Una noche en los casinos de la región, entre el juego y lo prohibido

La pasión por el juego viene de la Antigüedad. Pero mucho ha cambiado desde que se hizo oficial en Mónaco en 1861. Hoy los grandes casinos ofrecen servicios completos para los jugadores más avezados que ganan y pierden fortunas. En la región cada fin de semana miles de personas pasan por las salas de casinos y casinitos. Ese universo complejo y casi literario en donde se mezclan la exclusiva pasión por el juego con otros placeres "non sanctos".

Redacción

Por Redacción

Sobre el tablero electrónico del casino, las cifras corren en estampida. Suben sin límites precisos y a una velocidad increíble pero no van al cielo sino a la bóveda de un banco.

Esa abstracción de la riqueza en granos luminosos, es dinero que pierden los que apuestan. Paradójicamente, la mínima posibilidad de apuntarle a un número o color le otorga sentido a este universo.

El casino es un lugar frío y funcional. No tienen cabida aquí el concepto de calidez que abunda, por ejemplo, en los buenos restaurantes o en los pub. Nadie es cliente en un sentido estricto. El ir y venir de los habituales tiene relación con el juego mismo, con el vaivén del dinero que se apuesta.

Un jueves de noviembre a la medianoche es poca la gente que camina y apuesta entre mesa y mesa. En el sector de los tragamonedas un grupo de mujeres mayores espera oleadas de suerte. «En un rato las máquinas empiezan a dar», dice la ella, cincuenta y tantos años, maquillada con generosidad. «A eso de la una, dos, empiezan a dar. En serio, te conviene jugar a esa, estaba dando hace un rato. Esa, la que esta ahí al fondo», aconseja.

«Dar» es ganar. Los tragamonedas son territorio femenino, cuentan los que saben. Nadie ha hecho un estudio al respecto pero no vendría mal. Lo cierto es que este jueves, justo un día antes de que comience la verdadera fiesta en el Casino de Cipolletti, ellas sueñan con que, en un par de horas, la brújula interna que guía a estos armatostes les indicará un nuevo norte.

En el salón de espectáculos del lugar una pareja de bailarines hace piruetas sobre el piso resbaloso. Llevan ropa brillante, al estilo de los artistas de Las Vegas. Su escasa audiencia, un par de parejas aburridas y dos o tres jóvenes pasados de cerveza, los ven bailar desde un tango hasta un rock and roll con el entusiasmo medido, justo para una noche como ésta.

Los miércoles o jueves no son días buenos tampoco en el Casino de Neuquén, ni siquiera en el casinito de Choele Choel o de General Roca. El mundo gira lento al compás de la bolita mágica que nunca cae donde corresponde.

«Hoy no pasa nada. Ni putas hay, tenés que venir el sábado, ahí hay de todo. Ahí pierden todos», dice José, acomodado junto a una mesa de ruleta en el Casino de Neuquén. El chico no termina de decidirse entre guardar sus fichas como recuerdo o gastarlas en alguna mesa de poker sin otro ánimo que verlas desaparecer a manos del croupier.

Un demonio llamado Zeud

La pasión por los juegos de azar ya viene de la Antigüedad. Sófocles dice que fue Palámedes, en el sitio de Troya, el primero que utilizó los dados. Los egipcios aseguraban que el juego era el invento de un demonio llamado Zeud, y San Cipriano se lo atribuye a otro demonio, Zabulón. Aristóteles tenía una mala opinión sobre los jugadores y los calificaba de ladrones y avarientos. En tanto que Ovidio reprobaba la actividad por sus consecuencias nefastas.

Griegos y romanos erigieron templos a la diosa Fortuna. Los germanos llegaban a jugarse su propia libertad y no era raro ver cómo los hunos apostaban la vida, suicidándose si perdían.

El primer casino clandestino funcionó hace 400 años en el domicilio del matrimonio Cassini, en Italia. Por entonces la pareja se encargaba de entretener a sus invitados con torneos de naipes.

Pero el que inauguró el fenómeno en el marco de la ley fue el de Montecarlo en 1861. Hoy Montecarlo es uno de los centros del juego más célebres junto con los pequeños y coquetos clubes londinenses pensados para un público restringido y Las Vegas, por supuesto.

Una noche de viernes, en la región, el hombre llega con 4 mil pesos en el bolsillo. Su universo conocido; la ruleta. Se ubica estratégicamente de manera que no debe moverse demasiado para apostar entre 300 y 800 pesos en cada una de ellas.

«No va más», cantan los croupier, cada uno a su tiempo. La bolita de acero marca el ritmo de la respiración general. Al final se detiene. Minutos más tarde, el recuento del personaje es bueno. Perdió en tres, ganó en una. Pero duplicó lo apostado.

El pagador lo mira sin dejar de traslucir un mínimo gesto de emoción, ya está acostumbrado a ver cómo la gente diluye en un par de horas su sueldo de todo un año. Un croupier relativamente nuevo gana unos 900 pesos al mes. Los más avezados (y que a veces hacen de jefe de mesa) llegan a los 1.200. El jefe de mesa tiene una remuneración de entre 1.200 y 1.400. El encargado de un grupo de mesas alrededor de 2.000. El jefe de sala puede llegar a los 3.000.

Cada uno vigila en escala al siguiente. El croupier al apostador, el jefe de mesa al croupier, el jefe de sector al jefe de mesa y jefe de salón a todos ellos. Además en un casino como el de Cipolletti, unas 20 cámaras, instaladas en el techo, vigilan omnipotentes cualquier movimiento en la sala principal.

Fiebre de sábado

El sábado. Las salas de los casinos de Neuquén y Cipolleti están vacías aún. En el de Neuquén apenas si uno que otro habitué transita por las mesas sin gente y las máquinas tragamonedas que esperan su alimento.

«A esta hora no pasa mucho, tenés que venir más tarde», dice el joven, vestido de jeans y remera negra, a la espera de algo… tantas cosas tiene la noche.

El restaurante del Casino de Cipolletti en cambio está repleto. «¿Tienen reserva?», pregunta la moza, tierna pero firme y despacha a los novatos. No todo está perdido, abajo, en el hall de entrada, una lista de espera les da alguna esperanza a los comensales hambrientos. Increíble pero funciona. «Sabés lo que pasa, es que aquí nadie quiere esperar. Los sábados andan todos apurados y prefieren tomar algo o irse y volver después», dice la recepcionista. Nada más cierto, en la lista no hay nadie y pocos minutos después una mesa se desocupa.

La comida en el lugar es buena y el precio razonable. Es la medianoche pasada y un grupo de mujeres solas de entre 30 y 50 años examina el ambiente. Buscan. Encuentran a veces. Una pareja se prodiga arrumacos, bocados y vino.

Abajo, el otro universo, comienza a poblarse. A las 2 de la madrugada la sala está repleta. Hay jóvenes estrenando su adultez, algunas adolescentes inquietas, hombres y mujeres maduras, cada uno por su lado, y personajes típicos de estas jornadas.

Junto a las mesas un grupo de chicas permanecen al lado de un personaje maduro, remera azul marino ajustada. Cruzan miradas insistentes con el resto de la población. De estos grupos hay dos o tres que girarán durante toda la jornada haciendo su trabajo. Son prostitutas jóvenes que sin cortinas ni biombos gozan de la protección de su «hombre».

«¡Esta piba quiere guerra ya no más!. Me tomó de la mano», se queja «El Griego» y, en respuesta al gesto, se le acerca tanto que termina respirándole en la oreja. Ella sonríe. Es linda. Ronda los 25 años y usa pantalones rojos, superajustados que no dejan lugar a la imaginación. La chica tiene su precio y «El Griego» anda con los bolsillos vacíos. Otra vez será.

«El Griego» no llega a los 27 y a sus pocos años puede calificárselo de personaje de la noche. Sale menos ahora pero tuvo épocas turbulentas. «Todo el día loco. Si no era a Cipolletti o Neuquén nos íbamos hasta el casinito de Cinco Saltos a una fichita aunque sea». Tuvo un amigo, recuerda, que hace un tiempo murió perseguido por la locura del juego y las deudas. Desde entonces «El Griego» le hace el quite a este mundo.

Salvo diferencias mínimas los fines de semana en los casinos son prácticamente iguales. Nadie parece notarlo, tampoco importa.

Un viernes, «El Griego» tampoco apostará a su favorito: el 20 negro. Y paradójicamente el 20 negro saldrá tres veces en la ruleta ante sus ojos.

Los jugadores se han dejado tentar por la idea de que alguien o algo mueve los hilos del azar. Hay manuales que demuestran que la suerte en la ruleta o el poker es un asunto de probabilidades matemáticas susceptibles al conjuro de una ecuación.

«El azar es azar, no hay posibilidad de saber qué va a salir pero cuando se está metido jugando el razonamiento es otro. Un jugador experto no tiene más posibilidades de ganar que un principiante», dice el dueño de una casa de quiniela y que en su momento fue asiduo visitante de los casinos de la región.

Desde el otro lado del mostrador ha visto cosas extrañas. Por algún motivo inexplicable el jugador encuentra su número y apuesta. A veces todo.

Hace unas semanas un apostador llegó hasta la agencia y jugó 30 mil dólares a una cifra. «Lo único que le dije fue que quería ver si la plata era buena y listo, jugó». ¿Ganó? «No, perdió, nunca más lo ví». No es el único caso sorprendente. Hace un par de años otro hombre le dejó un camión remolcador en la puerta de la agencia. Sí, también perdió.

Esta noche el casino tiene sobretodo habitués. Hay gente de excepción pero se nota la crisis. Tampoco son buenos tiempos para el juego. «Es imposible ganarle a esta maquinaria», dice un jugador. Pero el saberlo hace las cosas más interesantes. Es tan ajustado el mecanismo a prueba de trampas que, por ejemplo, los croupier no están autorizados a saludar a sus conocidos más que con un beso apurado.

«¿Cómo estás?, qué gusto verte. Bueno, me voy porque sino me cagan a pedos», dice la pagadora, «La turca», dueña de un cuerpo duro y moldeado.

«Hago de todo un poco pero como croupier puedo hacer carrera. En algún momento podés terminar como jefe de salón. Lo importante es estar muy concentrado cuando pagás y no equivocarte», explica un pagador del Casino de Las Grutas.

La relativa seguridad laboral y la posibilidad de ascenso son dos motivantes fuertes para que los croupier se esfuercen en mantener la calma y el rostro imperturbable cada noche. Ganar o perder es un problema ajeno. Saben que en algún momento una de las tantas fichas que viajan de allá para acá terminará en el borde de la mesa. «Gracias pagador», cantan cuando llega. Es la propina que luego se reparte entre todos los empleados del lugar.

Esta noche también abundan los grupos de chicas y sus amigos recios. Ahora «El Griego» cruza miradas con una morocha que con bastante esfuerzo y maquillaje aparenta 20 y tantos. Su juventud pone las cosas más difíciles. La primera cifra es 100, pero luego bajará un poco. El casino es el paraíso de los números.

«Ves aquel, el pibe vende. Aquí no porque hay cámaras hasta en los baños pero en los estacionamientos se vende», dice «El Griego». Como en toda fiesta de la posmodernidad la droga tiene su espacio.

El «pibe» debe tener 30 años y lleva un tostado parejo que sólo se consigue en las camas solares. Es alto, fuerte, se le nota vital y lleva un pequeño celular en su cadera. La sala y sus alrededores no son el lugar para hacer transacciones. Si algo ocurre es sólo porque la situación «no da para más».

«Sabés, a veces me da la impresión de que lo único legal que hay en los casinos es el juego, todo lo otro es trucho, ilegal», concluye «El Griego» a horas prohibidas, cuando los rostros lucen hastiados y ya no queda dinero en los bolsillos.

El jugador más apetecido

A partir de los '70 el negocio encontró nuevas formas de obtener ganancias en esos items que acompañan al juego sin ser estrictamente azar. Los casinos modernos son especies de transatlánticos repletos de ofertas, no todas en un marco de legalidad. Aunque predomina el juego, el verdadero rey de la noche. En sus miles de metros cuadrados de construcción se puede comer, dormir, mantener relaciones bien carnales y apostar.

Las grandes cadenas brindan al jugador avezado un servicio completo, por lo general gratuito, que incluye pasajes aéreos y estadía. Pero no es tan fácil identificar a los de su especie. Para una labor tan compleja surgió la figura del «junker», el encargado de identificar a un buen apostador y acumular toda la información acerca de él: cuentas bancarias, propiedades e ingresos. En Estados Unidos sus honorarios están regulados por el Estado.

En los casinos de la región la actividad es más modesta. También el gasto promedio por persona. En la grandes salas nacionales como Mar de Plata y Necochea sobrepasa en verano los 200 pesos por persona mientras que aquí, en la misma temporada, oscila entre los 100 y los 180.

Aunque no es extraño encontrarse con jugadores locales vip capaces de jugar durante períodos de 10 ó 15 días entre 1.000 y 2.000 pesos por noche.

Claudio Andrade / Carlos Torrengo


Sobre el tablero electrónico del casino, las cifras corren en estampida. Suben sin límites precisos y a una velocidad increíble pero no van al cielo sino a la bóveda de un banco.

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