Hablemos de Néstor

15 nov 2016 - 00:00
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Acaba de publicarse en la editorial Siglo XXI el libro “Kirchner, el tipo que la vio”, del periodista Mario Wainfeld. De algún modo completa (con éxito de ventas) una serie de crónicas en base a la irrupción vertiginosa de la figura de Kirchner hace poco más de trece años. En ese 2003, incluso antes de las elecciones, se publicó un libro hoy ya esencial y excepcional: “Después del derrumbe. Teoría y práctica política en la Argentina que viene”, unos diálogos entre Néstor Kirchner y Torcuato Di Tella publicados por editorial Galerna. Torcuato lúcidamente fungía junto a Miguel Bonasso o Nicolás Casullo como adelantados traductores de ese político venido del sur. Años después llegaría otro libro imprescindible de Walter Curia, “El último peronista”, una biografía política sobre Kirchner que intentaba responder en el 2006 “¿quién fue Néstor Kirchner?”, es decir, ¿qué clase de político había llegado al poder casi de carambola?

Kirchner supo ser, a vuelo de pájaro, un gobernador del Partido Justicialista, cercano a Menem sin ser un fanático en la primera presidencia; luego un crítico abierto durante el segundo gobierno y promotor casi en soledad de la candidatura de Duhalde, la que prefiguraba para su Grupo Calafate la vuelta a un peronismo social más clásico. Kirchner entendía en Duhalde un buen antecedente para su propia proyección nacional. También, por qué negarlo, tuvo entendimiento, incluso electoral a través de aliados, con Cavallo (Béliz y Alberto Fernández). De fondo, la disciplina fiscal de su provincia tenía en Cavallo un interlocutor áspero, intenso y respetuoso. En un pasaje del libro de Curia hay un perfil esclarecedor: “El principio organizador de Kirchner es el dinero. Es ampliamente reconocida su disciplina fiscal, una rareza en los gobernantes en la Argentina, por lo general poco interesados en la recaudación de impuestos y su inclinación por atesorar. La creación de distintos fondos fiduciarios, que escapan al control legislativo, le ha permitido la posibilidad de obtener financiamiento a bajo costo”.

Era un caudillo provincial moderno, como casi todos los gobernadores peronistas –sobre todo los de las provincias chicas– con una visión más progresista de lo nacional, hecho que se puede rastrear en cientos de declaraciones. Y había sido en los 70 un joven militante de la Tendencia en la convulsionada ciudad de La Plata. Se trata de una biografía “gris” o, en todo caso, una biografía política sin los sobresaltos protagónicos como la de Menem o Cafiero. Sin embargo, su historia de político “común” hizo que su llegada al poder nacional fuera rodeada por la incógnita: nadie sabía mucho quién era. Esta supuesta previsibilidad tranquilizadora pronto fue desmentida: el supuesto “chirolita” de Duhalde restauró el sistema político bajo patrones inéditos.

Pero esa figura que construyó en su mandato quiso ser “empatada”. Tras su muerte, sumada al desgaste del segundo gobierno de Cristina y la derrota electoral del FpV, se amplificaron las versiones de un “Kirchner corrupto” que compite cuerpo a cuerpo con su mistificación militante. La que podríamos llamar “operación Lanata” asedió los claroscuros y la acumulación originaria de su proyecto político, como también al cumplimiento de la regla de oro del antiperonismo: colocar al kirchnerismo como “simulación”. ¿Qué quiere decir esto? Que Kirchner o el kirchnerismo (como siempre se dijo de Perón y el peronismo) no fueron ni son nada de lo que “dicen ser”, todo en ellos fue simulación. “¿Progresistas? Fue su máscara para robar”, y así se modula ese razonamiento en su máxima expresión.

Kirchner presidente fue un político al límite. Estaba en la frontera entre política y sociedad civil. Kirchner tenía un tic antipolítico, desconfiado y picante, por ejemplo, sólo permitía que traspasaran su custodia en los actos exclusivamente los noteros de CQC. Kirchner trataba de incorporar a sus filas organismos de derechos humanos, movimientos sociales, sindicalistas, dirigentes progresistas, es decir, quería que la sociedad civil llenara el vacío interno de la política. La política estaba vacía. De allí que sus primeros años, como en el acto en la ESMA, produjera las tensiones multiétnicas entre organismos, progresismos y gobernadores peronistas. Kirchner puso el peronismo al límite. Mario Wainfeld, en su libro, bucea en los experimentos políticos de ese Kirchner que separa la paja del trigo: el peronismo del PJ, la política de Clarín, la sociedad del mercado. Wainfeld destaca un Kirchner que se quiere parecer más a esa sociedad metropolitana que gobierna tras su crisis. Y que por momentos le encuentra más la vuelta a la economía que al sistema político. ¿Cómo reconstruir las fuerzas políticas? ¿Con transversalidad, con Concertación Plural, con la presidencia del partido? ¿Qué hacer con el peronismo? ¿Destruirlo, superarlo, refugiarse en él? Todo eso intentó, pudo y deshizo. Era más fácil situar el “plebeyismo” de Milagro Sala que a Reutemann o Scioli. Pero pese a sus desórdenes y estilo energúmeno, Kirchner quiso ordenar la sociedad argentina, ordenar su plaza, su 2001, su estallido con la promoción reguladora del conflicto. Para Kirchner no había que “apagar” el conflicto social sino conducirlo, regularlo, producirlo, desempatarlo. Había que llevar el 2001 a un destino, darle una interpretación definitiva a la crisis, reescribirla. Una solución progresista para los problemas argentinos. ¿Y cómo se hacía con un Scioli o un Cobos ahí? Con representación. Forzando el lugar de los políticos. Con militancia para adentro y oferta electoral hacia afuera. Su gobierno tuvo tanto de reformismo como de restauración: volvió el conflicto a la política y la política a la clase política. La democracia empieza y termina en los votos. Votan todos: las minorías militantes y las mayorías silenciosas. Se vota con el corazón y con el bolsillo. Vota el progresista y el burgués asustado del mismo edificio. Kirchner viajó al ojo de la tormenta, es cierto, cuando Duhalde incluso ya la había moderado bastante. Pero su estilo de superpolítico de la crisis es constitutivo de su mito y del hecho mismo de que nadie sepa cómo separar al político del recaudador, lo privado de lo público. Un país con la mitad de la población pobre y al borde de la pérdida de su unidad monetaria fue el resultado del Consenso de Washington en la Argentina. Algo de su desmesura reconstruyó las bases del contrato social casi roto. Por eso tienen una deuda con él incluso los que lo desprecian.

Era un caudillo local moderno, como casi todos los gobernadores peronistas –sobre todo de provincias chicas– con una visión más progresista de lo nacional.
Tras su muerte, sumada al desgaste del segundo gobierno de CFK y la derrota, se amplificaron las versiones de un “Kirchner corrupto” que compite con su mistificación militante.

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