La producción artesanal de ladrillos se achicó un 50%

Parate en la construcción, caída en las ventas y aumento de los costos son las razones que contabilizan en la Colonia 12 de Octubre de Allen. Hay campamentos vacíos y trabajadores que volvieron al oficio de albañil. Pedirán ayuda al gobierno provincial.

14 nov 2017 - 00:00
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La producción ladrillera artesanal cayó un 50% con respecto a las últimas temporadas. Así lo aseguran los horneros de la Colonia 12 de Octubre de Allen, que ven un panorama muy oscuro para la actividad. Algunos abandonaron los campamentos y ante la falta de rentabilidad buscaron otros horizontes para ganarse la vida.

En la Colonia 12 de Octubre de Allen, la zona ladrillera más importante de Río Negro controlada por la comunidad boliviana, se respira desánimo y preocupación. Los últimos tres años golpearon fuertemente a la actividad y por diferentes factores las ventas y la producción se desmoronaron.

En uno de los campamentos ladrilleros suena una cumbia boliviana de fondo mientras cuatro obreros cortan los ladrillos y acarrean el barro de un pisadero. La temporada comenzó en septiembre y hasta ahora cortaron la mitad de los ladrillos que en la anterior, justamente porque la mano de obra se redujo notablemente.

“Estamos pasando el peor momento. La venta de ladrillos bajó aproximadamente un 60%. Y tengo menos gente trabajando. Hay menos construcción y dinero circulando. Todo el que viene acá quiere plata. Antes el aserrín lo cambiabas por ladrillos y ahora quieren efectivo”, contó Javier Solís, uno de los horneros “medianos” de la Colonia 12 de Octubre.

Los obreros bolivianos que cada temporada llegaban a la zona para trabajar en la actividad ladrillera, ya no vienen porque el cambio de la moneda no les conviene. Y antes de atravesar el país y enfrentar un viaje tan largo, prefieren quedarse en el norte cortando ladrillos.

La caída en las ventas no es el único factor que afectó a la actividad. “La tierra que usamos para armar los pisaderos, que no tenemos otra opción de comprársela a una sola persona, también aumentó demasiado. Antes salían de la Colonia 10 equipos por día de ladrillos y hoy si salen tres o cuatro chasis es mucho”, dijo Solís. Sólo para armar un pisadero y sin contar el costo de la mano de obra, los horneros deben pagar 20.000 pesos de tierra (limo), 15.000 pesos de aserrín, 15.000 pesos de leña y otros 2.500 pesos de arena.

“Ya no se puede seguir trabajando así. Hoy por cada hornalla le está quedando al hornero nada más que 10.000 pesos, con todo el capital que ponemos como los tractores y los montacargas. Así esto no sirve y si no cambia la cosa, se va a parar. Ya hay algunos horneros que abandonaron los campamentos y se están dedicando a otra cosa”, agregó Solís.

Hacia adentro de Árbol Río Negro, la asociación que agrupa a los dueños de los hornos, la preocupación por el bajón de la actividad va calando cada vez más profundo. Como una alternativa para abaratar costos y enfrentar la crisis, pensaron en pedir el acompañamiento del gobierno provincial para que se les conceda una cantera fiscal de donde puedan extraer el limo. Hoy ese negocio está monopolizado, en manos de un productor minero local que aumentó el valor del material de 16.000 pesos a 20.000 para esta temporada.

“Ojalá que alguien nos escuche y por lo menos nos den una mano con la tierra para poder seguir peleándola. Así como estamos vamos camino a morirnos. Y esto afecta a todos, al hornero chico, al mediano y al grande”, concluyó Solís.

El presidente de la asociación dejó el rubro

Víctor Flores es uno de los horneros “caídos” por el parate de la construcción, la caída en las ventas y el aumento de los costos. Y no es uno más, porque Flores es –justamente– el presidente de la asociación de ladrilleros.

Esta temporada ya no lo encuentra moviendo la rueda con el tractor para armar los pisaderos, sino que volvió a su viejo oficio, el de albañil. Abandonó un campamento, el otro que tiene lo alquiló y ahora trabaja para una empresa constructora, como empleado.

Con la cuchara y el fratacho en mano, un albañil puede llegar a ganar en una empresa unos 7.500 pesos por quincena. Entonces, en la balanza de Flores pesaron los números y ante la crisis que lo puso contra la espada y la pared, no lo quedó otra que retomar su oficio en la construcción.

“Para trabajar por 10.000 pesos, que es lo que le queda al dueño del horno por cada hornalla, no valía la pena. Ya no da ni para vivir el ladrillo. Uno puede trabajar pero si te sale mal (por los riegos que corre la elaboración por ejemplo cuando el clima afecta o falla la quema), el trabajo termina siendo en vano”, señaló Flores.

Algunos de los horneros que se fueron del ladrillo o que están pensando en tomar esa decisión, ven a la horticultura como una de las posibilidades de dar el salto hacia otra actividad. Otros ponen la mira en la venta de ropa para mutar. “La materia prima y la mano de obra siguen subiendo y nosotros no hemos podido levantar el precio del ladrillo en los últimos tres años. Muchos compatriotas míos, de Bolivia, ya dejaron los campamentos”, aseguró Flores.

Precios
2.400
pesos es el valor de los 1.000 ladrillones producidos en la zona de Allen.
Allen

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