colombia y aquí se afirma gran parte del fracaso, más allá que el entrenador, con una profunda falta de autocrítica, lo negara de manera terminante en la conferencia de prensa tras perder con Uruguay por penales. Quizás en la noche del sábado esta selección mereció mejor suerte, el ping pong de posibilidades le daría la razón, pero sin embargo hay algo que no termina de cerrar. El tema puntual y doloroso es que en el alma albiceleste ya no hay lugar para más desilusiones. Son 25 años sin títulos mundiales y 18 sin continentales, donde las imágenes de archivo de las épocas doradas año a año pierden más brillo y nitidez. Dejando de lado las preguntas sin respuestas donde se mezclan el destino, el azar, la Biblia y el calefón, irremediablemente hay que comenzar a bucear en las cuestiones futbolísticas. El responsable principal por el lugar que ocupa es Sergio Batista. Amparado por el oro de Beijing y maravillado por el juego del Barcelona, el DT fabuló la idea de que por tener a Lionel Messi, la selección podría asimilar el juego del formidable equipo catalán. Luego, los frustrados intentos en los dos partidos iniciales de la Copa con un 4-3-3 y de un oportuno cambio de dirección en el juego ante Costa Rica, Batista tiró sin pudores que su idea “no era parecerse al Barça. Es el fútbol que practica con el que yo me siento identificado”, como si hubiera alguien en el planeta futbolero que pudiera negar a los de Guardiola. “Messi es 9”, dijo Batista, y con Messi de 9 la Argentina entregó una de sus peores versiones. Ahí comenzó a fracasar el seleccionado en la Copa América. Desde el discurso difuso de su entrenador, que en plena competencia tuvo que buscar no sólo un equipo sino también una idea. El lado positivo del técnico se ve en el ingreso de Fernando Gago por Ever Banega para jugar ante Costa Rica, lo que le permitió a Lionel Messi encontrar su lugar en el equipo. La Pulga quizá haya jugado en las últimas dos presentaciones los mejores partidos con la selección. Resultará inverosímil para el resto del mundo, pero Messi con la albiceleste todavía tenía materias pendientes. Una de ellas, aceptar su grado de deidad universal y hacerse cargo de ello con la camiseta nacional. El rosarino fue lo mejor de la Argentina ante Costa Rica y contra Uruguay, si bien su rendimiento no fue parejo, tuvo 30’ en el primer tiempo que son de otra dimensión, de un corte fenomenal. Ver en vivo al mejor Messi en esta Copa América fue uno de los pocos regalos que tuvo el sufrido hincha argentino. La reivindicación popular con el mejor jugador del mundo ojalá hable del comienzo de un “jugador de selección”, una extirpe en extinción que padece la albiceleste desde el retiro (obviemos a Diego Maradona) de Oscar Ruggeri, Gabriel Batistuta, Claudio Paul Caniggia y Diego Simeone, por citar sólo algunos. De todas maneras, el lado oscuro del genio está en la efectividad. Messi hace 16 partidos oficiales que no marca (7 de eliminatorias, 5 de Sudáfrica 2010 y 4 de Copa América) con la camiseta de la selección, Justo él, que viene de ser el ‘pichichi’ de la Liga Española. Messi, al igual que sus otros compañeros de ataque, no muestra con la camiseta del seleccionado la misma frialdad en el lugar caliente del campo que sí expone con brillantez en su club. Algo que se repitió ante los uruguayos. Batista dice que sigue, que tiene un contrato firmado hace dos meses que lo ampara hasta el final de las eliminatorias. Si es así, estará necesitado y obligado de poner en marcha un plan alternativo para que este equipo rinda. ¿Base local y tres o cuatro imprescindibles que jueguen en Europa, y que se acoplen a un grupo consolidado? Podría ser una salida, pero habrá que hacerlo con convencimiento. En los últimos meses previos al torneo, Batista programó un serie de cotejos amistosos con una albiceleste local para “evaluar jugadores para la Copa”. No llevó a ninguno del medio doméstico, excepto JP Carrizo, hoy por hoy tercer arquero. ¿Para qué se hicieron esos partidos entonces? La selección argentina necesita ser refundada, forjar una identidad y los jugadores entender que el peso de su camiseta no es superchería. Y, sobre todo, aprender de Uruguay, que más allá de que su juego esté en las antípodas de cierto paladar argentino, juega a lo que sabe y así le va.

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