De profesión tatuador, el trabajo que le ganó a todos los prejuicios

Ya no hay nada clandestino en este oficio. No sólo cada vez son más las personas que se graban una parte del cuerpo sino que los “artistas de la piel” pueden vivir “de lo que les gusta”.

13 ago 2017 - 00:00
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Acá adentro nadie tiene apellido. Acá, todos tienen los brazos tatuados, y las piernas también. Megaminimo, Tin Tatoo, Javarmente, Nico, El Colo, todos llevan sus propias marcas en la piel. Y viven de ilustrar a los demás.

Los cinco comparten un estudio, un lugar amplio y luminoso, con entrepiso, en el que hay cuatro boxes para trabajar y elementos que pueden resultar perturbadores a los que no son amigos de este oficio: hay agujas de distintos tamaños y con distintas puntas, enchufes, barbijos, tintas, máquinas, alcohol, gasas, camillas, sillones.

Hubo un tiempo en que para hacerse un tatuaje había que bajar a un sótano oscuro; en que el rito iniciático incluía un pasaje clandestino a un lugar poco frecuentado y de dudosa limpieza. Eso es prehistoria. Hoy, el cartel de la puerta anuncia que acá se hacen tatuajes.

Megaminimo, Tin, Javarmente y Nico viven de este oficio, tienen un horario de trabajo, y una agenda llena de turnos (con demoras de hasta 45 días) en un lugar habilitado y pulcro.

El timbre suena a cada rato en el estudio –que se llama C4tro tr3s tr3s-. “El Colo” -que es aprendiz– oficia de recepcionista y entrevistador. Es el encargado de entenderse con el cliente; de recibir el pedido, interpretar lo que quiere y derivarlo al especialista en la materia.

Es que acá, cada uno tiene su estilo: el que disfruta del color, el que prefiere los grises y negros; el que hace puntillismo, el que se especializa en diseños tribales, o asiáticos.

Pero conviven con esas diferencias porque acá todos respiran la misma devoción por el oficio que eligieron. “Más allá de lo que elijas a nivel visual, el ritual de tatuarse tiene algo de místico, mágico, energético. Hay algo raro, interesante, que tiene que ver con lo que elegís tatuarte, que representa algo que para vos es fundamental, que querés homenajear. De hecho, el tatuaje es lo único que no te pueden sacar. Es muy importante”, se entusiasma Ángel Tocce, o Megamínimo, que hace 15 años se dedica a imprimir dibujos y color a la piel ajena.

El, como Tin (que es Martín Gómez Moreno), Javier (Muñoz) y Nico (Tivani) hicieron sus primeros palotes en un ser querido. “Yo tatué a mi hermano. Es la única manera de aprender”, se ríen ahora que son expertos.

Grabarse la propia pierna también forma parte del ABC del futuro tatuador. “Es la única parte en la que podés practicar bien, porque necesitás de las dos manos para tatuar. Todos se autotatuan porque tenés que saber qué le hacés otro”, vuelven a reírse, cómplices de aquello que marcó el inicio de su vida profesional.

“El Colo” tiene 23 años y es el más joven del grupo. Intentó con Educación Física, pero a los cuatro meses tuvo que tener una charla seria con sus padres. “No me sentía cómodo en ningún aspecto, así que le dije que iba a empezar a trabajar con los chicos porque quería ser tatuador. Obviamente al principio no lo aceptaron. Pero otra no les quedó”, cuenta Gerardo Kaiser, el verdadero nombre de “El Colo”, que por supuesto, ya experimentó en carne propia –su pierna– qué se siente al tatuar. Y que como sus “maestros” piensa vivir del tatuaje profesional.

No hay escuelas de tatuadores. Tampoco título oficial. Pero lo que tienen en común quienes eligen imprimir su arte en el cuerpo ajeno es el interés por lo visual. Todos dibujan, o pintan. “No hay un título de tatuador. La práctica se puede hacer sobre objetos inanimados que tengan una textura similar a la piel, o sobre pieles sintéticas. Pero eso sólo te permite soltar la mano... Tenés que tatuar a una persona”, dice Ángel.

La música de Jack White suena fuerte desde el reproductor. Y los cinco tatuadores se reúnen como cada miércoles alrededor de una mesa. Es la reunión semanal de trabajo.

Ser tatuador es cosa seria. Lo saben ellos, que le dedican tiempo y esfuerzo, cada día de la semana, desde la mañana hasta la tarde. Y agradecen. Todos se acuerdan de cuando no era posible vivir de lo que les gustaba y alternaban entre el tatuaje y algún empleo convencional como para llegar a fin de mes. “Yo diría que hace cinco años vivo exclusivamente de esto”, se enorgullece Tin. “Esta es la primera generación que puede vivir de ser tatuador”, levanta un poco más la vara Ángel.

Pero además, saben que son mucho más que alguien que le dibuja la piel a otro. Dure 10 minutos o 15 horas (en varias sesiones), el acto de tatuar y de dejarse tatuar por alguien implica una relación de confianza importante. Y en este caso también, el que no es amigo de este verbo difícilmente entienda la necesidad de sentir ese dolor para imprimirse algo en la piel. “Es imprescindible darle tranquilidad al que viene. Y tiene que haber un vínculo de contención antes de empezar”, explica Javier.

Tatuarse parece ser una experiencia mística. Ellos saben que son mucho más que los que manejan el instrumental y la paleta de colores. Que en la transacción, el costo monetario es lo de menos. Lo que cuenta –dicen acá– es confiar esa parte del cuerpo al tatuador, y “soportar” la cuota de dolor ineludible. “Sí, duele, pero es soportable. La gente pasa por esa experiencia displacentera, pero lo que obtenés es tan importante que muchas veces vuelven a someterte a esto. Y ese dolor es el precio más alto. Pagarlo no, porque se amortiza en toda una vida”, explica con devoción Ángel.

El resto asiente. Acá se habla con mucho respeto del trabajo. “Hay algo raro en el intercambio de energía que se produce, hay algo en esa cuestión de dejar una marca”, intentan explicar ellos antes de ponerse el barbijo, elegir la aguja indicada y salir a lidiar con los deseos, decisiones, y dolores de los que deciden adornar su piel.

“Laburaba como empleado y esto lo hacía en paralelo. Hace cinco años que puedo vivir de esto. Y está incorporado socialmente ahora”.
Martín Gómez Moreno, “Tin Tatoo”, 46 años, tatuador de Roca.
“Se popularizó y mucha gente quiere tatuajes porque los ve en la tele. Es raro que haya tendencias o moda con algo que es para siempre”.
Ángel Tocce, “Megaminimo”, 40 años, artista y tatuador de Roca.
“Tenemos que llevar a una tranquilidad
al que viene, acompañarlo en
la decisión y contenerlo antes de empezar”.
Javier Muñoz, tatuador.
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Roca