Venezuela procura (a su manera) acercarse a EE. UU.
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
Uno de los diversos organismos regionales que mejor controla Venezuela es, a mi modo de ver las cosas, Unasur. Por ello lo utiliza cada vez que puede. Como seguro. O caja de resonancia. Y también por ello su secretario general es el colombiano Ernesto Samper, quien –desde hace dos décadas– no puede entrar en Estados Unidos porque, simplemente, ese país le niega la visa necesaria desde que en la campaña que en 1994 lo llevara a la presidencia de Colombia hubo financiamiento con dineros provenientes del narcotráfico. Samper se defiende sosteniendo que él no fue directamente el responsable de que eso –de pronto– sucediera, circunstancia que atribuye a algunos de sus excolaboradores. Como si no hubieran trabajado para él. Pero lo cierto es que, desde hace veinte años, Samper no puede ingresar a EE. UU. Lo que es todo un mensaje. Por eso, quizás, Samper ha sido el candidato de Venezuela para gestionar a Unasur. Y quizás también por eso es que goza de su confianza y está donde está. No es entonces demasiado sorprendente que ahora Venezuela le haya pedido a Ernesto Samper que actúe como “intermediario” para tratar de “acercar” Venezuela al país del norte. Increíble, pero ha sido así. Samper, con un poco de audacia pero seguramente sorprendido –y contento– de que alguien le haya pedido que haga algo –esto es que se le haya hecho un encargo concreto–, acometió contra “el problema” de su visa. Lo hizo sosteniendo que, bajo el Tratado de Viena, como secretario general de Unasur podría obtener una visa diplomática que, de pronto, le permitiera entrar en Estados Unidos. Quizás no se ha enterado de que lo mismo pensaba un alto diplomático iraní que –hasta hace algunos días– pretendía asumir el cargo de representante permanente de Irán ante las Naciones Unidas. Y finalmente no pudo hacerlo. Porque los norteamericanos se negaron a darle la visa del caso, ante la evidencia de que él había sido uno de los que participaron, en su momento, en la ilegal “toma” de la Embajada estadounidense en Teherán, cuando los diplomáticos del país del norte que la ocupaban sufrieron nada menos que 444 días seguidos de duro cautiverio en manos de fanáticos iraníes, con el consentimiento, mal disimulado, de las autoridades persas. Nicolás Maduro, preocupado por el aumento de las sanciones económicas norteamericanas, que hace algunos días se extendieron a 32 personas venezolanas más (incluyendo familiares y altos colaboradores de Nicolás Maduro, los “capitalistas amigos”), le pidió a Samper que “buscara un mecanismo de diálogo con el gobierno de Estados Unidos para construir una diplomacia de paz, de diálogo, de entendimiento y para detener la ‘agresión’ (sanciones) a Venezuela”. Los norteamericanos –desde el Departamento de Estado– le dijeron a Nicolás Maduro, al enterarse –por los medios– del pedido hecho a Samper, que se comunicara “directamente” con ellos. Lo que es toda una señal. Para Maduro y para Samper, a la vez. Tanto es así que entonces un desorientado Samper cambió precipitadamente de rumbo y aclaró que a él sólo se le había pedido gestionar una “declaración de Unasur”, defendiendo el principio de “no intervención” en los asuntos internos de Venezuela. Nada más. Y señalando que corresponde en cambio a los cancilleres de Brasil, Colombia y Ecuador la interlocución con Estados Unidos sobre este delicado tema. Porque así lo ha decidido ya Unasur, grupo que, agregó, se reunirá pronto en Quito para definir allí como actuar conjuntamente. Cambió de rumbo, entonces, impulsado por un disimulado portazo que recibió sin admitirlo. Esto se llama “sacarle el cuerpo” al pedido de Nicolás Maduro. Técnica en la que, algunos observadores sostienen, Ernesto Samper goza de bien ganado prestigio. Samper tiene asimismo otro encargo, aún más difícil que el anterior. También incumplido. El de lograr que el gobierno venezolano dialogue, con sinceridad, con los líderes de la oposición de su país, en lugar de mantener a algunos de ellos encarcelados. Como sucede, escandalosamente, en el caso de Leopoldo López. Para ir preparando el terreno, Samper aprovechó para señalar, sin que nadie se lo pidiera, que la catástrofe venezolana “no es una directa responsabilidad del gobierno sino una infortunada cadena de acontecimientos internacionales que se han venido sumando”. Increíble. Pero ése es Samper. La culpa siempre es de los demás. Los diez años de viento a favor para Venezuela que fueron dilapidados no existen para Samper. Por eso está donde está. Como puente para el diálogo intravenezolano, es también poco creíble. Muy poco, más bien. Por eso está a un costado. Sin un protagonismo que es incapaz de asumir. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas