VVICENTE BATTISTA Tras las huellas del crimen

El próximo 16 el escritor presentará en General Roca su último libro, "Las huellas del crimen". En una entrevista con "Río Negro" habló del género policial, de sus autores favoritos y hasta de la música que sirve de banda sonora a su trabajo.

SUSANA YAPPERT

Vicente Battista es uno de los escritores contemporáneos más prestigiosos. Nació en la Capital Federal y escribe hace medio siglo. Su formación se inició en la biblioteca de su barrio, cuando se convirtió en un formidable lector de todo y fundamentalmente de textos clásicos. Continuó su formación en los años '60, sumergiéndose en los movimientos culturales que impactaban en su oficio. Integró la legendaria publicación «El escarabajo de oro» y fundó, junto a Mario Goloboff, la revista de «Nuevos Aires».

Battista obtuvo el premio Casa de las Américas, el Premio del Fondo Nacional de las Artes por su primer libro de cuentos («Los muertos») y el Premio Planeta 2005 por su novela «Sucesos argentinos».

Vicente vivió varios años en España, donde fue convocado como realizador de guiones cinematográficos, y donde se radicó como escritor. Regresó a la Argentina, ya encaminada a su proceso de democratización y desde entonces, intercala entre la escritura y la docencia (este año dicta un taller de narrativa del Fondo Nacional de las Artes en Roca). Hace tiempo se lo relaciona al género policial, del que es un gran cultor y experimentador, pero es mucho más expansivo y prolífico en su guarida creativa. Aun así el rótulo no es azaroso. Vicente es un formidable hacedor de relatos de género negro.

«La huella del crimen», el libro que Cántaro Narrativa acaba de publicar y que el viernes 16 presenta en Ge

neral Roca, a las 20, en Quimhue Libros (España 1471) reúne diez relatos escritos organizados en tres secciones que aluden al título del volumen de cuentos de Horacio Quiroga, «De amor, de locura y de muerte». «La huella del crimen», es el título que escogió Luis V. Varela para publicar, en 1877 lo que se considera como la primera novela policial publicada en lengua española. La versión de Battista recrea a un delicioso explorador de los recursos que da esta peculiar manera de avanzar sobre lo truculento y misterioso, que el escritor conjuga con herramientas de la literatura y hechos que nos llegan a través de los medios masivos. «El policial me interesa como fenómeno literario», dice Battista a «Río Negro» «porque el hecho policial nace con el hombre, desde Caín y Abel a esta parte».

«El primer valor esencial de las historias de detectives radica en ser la primera y única forma de literatura popular en la que se expresa cierto sentido poético de la vida modera… De esta conciencia de la gran ciudad en sí misma como algo salvaje y obvio, el relato policial es ciertamente la 'Ilíada'…».

Me hizo mucha gracia ver que te has convertido en una suerte de referente de la sección policiales de los diarios, que te consultan para que opines sobre los crímenes más famosos de los últimos tiempos. Esto es muy interesante como fenómeno. Resulta que periodistas acuden a un escritor que suele visitar el género policial para que ayude a desentrañar un crimen, para que eche luz donde todo el aparato policial y judicial ensombrecen (caso del crimen de María Marta García Belzunce). ¿Qué pasa por tu cabeza cuando esto ocurre?

Sucede que numerosos casos criminales se vinculan íntimamente con la literatura

policial. Uno de los cuentos de Poe, fundador del género, se gestó a partir de un hecho real; me refiero a «El misterio de Marie Rogêt». En ese cuento Poe, a través de su personaje el Caballero Dupin, revela quién es el criminal. Un año después de haberse publicado el cuento, la policía apresó al asesino, lo inquietante fue que el asesinato se había producido tal como Poe lo señalara en su cuento. Es cierto: suelen llamarme los periodistas cada vez que se produce un crimen notorio. También es cierto que aún no resolví ninguno.

Esto me recordó algo. Hace 20 años fui a una charla en la que estaba el dueño de un periódico muy amarillo dando cátedra a periodistas, y le pregunté por qué creía que tenía tanto éxito su producto y me respondió que tenía un secreto: «Leí todos, absolutamente todos los cuentos y novelas policiales ingleses». Me quedé frita con la repuesta. Cuando leí tu último libro, y una entrevista que te hicieron en «Página/12», recordé eso y me pregunté en qué medida como escritor del género policial estás cruzado por el lenguaje de los medios y la actualidad. Escribís historias del presente, que cualquier argentino adivinaría que son realistas, puesto que describen una realidad en la que estamos inmersos y, por otra parte, son muy urbanas. ¿Sentís que esto es así?

Por más que tu relato se desarrolle en un tiempo y en un territorio ajeno a tu tiempo y a tu entorno, no podés quitarte de encima una y otra cosa; es decir: tu realidad actual. Está bien y es sano que suceda así. Tal vez por eso, en mis cuentos y en mis no

velas (policiales o no) no me demoro en describir el entorno en que se mueven los personajes, dejo que eso surja del accionar de esos personajes. En definitiva, ellos hablan por mí.

Este cruce también aparece si pienso en la genealogía del género policial en la Argentina. Nace un poco como historias seriales y más como relato de enigma que se publicaban en los primeros periódicos, luego atraviesan revistas literarias y más tarde van a molde de libro para luego ser retomado por diarios en la 'non fiction' e investigaciones periodísticas y la tevé, que explota sus condimentos desde los noticieros hasta los seriales como «Mujeres asesinas».

Es cierto, pero ese recorrido no es privativo de la Argentina. Basta con recordar «A sangre fría», esa formidable novela de Truman Capote.

Las revistas fueron un genial envase de literatura en nuestro país, son parte de una generación en la que fue inevitable hibridar literatura y política. ¿Cómo fue tu experiencia al respecto?

Toda mi formación como escritor la realicé durante los largos y felices años que integré la revista «El escarabajo de oro». Con Abelardo Castillo y con Liliana Heker nos encontrábamos casi todos los días y, claro está, el leer y escribir (lo que estábamos leyendo, lo que estábamos escribiendo) era de cita obligada. Por otra parte, invariablemente los viernes por la noche se llevaban a cabo las reuniones en el café Tortoni. Mis primeros cuentos los leí en esas reuniones y los publiqué en «El escarabajo de oro». Ahora, con varios libros editados, persisto en la provechosa costumbre de encontrarme con otros escritores: desde hace algunos años soy parte de una tertulia que todos los sábados a la tarde realizamos en la casa de Horacio Salas. La bautizamos «Siestáculo». Allí, acompañados de café y facturas, leemos nuestros originales y los discutimos larga y sanamente.

¿Crees como Rodolfo Walsh en su «Antología de relatos policiales» (Diez Cuentos Policiales Argentinos, 1953) que Borges y Bioy inauguran el género en estas playas?

Entiendo que cuando Walsh escribe esa frase en aquella antología se equivoca de cabo a rabo. La literatura policial argentina se gesta mucho antes de Borges y de Bioy. Basta con recordar el nombre de mi último libro. «La huella del crimen», se llama y evoca al título de la primera novela policial que se publicó en lengua española. Me refiero a la novela de Raúl Waleis (seudónimo de Luis V. Varela), editada en la Argentina en 1877. Eduardo Gutiérrez, Fray Mocho, Eduardo L. Holmberg, Paul Groussac, Vicente Rossi y Horacio Quiroga publicaron cuentos policiales mucho antes de que lo hicieran Borges y Bioy.

¿Qué cosas nutren tu escritura?

Cualquier hecho, aún el más insólito, puede ser el disparador de un relato. Buen

material (y no sólo para policiales) se encuentra en las noticias policiales de los periódicos. Sucede que el asunto criminal coloca a la víctima, al victimario y a los testigos en situaciones límites, y de esas situaciones precisamente suele nutrirse la gran literatura.

Yo no tengo claro por qué me atraen los mundos sórdidos como materia prima de la escritura ¿Vos sí?

Tampoco yo lo tengo muy claro, pero esa sordidez ya la enfrentamos en los clásicos cuentos infantiles. Allá está Caperucita devorada por el lobo, Blancanieves sentenciada a muerte por su madrastra o Cenicienta humillada por su madre y sus hermanas. Es cierto que luego el final es feliz, ¿pero qué hacés con la sordidez que has recogido a lo largo del cuento?

¿Qué escritores te educaron en especial?

Todos los escritores que lees, para bien o para mal, te educan. Pero hay ciertos escritores que además te enseñan a escribir o, al menos, te alientan a escribir. Esto no es fácil de explicar. Es algo que a mí me sucede, simplemente. Te podría hablar de los escritores que admiro, pero como soy generoso a la hora de admirar, la lista sería vastísima. Hay escritores a los que releo sin descanso y que me brindan algo nuevo cada vez que entro en sus páginas. Kafka y Borges son dos de esos escritores.

Suelen preguntar a los escritores cómo empezaron a escribir pero a mi me interesa más preguntarte cómo lo hacés ahora, y cómo fue ser un escritor en dos países, que es casi como decir en dos vidas.

Ahora escribo como escribí siempre: sin un horario determinado, puede ser a cualquier hora del día o de la noche, porque yo mismo para las otras cosas del diario vivir tampoco tengo un horario determinado. En el momento de escribir, cargo mi pipa, busco música de Mozart, Vivaldi o Bach, también jazz: Miles Davis, Coltrane, Charlie Haden, entre otros y, en algunos casos, acudo a las óperas. Me ubico frente a la pantalla de la computadora y el resto corre por mi absoluta cuenta. Es cierto, a lo largo de once años viví en España, pero me empeñé en que no se me pegara el acento o el modo castizo. No es fácil escribir en un país que habla tu lengua, pero la pronuncia de otro modo. Corrés peligro de trasladar ese acento a tu literatura. Un conflicto que tuve en cuenta cuando escribí «Siroco». La novela sucede en las Islas Canarias, con personajes canarios y catalanes. Siendo yo argentino, ¿desde dónde y de qué modo la contaba? La solución surgió de inmediato, estaría contada por su personaje principal, que era argentino y, por consiguiente, hablaba con acento argentino.

Pienso que quedó un interesante y sutil juego idiomático: hay palabras que están escritas en modo argentino y en modo español, según quien las diga: sudamericano y suramericano, por ejemplo. Pero todo eso dejó de importar cuando la novela se publicó en Francia, en la traducción al francés se perdieron esas sutilezas.


SUSANA YAPPERT

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