Violencia y escuela
Por Francisco Javier Abajo Olivares (*)
Probablemente una de las cuestiones que más preocupan dentro del ámbito educativo es, sin duda, el alarmante incremento de los episodios en los que la violencia se convierte en protagonista dentro de los centros escolares, no sólo en la Argentina, sino también en Europa o Estados Unidos. Cuando leemos en los titulares de diarios y noticieros cómo un alumno hiere o mata a otro o la agresión que un docente sufre por parte de un alumno, sabemos que «algo debe cambiar».
Este incremento, sin embargo, no es casual. La violencia está en la calle, en la vida doméstica y familiar, en el ámbito económico, político y social en su conjunto. Lo que ocurre en el ámbito de la escuela no es sino un reflejo de lo que sucede en nuestras comunidades. Como grupo social, la violencia se genera y desarrolla dentro de un marco de relaciones humanas que la potencia, la permite o la tolera, dando lugar a una «violencia estructural», a menudo institucionalizada, que afecta, inevitablemente, a los individuos que se ven envueltos en su espiral.
¿De qué hablamos cuando se usa el término «violencia escolar»?
Uno de los pioneros en esta área, el noruego Dan Olweus (1983) consideraba como formas de «maltrato» o «abuso» entre alumnos, dentro de las instituciones educativas, acciones que abarcaban un amplio abanico: desde «hablar mal de alguien», el insulto, el uso de apodos ofensivos, la discriminación o la exclusión social (ignorar o no dejar participar en actividades) hasta las amenazas -con o sin armas-, esconder, romper o robar cosas y, finalmente, la agresión física directa. Comportamientos que, mantenidos en forma prolongada, convertían a algunos niños/as en víctimas de sus compañeros/as. La continuidad de estos «maltratos» hacía una importante mella en su autoestima, generando en las víctimas estados de ansiedad, miedo, frustración, depresión o ira.
El mantenimiento de estas situaciones generaba igualmente efectos altamente nocivos respecto del resto de los alumnos/as espectadores y de los propios agresores que, a menudo, veían el silencio de aquéllos -tal vez por temor a convertirse en las siguientes víctimas- como tácita aprobación.
Tenemos tan incorporadas a nuestra sociedad algunas de esas actitudes, que la violencia estructural existente hace que tan sólo alcemos nuestra voz cuando nos encontramos con el exponente máximo: la violencia física. La sociedad (la escuela, la familia, la comunidad en su conjunto) excluye y discrimina, agrede e insulta, rechaza y abandona (no solamente entre adultos, sino lo que es mucho más grave, desde el mundo adulto hacia el mundo del niño y del adolescente). A menudo, cuando estos maltratos se han convertido en cotidianos nos hacemos insensibles y no los consideramos como tales. A menudo también, cuando se producen entre aquellos a quienes deberíamos servir de ejemplo y guía, les restamos importancia y los consideramos como «cosas de chicos».
Es necesario distinguir, sin embargo, entre dos tipos de violencia. La primera (y más grave) es la violencia aprendida como pauta habitual de conducta o como método único e indiscutible para resolver nuestros conflictos. La violencia estructural enseña a usar la violencia como camino válido hacia nuestros objetivos. Un alumno que vive cotidianamente en un ámbito violento o que es víctima de maltrato, probablemente utilizará el camino de la violencia porque es el único que conoce y a su vez se convertirá en «maltratador». No podrá alejarse del «modelo» de conducta aprendido.
La segunda es la que podríamos denominar «respuesta violenta». En una sociedad altamente competitiva, poco solidaria, intolerante e incomprensiva, los niveles de ansiedad, de frustración, miedo, ira, o la falta de control emocional aumentan. La ausencia de ámbitos de contención o de un correcto «desahogo» emocional puede hacer que alumnos habitualmente «tranquilos» (a veces víctimas de malos tratos o abusos prolongados -y a menudo invisibles a los ojos de los adultos-) reaccionen de forma incomprensiblemente violenta contra sí mismos o contra otros.
Cuando el episodio de violencia se manifiesta, puede ser tarde y la vuelta atrás imposible. En oportunidades de episodios no extremos, nos limitamos a sancionar o expulsar al «agresor», sin darnos cuenta de que, probablemente, al año siguiente se repita la historia en otro establecimiento educativo. Trasladamos el problema, pero no indagamos las causas.
En ambos casos existen métodos y vías de acción. Fundamentalmente se trata de prevenir la violencia. En 1984, Kreidler planteaba el concepto de «Aula pacífica» como un ámbito que poseía las siguientes cualidades:
Cooperación: los niños y niñas aprenden a trabajar juntos y a confiar el uno en el otro, a ayudarse y a compartir.
Comunicación: aprenden a observar atentamente, a comunicarse con precisión y a escuchar con sensibilidad.
Tolerancia: aprendiendo a respetar y valorar las diferencias entre la gente y a comprender el prejuicio, cómo funciona y cómo evitarlo.
Expresión emotiva positiva: aprendiendo autocontrol y a expresar sus sentimientos, particularmente la ira y la frustración, de manera que no sean agresivas ni destructivas.
Resolución de conflictos: adquiriendo las capacidades necesarias para responder de forma creativa al conflicto, en el contexto de una comunidad que les dé apoyo y cariño.
Depende de todos nosotros conseguirlo o no.
(*) Abogado – Mediador Reg. MJN 3038.
Docente de JUSAL – Justicia Alternativa, Asociación Civil.
Proyecto Convivencia XXI – resolución de conflictos en el ámbito escolar.
(Declarado de interés por Resolución
Nº 230 CPE de Río Negro)
justiciaalternativa@hotmail.com
Probablemente una de las cuestiones que más preocupan dentro del ámbito educativo es, sin duda, el alarmante incremento de los episodios en los que la violencia se convierte en protagonista dentro de los centros escolares, no sólo en la Argentina, sino también en Europa o Estados Unidos. Cuando leemos en los titulares de diarios y noticieros cómo un alumno hiere o mata a otro o la agresión que un docente sufre por parte de un alumno, sabemos que "algo debe cambiar".
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