Peligro: hay cientos de pozos petroleros descuidados

Son 3.000 los que están inactivos en Neuquén y Río Negro y muchos de ellos deberían ser sellados por la amenaza para la seguridad y el medio ambiente. Varios están en zonas pobladas y no pocos permanecen ocultos. Las excusas para no clausurarlos como exigen las normas. Te mostramos perforaciones en condiciones deplorables.

05 abr 2016 - 00:00
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La explosión estremeció a todos. Era un sábado de abril de 2001. Dentro del salón de usos múltiples de la Escuela 731 se hacía un curso de capacitación docente. Metros más allá, en el patio, chicos de 4º y 5º se divertían con un torneo de fútbol. Las escenas fueron desgarradoras: hubo 17 quemados y golpeados. Tiempo después, se supo que debajo de la cocina de la escuela había un viejo pozo gasífero que nunca había sido sellado.

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Apenas un año después, en mayo de 2002, el olor a gas se había vuelto insoportable en las aulas y galerías de la Escuela 169. Esa vez reaccionaron antes del estallido. Los 400 alumnos de tres ciclos de la EGB y los chiquitos del jardín, que también funcionaba allí, fueron llevados a otro edificio. Supieron luego que el establecimiento estaba construido encima de dos pozos que habían dejado de producir petróleo 20 años antes.

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¿Está exenta nuestra región de reproducir los dramáticos hechos que conmovieron a Comodoro Rivadavia, a partir de los cuales se reveló la existencia de pozos sin sellar también debajo de una estación de servicios, del edificio de la Universidad Nacional de la Patagonia, del estadio municipal, de la alcaidía policial... de plazas y casas?

No. No está exenta.

En nuestra zona hay casi 3.000 pozos inactivos que representan un riesgo potencial para el medio ambiente. Y también para la seguridad de algunos pobladores. Son 2.270 en Neuquén (1.392 fuera del ejido urbano y 878 dentro de zonas pobladas). En Río Negro son 669. Las cifras las obtuvo “Río Negro” tras requerírselas a los gobiernos respectivos.

Se trata de perforaciones convencionales desatendidas o desmanteladas, sea porque dejaron de producir o porque no se les halló rendimiento. Algunas duermen el sueño de los justos desde hace décadas. Muchas están bajo tierra sin que se sepa exactamente dónde. Otras exhiben válvulas oxidadas y corroídas. Están las que directamente no las tienen. ¿Y los caños interiores? Quién sabe en qué estado están.

Cada pozo inactivo es una bomba de tiempo. Si no está responsablemente sellado, se convierte en una amenaza para el aire, el suelo y el agua, y para la vida misma del ser humano:

• Puede liberar niveles altos de metano que contaminan el medio ambiente.

• En un caso extremo, y en un radio urbano, esas emanaciones de gases pueden provocar una catástrofe como la que embrionariamente se experimentó en Chubut.

• Los residuos hidrocarburíferos pueden filtrarse por las fisuras (mala integridad) de un caño agotado y así contaminar nuestros acuíferos.

• La corrosión también puede provocar surgencias de gas, de hidrocarburos livianos o aguas salobres en superficie, que deterioran el suelo y pueden entrar en contacto con el hombre común o llegar a cauces de agua cercanos.

• El desgaste y roturas de válvulas quitan garantías frente a la presión del gas.

Cuando se adquirió conciencia de todos estos peligros, el Estado Nacional y la Provincia del Neuquén decidieron imponer normas. Éstas obligan a las empresas productoras de hidrocarburos a “abandonar” pozos, es decir, sellarlos con buen cemento y tapón, bajo rigurosas condiciones técnicas. También les exige que informen los 31 de enero de cada año cuántos son los pozos que van a abandonar y cuánto tiempo piensan mantener inactivas perforaciones que imaginan con chances de ser revividas.

¿Informan? Sí, con alguna laxitud. ¿“Abandonan”? Hay bastante reticencia.

La cuestión no es sólo sellar pozos inactivos. Hay que hacerlo como es debido. Y dejarlos sellados bajo inapelables garantías de seguridad (ver aparte) tiene un costo importante que no todas las empresas están dispuestas a asumir: entre 80.000 y 500.000 dólares por unidad, dependiendo de la complejidad de la operación y de los inconvenientes que encuentren en las profundidades. Incluso puede llegar a un millón de dólares si hablamos de un pozo descontrolado por un derrame de gas, por ejemplo.

Sea como fuere, no sólo la ley sino el sentido común indica que es preferible hacer el procedimiento de abandono lo antes posible para evitar situaciones extremas que, de milagro, aún no hemos vivido.

El verdadero peligro

Hay que prestar mucha atención a la cifra de los pozos inactivos, sobre todo aquellos que están dentro del ejido urbano, porque éstos representan el verdadero peligro.

Los 3.000 que mencionábamos son sólo los declarados. Hay que tener en cuenta que existen, además, pozos desactivados hace muchos años cuya calidad interior es desconocida. Es más, ni siquiera se sabe dónde están, pues la tierra o la maleza los invisibilizaron (en Estados Unidos los llaman “pozos huérfanos”). Tengamos en cuenta que la actividad petrolera en la región supera el siglo, de modo que a lo largo de tantas décadas de indulto en las responsabilidades, hubo siembra a granel de perforaciones, en especial en el Octógono Fiscal de Plaza Huincul. No hace mucho se detectaron pozos de la década del 30 que permanecían mal sellados en el paraje rionegrino de Ñirihuau Arriba.

De modo que pozos que datan a partir de 1925 suelen tener tapones insuficientes, si los tienen.

Puede ocurrir que algunos de esos pozos invisibles están dentro de un yacimiento que una operadora adquirió sin conocer siquiera que existían. O la empresa pudo recibir de legado excavaciones demasiado antiguas cuya documentación se extravió. Es un pasivo ambiental sobre el cual tal operadora, de todos modos, no puede hacerse la distraída.

“Río Negro” realizó junto a un experto de la industria petrolera una recorrida por lugares de la región donde se documentó la existencia de pozos a merced de la providencia. Son perforaciones inactivas sin el obligado procedimiento de abandono. Las que más preocupan son aquellas que están cercanas a barrios poblados y ríos.

El paisaje es temerario: caños “pelados” (sin tapón ni un mínimo perímetro de seguridad), cuplas corroídas, válvulas oxidadas, y pozos obstruidos por piedras, basura y tierra que han acumulado presión y cuyo gas es necesario liberar.

Ahora bien, eso es lo que se ve arriba, en la superficie. ¿Y en las profundidades?

Bajo tierra, puede haber sorpresas más comprometidas. Hablamos concretamente de una seria amenaza para los acuíferos.

La llamarada en la canilla

En “Gasland”, un documental estadounidense producido por Josh Fox, hay una imagen fuerte: una mujer de Colorado enciende un fósforo cuando salía el agua de la canilla de su casa y el gas natural disuelto genera una llamarada. El Departamento de Recursos Naturales de ese Estado llegó a la conclusión de que el gas natural en su suministro de agua derivaba de recursos naturales: el pozo de agua penetró varias capas de carbón, que liberó el metano.

La película apunta a cuestionar seriamente el proceso de fracking. Pero parece más probable que los riesgos de filtración se den con pozos convencionales antiguos o mal sellados que con las perforaciones para extracción de hidrocarburo no convencional, sometidas hoy a controles más exhaustivos.

No debería tomarse en solfa la posibilidad de que en la región ocurra una situación similar a la del documental.

No sólo hay pozos antiguos, algunos detectados otros no, algunos “abandonados” otros sin sellar, y no pocos mal cementados, que seguramente tienen problemas de “integridad”, es decir con el caño corroído en uno o más niveles de profundidad.

También están los pozos inyectores y los sumideros que podrían presentar riesgos.

¿Qué son estos pozos? Los inyectores son aquellos en los que se introduce agua –con alta salinidad mezclada con agua más dulce– para buscar recuperar presión en el reservorio y barrer el porcentaje de petróleo a extraer que queda en el yacimiento (una recuperación secundaria). Los sumideros son como basureros subterráneos, donde va todo el desecho de producción: agua más contaminada, rezagos del yacimiento o fluidos de descarte no tratados, potencialmente más peligrosos por su alta composición de metales pesados porque son más contaminantes y, por ende, corrosivos.

Es decir, hablamos de lo mismo: la corrosión (mucho más acelerada que en el proceso de producción) y la probable filtración de fluidos a las partes medias del pozo donde se sitúa el acuífero patagónico. Y ese acuífero –que está de 50 a 600 metros de profundidad– tiene niveles de salinidad muy variable que van desde el agua apta para el consumo humano hasta la llamada agua “utilizable” y que tiene hasta 3.000 partes por millón de sal, y sin contaminantes naturales o inducidos (utilizada para el consumo de animales o para el riego de cierta variedad de plantas).

Las sorpresas de

las profundidades

Describamos entonces ese interior tan misterioso.

El ingreso vertical a las profundidades es entubado hasta el objetivo final con un caño guía (que se exige cada vez más largo para que supere el nivel de los acuíferos) y uno o más caños interiores.

Este sistema de conducto es llamado “casing” en la industria petrolera. Tales caños son cementados para que se adhieran a las paredes de los pozos.

Con el tiempo, los ácidos inyectados, los gases corrosivos presentes o generados, las bacterias o el agua con alto contenido de sal carcomen el caño “metálico”, proceso que se ve favorecido por las altas temperatura del fondo y la eventual presencia de oxígeno.

El caño carcomido favorece la liberación de hidrocarburo o gas. En este último caso puede ocurrir que el metano migre libremente a pozos de hogares cercanos y, así, al agua que se consume.

Y no necesariamente la contaminación subterránea es generada dentro del radio de acción de la operadora que la padece. La filtración puede provenir de cotas más elevadas (por caso, más cercanas a la precordillera). Por eso deben hacerse testeos para descartarla, lo que se dice aguas arriba.

En definitiva, la inmensa cantidad de pozos perforados y ductos que existen en la región atraviesan todas las capas acuíferas, en un declive descendente oeste-este, de modo que es necesario poner la lupa en la “integridad” de cada caño y la calidad del cemento que lo circunda para estar completamente seguros de que no habrá contaminación subterránea.

La cuestión del cementado es tan importante como el caño mismo. Si no existe cemento recubriendo el caño (como un tornillo sin su tarugo) o el cemento se fisura por la alta presión de las operaciones, el gas encuentra forma de filtrarse y el daño está hecho.

La cantidad de pozos inactivos en Neuquén y Río Negro, por un lado, y la decreciente voluntad por parte de las empresas de “abandonarlos” como marca la ley por razones presupuestarias (ver el gráfico de la página siguiente), enciende serias señales de alarma.

Es que no olvidemos que existen decenas de pozos en la zona de Catriel y Cutral Co-Plaza Huincul, o Fernández Oro, así como en nuevos barrios de zonas de chacras de Plottier –por señalar áreas pobladas– que usan el agua de la capa acuífera desde hace años para consumo.

De modo que es imperioso proteger la zona intermedia del pozo. Una contaminación de la capa acuífera es prácticamente irreversible.

2.939 son los pozos inactivos en la región. Muchos de ellos deberían sellarse.
878 los pozos inactivos en las zonas pobladas del Neuquén.

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