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Uso tóxico de las redes sociales: la obsesión por espiar y exhibirse desenfrenadamente

El psiconalista Martín Alomo acaba de publicar "Vivir mejor", con prólogo de Gabriel Rolón, donde compendia ideas y prácticas sobre aspectos cruciales de la vida. En lenguaje directo y profundo ayuda a pensarnos a nosotros mismos.





¿Quién no conoce alguna persona que deseaba algo y que, una vez conseguido ese algo, no consigue quererlo? Hay un dicho popular que bien caracteriza este problema: “el pasto del vecino siempre se ve más verde”.

“Querer lo que se tiene no es fácil porque nos pone a prueba ante un pensamiento muy pregnante y frecuente: lo de los demás siempre es mejor que lo nuestro”, comenta Martín Alomo, psicoanalista, quien acaba de publicar “Vivir mejor. Un desafío cotidiano”, de editorial Paidós, con prólogo de Gabriel Rolón.

“Querer lo que tenemos implica también, desde el punto de vista de los afectos, que vamos a poder estar a salvo de esa sensación de inadecuación y desubicación, inherente al pensamiento de que estamos perdiendo algo más importante que estaría sucediendo en otra parte”, afirma Alomo. En este punto las redes sociales ejercen una presión tremenda que llegan a la asfixia, en muchísimos casos. De este punto y de la formidable capacidad que solemos tener de “poner el dedo en el enchufe” cuando las cosas andan bien y pero que si no las boicoteamos algo funciona mal, hablamos con el autor de esta novedad editorial.


«Las redes virtuales están diseñadas de manera tal que son una invitación a ejercer el voyeurismo«, afirma Martín Alomo, psicoanalista, autor del libro «Vivir mejor. Un desafío cotidiano». Insiste en diferenciar ver, mirar y espiar… «no son cosas iguales ni parecidas», insiste.

¿Hasta qué punto te parecen que las redes ahorcan hasta la asfixia alejando así posibilidades de felicidad para nuestras vidas?

Ver la página de inicio de las redes sociales puede ser semejante a revisar el correo o a mirar el noticiero de TV en alguna pantalla sin volumen, a lo lejos, como nos sucede a veces en algún bar o restaurante al mediodía, en alguna sala de espera o en el transporte público, cuando vemos un led a lo lejos sin llegar a escuchar qué dice, pero de todos modos, gracias a las imágenes y a los zócalos gráficos, podemos entender de qué se trata. También puede ser similar a hojear una revista en la peluquería, despreocupadamente, mientras esperamos a que nos atiendan. O quizás, como presenciar más o menos interesados, según qué se nos dé a ver, las “colas” en el cine, previas a que aparezca la película. Por otra parte, mirar la página de inicio de Facebook es ponernos al día respecto de en qué y por dónde andan nuestros amigos, los de Internet y los otros, los más cercanos, esos que además de estar en la red virtual participan de las redes off line con nosotros.

Lo cierto es que ver o mirar, en cualquiera de las acepciones que acabo de comentar, y en otras que probablemente se le ocurran al lector, es diferente de espiar. Aun cuando cierta dimensión de voyeurismo sea inherente a la participación en las redes -también de exhibicionismo, por supuesto-, espiar, en principio, es ir más allá de la página de inicio. Espiar implica la transgresión de cierto límite que, aunque invisible, forma parte del decoro inherente a todo comportamiento socialmente aceptable (léase “confesable”). Partiendo de este planteo, en ese apartado que mencionás analizo en detalle la diferencia entre ver, mirar y espiar, para llegar luego a lo que considero un problema estructural de lo que llamaría el “capitalismo de redes” (todo pasa por las redes aunque no pase en ellas): me refiero al problema del consumidor consumido.

La versión de nosotros que le contamos a los otros, algunas veces las creemos aunque se trate de una mentira. Lo cierto es que en las redes sociales, si decidimos participar, habrá al menos un perfil que hablará de nosotros. Dirá lo que le queramos hacer decir, será nuestro modo de autopresentación online que es un punto sensible en el entramado social ya que indica el lugar propiciado para el enganche -o el rechazo- con/del otro porque señala el punto desde donde lo invocamos, a qué y para qué lo convocamos.

Pág 158, «Vivir mejor», de Martín Alomo

Las redes virtuales están diseñadas de manera tal que son, entre otras cosas, una invitación a ejercer el voyeurismo bajo la apariencia del exhibicionismo. Aquí se aplica muy bien la máxima que dice “la mejor manera de espiar es mostrarse ante la vista de todos”, tributaria de cierta lógica digna de Edgar Alan Poe -me refiero al cuento “La carta robada”- como si dijéramos: “estar a la vista es el mejor modo de ocultarse” y, por lo tanto, un buen lugar para, desde allí, ejercer el espionaje impunemente. Como sea, en las redes, el solapamiento entre exhibicionismo y voyeurismo no solo está facilitado, sino que es parte constitutiva del asunto.

Hablando de capacidades… hay una habilidad tremenda que muchas practican que es la “meter los dedos en el enchufe en el momento más adecuado para estropear todo”, según tu definición. ¿De qué se trata esto?

Claro, te respondo con algunos ejemplos que comento en el libro.

En el momento del clímax sexual o en la fase posterior, de relajación, una persona que he conocido tenía el hábito de equivocar el nombre de su pareja, a quien amaba profundamente y deseaba ardientemente. El equívoco no era la sustitución por cualquier otro nombre, sino justamente por el de una mujer que había tenido algo con el sujeto anteriormente, conocida también por la pareja actual. Resultado: momento feliz = dedos en el enchufe. Otra persona me comentaba la alegría con que había recibido la visita de su novia en su departamento de soltero. Ella fue a visitarlo con una comida preparada por ella misma para agasajarlo y, además, le llevó de regalo una camisa que a él le gustaba. Cenaron, hicieron el amor, y en el momento posterior, entre palabras despreocupadas y caricias distendidas, el caballero insistió en reprocharle, una y otra vez, que esa misma tarde ella había demorado mucho más de lo que él hubiera querido en responderle sus mensajes de Whatsapp. Momento feliz = dedos en el enchufe.

Los ejemplos abundan. Tal vez haya uno paradigmático. Caribe, playa, sol, tragos, dos amantes. Sexo ardiente, apasionado, en el contexto de un viaje de descanso de una semana, para estos amantes que empezaron una relación hace unos pocos meses. Él, sesentón y de buen pasar, que encuentra en ella, además de una mujer caliente y hermosa, la vitalidad de sus cuarenta, que lo rejuvenecen. En un rincón alejado de los demás, entre palmeras, se besan, ella mete su mano bajo el short, “me manoteó”, explicaría él. Iban a tener sexo allí, al aire libre, jugando a esconderse de los posibles mirones, en un arrebato de excitación que ninguno de los dos quiso refrenar. Avanzada la acción, el epitalamio caliente desde la voz de ella susurra al oído de él, mientras le muerde levemente el lóbulo: “esta es mi oreja”. Por alguna razón, él escucha en ese susurro el apellido del exmarido de ella, que apenas guardaba una semejanza homofónica con la palabra “oreja”. Allí terminó esa escena, malograda por una interpretación que, traducida a un sentido que podamos entender, decía más o menos así: ella tiene sexo conmigo porque la traigo de paseo al Caribe, pero en realidad, para calentarse, piensa en su ex.

Este caballero costeó el pasaje de ambos y la estadía durante una semana en un exclusivo all inclusive y, asombrosamente, no se privó de encontrar una y otra vez varios enchufes disponibles entre las palmeras, las sombrillas y la arena caliente, en los cuales meter los dedos hasta el fondo. Nunca tuve oportunidad de conocerla a ella más que a través de los relatos de él. Desde allí, se adivinaba una mujer amorosa, vital, enamorada y caliente que ya no entendía cómo el mundo entero se había convertido en “Peligro – Alta Tensión” y vuelta al punto de partida, más allá del escenario placentero y de la coreografía deseante que ella propusiera… o justamente por eso.

La desesperación de saberse mirado también puede deberse a la sensación de ser especiado, comenta Alomo en su libro. Y agrega: «El modo de representarse en las redes acentúa el factor de que el otro me acepte y que el otro me quiera, con sus variantess típicas: que el otro me admire, me envidie, me desee…».


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