A explorar los secretos del Nahuel Huapi

Jimena y Andrés continúan la expedición por el gran lago. Ahora se alejan de Bariloche y descubren la magia de sus brazos, islas y penínsulas en una aventura de agua y tierra.

17 dic 2016 - 00:00
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Estamos solos en una isla, solos en una playa. De noche se escuchan aullidos, quizás de ciervos. Hace mucho frío y el lago Nahuel Huapi está ciclotímico: de noche es una seda, de día las olas salpican su superficie.

La isla Victoria es nuestro refugio y la playa Piedras Blancas nuestro jardín. Decidimos quedarnos tres días hasta que el clima mejore: el viento es una constante y no tiene intenciones de dejar de soplar. Si bien esto ralentiza nuestra travesía, poco nos importa: Piedras Blancas es un paraíso. Aprovechamos para descansar y conocer la isla a pie.

Atravesamos el bosque para llegar al antiguo vivero, bordeamos el lago y llegamos a playa del Toro, una costa cubierta de arena con pinturas rupestres que atestiguan el paso de los pueblos originarios por este territorio insular. Tomamos mate en el muelle y volvemos a Piedras Blancas pensando que mañana hay que levantarse bien temprano para poder salir de la isla de una buena vez.

A cruzar

La alarma del celular suena a las 7 de la mañana. Decidimos desayunar solo una manzana para cruzar el lago lo antes posible. Hay pequeñas olas en el este pero son bajitas, indefensas. Después de una hora de remar y una vez que pisamos la tierra, el lago se arremolina y se pica como nunca. Gracias Pachamama por no haber vivido ese zamba.

Entramos en el brazo Huemul y acá el lago ni se mueve. Lo navegamos tranquilos, con la atención puesta en el paisaje mientras la Ruta 40 nos mira.

Al otro día parece que el viento nos está tomando el pelo: esperó vernos en el agua para empezar otra vez a soplar. Lo peor de todo es que lo tenemos en contra.

La proa sube en cámara lenta y cae rápido y con fuerza. El agua nos empapa la cara. El ventilador cada vez sopla más y más fuerte y no queda otra que alejarnos de la costa porque la ola de ese lado pega de costado. Otra vez la adrenalina en la primera plana de nuestro diario de viaje.

Cruzamos islas y llegamos a bahía Mansa. Como en este lugar no hay campings tenemos que cruzar 100 metros a pie porteando los kayaks para llegar a bahía Brava.

Una vez ahí lo único que nos importa es la ducha de agua caliente. Ese chorro que nos usa de blanco perfecto. Esa lluvia que nos recuerda que no todo es agua fría, que también existe el agua caliente.

Somos los únicos en el camping y nos damos el lujo de darnos una ducha de más de 10 minutos: así logramos cubrir esa necesidad básica para la supervivencia. Somos felices de poder sacarnos el olor a neoprene que en este viaje se convirtió en nuestra segunda capa de piel.

Rumbo al bosque

Al otro día salimos a darle la vuelta a la península de Quetrihué en kayak para recorrer el bosque de arrayanes. Son 12 km de ida sobre la margen oeste y 12 de regreso por el este.

Llegamos al muelle de ingreso al Parque Nacional Los Arrayanes, estacionamos los botes en la costa, almorzamos sandwiches de atún y mayonesa, recorremos el parque y sus pasarelas. Al regresar nos enteramos que el pronóstico indica viento y lluvia para los próximos dos días.

Cuando el cielo se vuelve un poco más amigable salimos en dirección a la isla Fray Menéndez. La cara este de la isla es verde, tupida y repleta de árboles; la cara oeste es gris, agrietada y llena de paredones. Conclusión: el viento, o el enemigo invisible que nos frena, se hace visible hasta en el contorno de las islas. Cumplimos 12 días de travesía y el color y la transparencia de las profundidades del Nahuel Huapi nos sigue sorprendiendo.

Entramos en el brazo Última Esperanza y nos preguntamos por qué habrá sido bautizado con ese nombre.

Después de la erupción

El bosque acá no es verde: es verdísimo. Es que el 4 de junio de 2011 el cielo de Villa La Angostura se tapó y la ceniza del volcán chileno Puyehue lo cubrió todo: las rutas, los lagos, las casas y los senderos. Esa arenilla gris e invasiva parecía el fin del mundo. Sin embargo desde ese día todo cambió: el pueblo se unió y en tiempo récord se recuperó.

La naturaleza tomó la ceniza como abono y Villa La Angostura volvió a ser “el jardín de la Patagonia” de siempre.

Las playas en Última Esperanza están cubiertas de ceniza y cuando entramos en el brazo Rincón remamos rodeados de pequeñas piedras pómez.

Al salir, recorremos el brazo Machete y de ahora en adelante solo nos resta volver al punto de partida de esta travesía.

Nos queda conocer la margen oeste del lago, la menos intervenida por el hombre, y entraremos en sus brazos más largos y complejos: el Blest y el Tristeza. Dicen que siempre conviene dejar lo mejor para el final.

A tener en cuenta
para salir a remar
Kayak: antes de comprarlo es conveniente probarlo. No todos son para todas las personas. La comodidad y el nivel técnico puede variar de un modelo a otro.
Remo: es una de las piezas más importantes del equipo. Hay de madera, de plástico (no recomendados para travesías), de fibra de vidrio y de carbono. Es indispensable llevar uno de repuesto.
Indumentaria: tener en cuenta la temperatura del agua y la exposición al viento, al frío y al sol. Llevar botitas y calza de neoprene, remera de lycra, chaqueta seca, rompeviento, gorra y anteojos de sol.
Vestirse en capas: la capa interior mantiene la temperatura del cuerpo y la piel seca. Es ideal que sea de telas sintéticas. Evitar el algodón porque se moja, absorbe humedad y tarda en secarse.
Bolsas secas: ideales para guardar el equipo. Tienen costuras termoselladas y son 100% impermeables.
La semana pasada la pareja viajera narró el trayecto desde Bahía López a Piedras Blancas: cuatro días de remo para 117 km de recorrida.
El dato
141
kilómetros remaron aproximadamente desde Piedras Blancas hasta el brazo Machete.
El fotógrafo y la escritora
Jimena Sánchez y Andrés Calla se definen como escritores y fotógrafos de viaje.
Desde hace cuatro años recorren la Argentina en bicicleta.
Desde el 2016 reman los lagos de la Patagonia.
Cuentan sus experiencias en el blog lavidadeviaje.com.
Se requiere saber combinar disciplina y relajación.
“La isla Victoria es nuestro refugio y la playa Piedras Blancas nuestro jardín. Decidimos quedarnos tres días hasta que el tiempo mejore: el viento es una constante”.
“Después de una hora de remar y una vez que pisamos la tierra, el lago se arremolina y se pica como nunca. Gracias Pachamama”.
Jimena y el comienzo de la etapa dos de la travesía.

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