Todo cambia, todo

14 ene 2017 - 00:00
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La tecnología cambia todo, no sólo la forma en que hacemos una tarea, sino también el sentido que eso tenía y todo el contexto sociocultural que lo contenía. Por ejemplo, la aparición del lavarropas y de los pañales descartables: no sólo se hizo más fácil cambiar a los niños, sino que permitió liberar muchas horas diarias que antes se dedicaban a eso. Y esa liberación trae aparejados muchos cambios en las conductas y en las relaciones sociales de la gente implicada en la antigua tarea: las mujeres (que mayoritariamente o exclusivamente eran las que realizaban el lavado a mano) comienzan a tener más tiempo disponible para hacer otras cosas.

El cambio sociocultural es tan radical (o más) que el cambio técnico, pero suele ser invisible. Cada vez que un experto habla de la innovación técnica se centra en cómo la nueva tecnología facilitará una tarea, pero no ve que eso también cambiará a las personas y las relaciones entre las personas. Habla, el experto en innovación, de una tecnología del siglo XXI pero imagina a la gente y a las instituciones como si siguieran siendo exactamente iguales que en el siglo XIX.

Gracias a los cambios técnicos y culturales las mujeres cada vez están más cerca de lograr la igualdad económica. Pero eso no es un mero acto de justicia y un cambio técnico más. Posiblemente terminará con la pareja heterosexual tal como se la conoció en los últimos dos siglos (los únicos en los que existió esta forma de relación). Eso, a su vez, impactará en la forma en que se engendrarán los niños. Y en la forma en la que se los criará.

Como dice Borges: “Antes las distancias eran mayores porque el espacio se mide por el tiempo”. Es decir que pasar de la diligencia al tren y del tren al avión no sólo acorta el tiempo de viaje, sino que produce una nueva percepción del espacio. Cuando Sarmiento viajó a los Estados Unidos, a mediados del siglo XIX, ese era un viaje excepcional. Además de costar una fortuna, llevaba varias semanas de transporte marítimo. Eso, a su vez, requería cargar con varios baúles, llenos de ropa y todo tipo de enseres que no se iban a poder conseguir durante semanas. Hoy un empresario puede ir a cerrar un negocio a Nueva York un lunes y volver a su empresa argentina el miércoles, y sólo portar un bolso que contiene un par de mudas de ropa interior.

Toda tecnología de alto impacto termina modificando más a las personas de lo que podemos ver a primera vista. La aceleración del tiempo que se produjo con la masificación de internet y de la tecnología móvil produce efectos en las relaciones interpersonales que no suelen ser tenidas en cuenta cuando se habla del mero uso de la tecnología. Por ejemplo, las relaciones afectivas. La publicidad telefónica dice que ahora es más fácil mantenerse en contacto con un ser querido que vive lejos, pero lo que no dice es que ahora tendemos a estar cada vez más lejos de los seres queridos, gracias a las nuevas tecnologías.

Mis abuelos nacieron en la década de 1880 y murieron en la de 1970. Cuando nacieron no había electricidad ni teléfonos ni automóviles en la Argentina. Estuvieron casados más de 60 años y sólo los separó la muerte. Ni un solo día estuvieron distantes. Mientras mi abuelo trabajaba fuera del hogar, mi abuela criaba a los nueve hijos que habían engendrado. Sin lavarropas, sin cocina a gas, ni aire acondicionado.

No necesitaban tener un celular para mandarse mensajes: estaban todo el tiempo disponibles para el otro. Eso en las grandes comunidades urbanas contemporáneas es inimaginable (y, quizá, indeseable). Las tecnologías de la comunicación no sólo nos permiten entablar diálogos desde una punta a la otra del planeta: nos acostumbraron a vivir físicamente solos.

Vivimos rodeados de personas que no conocemos y a las que conocemos las contactamos por intermedio de un dispositivo. Cada vez son más raros (y en el futuro, tal vez, sean nulos) los contactos físicos interpersonales. Entre la muerte de mis abuelos y nuestra cotidianeidad han pasado apenas 40 años, pero la experiencia existencial que ellos tuvieron es casi incomprensible para alguien que hoy tiene menos de 20 años.

La innovación no cambia sólo lo técnico, cambia fundamentalmente la experiencia antropológica. El auto sin conductor no será mejor y más seguro para “llevar los chicos al colegio”, como dicen los expertos en innovación: quizá no haya chicos que llevar al colegio (tener hijos posiblemente pase a ser una experiencia minoritaria en lo que hoy llamamos clase media) y, tal vez, no haya colegio dentro de pocos años.

Mientras más miramos pantallas menos cerca vivimos de los cuerpos de los demás humanos. Todo es intensamente veloz. La experiencia ya no existe o, si sucede, dura nada. Vemos la foto de un niño sirio muerto en una playa y lloramos durante un día, y al siguiente nadie en todo el planeta recuerda el nombre del pequeño que se ahogó en el Mediterráneo.

Nos leemos en Twitter. Nos buscamos en Tinder. Pero ya no nos abrazamos.

Cada vez que un experto habla de la innovación técnica se centra en cómo la tecnología facilitará una tarea, pero no ve que eso también cambiará a las personas.
La aceleración del tiempo que se produjo con la masificación de internet produce efectos en las relaciones entre las personas que no suelen ser tenidas en cuenta.

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