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El ruido eléctrico de las esquiladoras rebota en las chapas del galpón y se funde con el del viento y el balido de las ovejas que esperan en el corral.

Lo que se oye desde la loma compite con la mejor vista: mallines cortados por mesetas en el campo “Don Horacio” de Rucu Luan, al sur de Maquinchao, cerca del límite con Chubut.

Es la última parada para la comparsa de Adolfo Alonso, que salió hace un mes desde Valcheta con sus 14 integrantes, se movilizan en una combi y un Chevrolet 350. Allí llevan el material necesario para la campaña.

La División del Trabajo
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Ellos son: Lucio Fernández, Ciriaco Rapiman, Oscar Huenchupan, Martín Yanquitru (Los Menucos) Segundino López, Daniel Huenteleo y Juan Queupan.


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El playero es Bruno Alfaro


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Los dos meseros son Javier Pereyra y Marcelo Alonso.


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Su nombre es Miguel Pichipil.


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Su nombre es Sergio Marileo.


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Adolfo Alonso

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Èl es Edgardo Peinepil.


Por afuera, antes del amanecer, el campo se llena de acción y polvo. Cinco peones y dos perros arriman la punta de lanares.

El ganadero entrega a la comparsa sus ovejas encerradas y recibe luego la lana seleccionada y enfardada, a cambio del pago convenido.

Cada esquilador cobra 10 pesos por vellón de oveja y puede juntar entre 1.000 y 1.500 pesos por día. Una suma que tienta cuando el empleo se achica, caen las changas y la obra pública en los parajes

La esquila es una forma de trabajo centenaria, que demanda mucho esfuerzo y sincronización

“Salimos a buscar el mango y hoy lo encontramos en Maquinchao”, explica Adolfo.

En el campo “Don Horacio” esquilaron 5.000 ovejas, el mayor número, pero antes estuvieron 5 días varados en otro más chico porque los frenó la nieve.

El plantel se divide entre “veteranos” -más de 50 años- y los jóvenes. Reina el compañerismo y si hay que cortar leña para el cocinero nunca faltan brazos. Si alguno se reniega y no se adapta, no hay muchas vueltas: “se las tiene que picar”, explican.

Todos subieron en Valcheta con sus “monos” -colchones- al camión. Verlos llegar e instalarse en los campos es todo un acontecimiento.

En Rucu Luan, los “veteranos” eligieron para dormir un pequeño galpón sin puerta, con vista al mallín. Segundino López, que ha esquilado en Santa Cruz en otras campañas, cuenta que “a veces no nos dan lugar y dormimos afuera. Ahí te armas una carpita con lona y cuando despertás ves que está blanca por la helada”.

Aquí las noticias de las ciudades entran por la radio del cocinero. Junto al fogón tienen sus mateadas. Y el ambiente lo pone alguna milonga áspera de Saúl Huenchul o las cumbias que tira el celular de Bruno, “el playerito”.

La desconexión con sus familias es total, hasta que pasan por algún pueblo donde hay señal y envían mensajes desde el móvil.

En el último campo la tarea fue pesada con la esquila de preparto. Las ovejas rondaban los 45 kilos y cargadas con 5 de lana.

Para que el cuerpo aguante, la jornada se divide en cuatro turnos de 2.15 horas, con paradas para comer y reponer energías.

Cuando esquilan están doblados y hacen fuerza con las rodillas para sujetar al animal. Si la postura es mala, la cintura sufre.

En el método Tally-Hi la oveja no se manea, se esquila suelta y en posiciones más cómodas, para que no patee y el esquilador se canse menos, ya que se endereza para buscar al animal.

“Ahora apareció una técnica nueva pero no me conviene”, rezonga un poco José Lucio Fernández. Tiene 52 años y media vida en la esquila. Cree que ya no podrá adaptarse.


En números
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“Con los monos a otra parte”, con o sin techo

Como circos ambulantes, los esquiladores recorren los campos montando y desarmando sus enseres, en una rutina que los llevará a convivir por dos o tres meses.

En camiones, combis o colectivos, las comparsas se desplazan con su arsenal de máquinas y enseres a cuesta, cruzando rutas y caminos maltrechos para cumplir su tarea.

Nunca mejor utilizada la frase “con los monos a otra parte” ¿Que son los monos? pregunta el periodista. “Los monos son el el colchón y las cuatro o cinco frazadas que lleva cada uno. Depende de lo friolenta que sea la persona”, acotan.

Más de una vez toca dormir a la intemperie, porque en el campo no había lugar con techo.

La comparsa de Adolfo Alonso llegó un martes a las 5 de la tarde en un camión Chevrolet rojo y un furgón Transit.

En una hora bajaron y armaron todo. Prepararon las siete manijas con sus respectivas tijeras y acomodaron sus bártulos. Los más jóvenes en el galpón de esquila, los veteranos en un galpón sin puertas, dos en el camión y el cocinero solo en el quincho, con su radio a pilas. Este lugar con su gran fogón los convocará en los momentos de descanso. A las 6 de la mañana para los mates y a las 9 el desayuno con churrasco. Al mediodía el almuerzo, a media tarde la merienda y a las ocho la cena.

Toda las comidas son a base de carne de capón ya que en el desayuno y la merienda se sirven los trozos recalentados en la parrilla, con galleta seca y mate cocido o café.

Día por medio, don Peinepil los premia con el renombrado “puchero de esquila”, hecho con espinazo de capón, papas, zapallo, cebollas y fideos.

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