Los comedores comunitarios de EE. UU. reciben más gente
Por Johanna Ruediger
Con 6,5 dólares por hora, las ganancias de Carolyn Genia están un poco por encima del salario mínimo establecido por la ley, pero de todas maneras, a esta madre de Logan, en el Estado norteamericano de Ohio, no le resulta fácil alimentar a sus dos hijos. «Hay días en que mis niños deben pasar hambre, cuando no podemos ir al comedor comunitario», escribe en una de las muchas «historias de hambre» que la asociación benéfica «Second Harvest» reúne en una página web.
En Estados Unidos hay cada vez más padres como Carolyn que, a pesar de tener trabajo, se quedan sin dinero para la comida de sus hijos tras pagar el alquiler, la electricidad y otros servicios.
Así, según un estudio de la conferencia de alcaldes de Estados Unidos, la cifra de aquellos que dependen de la comida gratuita aumentó el año pasado en un 17%. Por eso, para muchos niños, los «programas de alimentación» del Estado son indispensables. Pero justo ahora en marzo se vencen y deben ser autorizados nuevamente. Casi nadie cuenta con que los programas sean suprimidos, pero los críticos hacen referencia a que en el nuevo presupuesto del presidente George W. Bush para el 2005 hay poco margen de maniobra. «El plan del presidente Bush es muy decepcionante para nosotros», dice Deborah Ortiz, de la organización de ayuda a la infancia «Children's Defense Fund». Unos 13 millones de niños pasan hambre en Estados Unidos. «Nadie dice públicamente que los niños sigan pasando hambre, pero al mismo tiempo no hay aumento del presupuesto para estos programas».
El presupuesto de Bush prevé unos 12.000 millones de dólares para los programas de alimentación infantil en el 2005. La meta del Departamento de Agricultura es que 29 millones de niños sigan recibiendo en la escuela un desayuno o una comida barata o gratuita. El problema de las largas vacaciones de verano, en las que los comedores de las escuelas permanecen cerrados, demuestra lo dependientes que muchos niños son de estas comidas. «Cada verano vemos una avalancha en los comedores comunitarios», dice Lynn Parker de «Food Research and Action Center» (FRAC). Un dinero adicional hubiera permitido a muchas escuelas ofrecer comida también en verano, agrega Parker. Pero la situación no es tan obvia para todos.
El presupuesto de Bush no contiene recortes en el ámbito de la alimentación infantil, dice por ejemplo Zoh Neuberger del liberal «Center on Budget and Policy Priorities». «A ningún niño le irá peor debido a este presupuesto».
Críticos conservadores van aún más lejos. Dicen que los programas de alimentación son en gran parte innecesarios. Después de todo, casi la mitad de los estadounidenses tiene sobrepeso. Las familias pobres no suponen una excepción a esta regla. «Toda organización que afirma que hay más de un millón de niños con hambre en Estados Unidos es poco seria», explica Kirk Johnson de la conservadora «Heritage Foundation». Después de todo, calcula Johnson, más de tres cuartos de los estadounidenses calificados como «pobres» por la oficina federal de estadísticas posee un coche.
Ir con el coche propio a un comedor comunitario a buscar la comida de los niños no es ninguna contradicción para Larry Brown, director del Centro de Investigación sobre Hambre y Pobreza en Washington. «El hambre en Estados Unidos es diferente del hambre en Africa», explica. Los estudios del centro demostraron además que existe una relación directa entre sobrepeso y hambre. «Las personas que pasan hambre comen alimentos con un alto contenido de grasa, porque llenan y duran más tiempo». En Estados Unidos, además, las comidas rápidas como las hamburguesas siguen siendo más baratas que la fruta y la verdura frescas.
Según estima Brown, harían falta 90.000 millones de dólares al año para suprimir totalmente el hambre en Estados Unidos. Pero en principio, Brown y familias como la de Carolyn Genia sólo pueden esperar a que las comisiones de presupuesto del Congreso, que en las próximas semanas debatirán el plan de Bush, al menos aprueben un poco más de dinero.
(DPA Features)
Por Johanna Ruediger
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