Volver a lo esencial
Mientras que Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner hicieron de la construcción del enemigo la base del poder casi omnímodo que lograron acumular en el transcurso de una gestión de más de doce años, el presidente Mauricio Macri insiste en que la diversidad ideológica y social es de por sí buena ya que a su juicio todos los distintos sectores deberían estar en condiciones de hacer aportes positivos al bien común. En el breve discurso que pronunció ante el Congreso al iniciar su gestión, el presidente subrayó la importancia de principios éticos que virtualmente todos dicen respetar pero que, en los años últimos, demasiados se las han arreglado para pasar por alto, subordinándolos a sus hipotéticas convicciones ideológicas. Es por tal motivo que, en la Argentina actual, palabras como “honestidad”, “sinceridad” y “transparencia” han adquirido fuertes connotaciones políticas. Al afirmarse resuelto a combatir la corrupción, librar una guerra contra los narcotraficantes, asegurar la independencia de la Justicia –dijo que en adelante no habrá “jueces macristas” o “militantes”– y garantizar la plena libertad de expresión, Macri no tuvo que mencionar nombres o aludir a episodios para que todos entendieran muy bien lo que tenía en mente. Quiere que su gestión sea radicalmente distinta de la anterior ya que ha manifestado más interés en la necesidad de encontrar soluciones pragmáticas para una multitud de problemas concretos que en intentar crear “un relato” desvinculado de lo que efectivamente ocurra en el país. Para justificar tal prioridad, criticó a los que, al aferrarse a criterios que en su opinión son propios de otras épocas, han obstaculizado el desarrollo del país. Señaló: “En el siglo pasado la sociedad privilegiaba líderes individuales, en el siglo XXI hemos entendido que las cosas salen bien cuando se arman equipos, se combinan los esfuerzos, la experiencia y el profesionalismo de muchas personas”. En términos generales, puede considerarse razonable el optimismo que claramente sienten Macri y los muchos que celebran el cambio que representa, ya que no cabe duda de que el país posee todos los recursos materiales y humanos necesarios para prosperar, pero antes de aprovecharlos tendrá que superar los problemas enormes planteados por “la herencia” que han recibido. Fiel a su relato particular, Cristina ha dejado a su sucesor una economía raquítica, sin reservas en el Banco Central, sin dinero en las arcas de muchos gobiernos provinciales y municipales para pagar los salarios y el aguinaldo de los empleados públicos, pero sí con muchas deudas abultadas a proveedores. Por profesionales que sean los equipos de Macri y de la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, en el corto plazo no les será dado encontrar soluciones indoloras para las dificultades provocadas adrede por los kirchneristas que acaban de entregarles el poder. Dadas las circunstancias, dependerán de su capacidad para generar muy pronto la confianza suficiente como para que el sector agropecuario liquide los miles de millones de dólares que retiene y comiencen a venir créditos internacionales. Huelga decir que se tratará de un intervalo sumamente complicado. Si bien parecería que muchos peronistas están dispuestos a permitirle a Macri disfrutar de la tradicional luna de miel, es evidente que la expresidenta Cristina y sus seguidores no tienen la más mínima intención de colaborar con el nuevo gobierno. Ya antes del accidentado traspaso del poder, pusieron en marcha una contraofensiva con el propósito de hundirlo lo antes posible, pero actuaron de manera tan insólitamente torpe y mezquina al negarse a colaborar durante la transición que se perjudicaron a sí mismos. Luego de asistir al sainete grotesco protagonizado por Cristina en los días finales de su gestión, muchos que votaron por Daniel Scioli –el que, dicho sea de paso, se negó a boicotear el traspaso– habrán llegado a la conclusión de que el ciclo kirchnerista sí se ha agotado de la peor manera posible, lo que debería ayudar a los equipos de Macri a sobrevivir hasta que se haya restaurado cierto orden. Es que, como saben muy bien los gobernadores e intendentes peronistas, les tocaría compartir los costos políticos del eventual fracaso del gobierno nacional, mientras que, en el caso de que tenga éxito, ellos mismos se verían beneficiados.
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