Un conservador

Por Héctor Ciapuscio

Qué es un conservador? Una definición muy citada es la del inglés Oakesshott, quien lo veía como alguien que prefiere «lo acostumbrado a lo desconocido, lo probado a lo no probado, el hecho al misterio, lo próximo a lo distante, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto». Son caracterizaciones que conducen a la definición idealista del conservador como un ser humano con apego intelectual a las «cosas», al pragmatismo, al gradualismo y la moderación y que, emocionalmente, manifiesta inclinación por la familia, la religión, la amistad y los buenos modales.

Escribía James Neilson en una nota de 1977 que los conservadores argentinos eran criaturas raras pero que existían, aunque (apuntando al hecho de que muchos de ellos no simpatizaban con cosas como los «derechos humanos»), los pocos que existían solían ser absorbidos por la derecha. Expresaba que «un conservador, al fin y al cabo, es alguien que está a favor de la civilización» y -refiriéndose a los populismos- que «el hecho de que en la Argentina no haya podido surgir un auténtico partido conservador es un desastre histórico que ha dejado al país sin lastre alguno o sin quilla, y en manos de una tripulación mal preparada».

Si en el primer año del Proceso los conservadores eran «criaturas raras», seguramente eran todavía más escasos en 1992 pero, ya entrado el período menemista y en auge el neoconservadurismo en el mundo, parece que cabían ciertas esperanzas de resurrección. Esto último se ve claro a través de un libro que apareció entonces, encargado por una fundación con el propósito de «rescatar para las nuevas generaciones los valores positivos del conservadurismo argentino». Estaba elaborado por Marcelo Monserrat a través de entrevistas con varios políticos tradicionales y algunos estudiosos afines. En el estudio preliminar de «La experiencia conservadora» se decía que la oportunidad del libro fincaba en que «la década del noventa parece haber iniciado en nuestro país, y en casi toda la América del Sur, un retorno a un pensamiento y a una acción política realistas, tras décadas de rampante populismo».

Uno de los entrevistados era Pablo González Bergez. Cuando se le preguntó qué posibilidades había de la vuelta de un partido conservador fuerte contestó que no veía prácticamente ninguna. Sería una tarea de romanos -tal vez se lograría en dos generaciones- siquiera rehabilitar la palabra «conservador». A la gente le había quedado un recuerdo ominoso: el fraude. Ese fue un error tremendo; acarreó la derrota de los conservadores y trajo a Perón. El castigo resultó exagerado, pero ésa era la realidad. Hubo otros errores: la adhesión al golpe de Uriburu, la estimación excesiva por muchos de la importancia de lo económico, que los convirtió en «liberales» (que no lo eran de ninguna manera); la infección fascista de Fresco, las recurrentes riñas internas, el resentimiento con la Unión Democrática en 1946. Pero rescataba los logros históricos del conservadurismo: desde Roca a Victorino de la Plaza pasando por Pellegrini y Sáenz Peña, los gobiernos provinciales de Cárcano en Córdoba, Vicchi y Corominas en Mendoza, Moreno en Buenos Aires. Y especialmente la administración del general Justo en la década del '30 cuando, con el equipo de ingenieros de Alvarado, «se hicieron todos los caminos y todos los grandes edificios y grandes obras del país».

Ahora, en sus 90 años y con una gran frescura intelectual, González Bergez vuelve a exponer «in extenso» sus opiniones sobre la historia y la actualidad política del país. En un reportaje en «La Nación», agregó a lo que de él conocíamos cosas interesantes. Recordó que el país salió de la crisis de 1930 por obra de estadistas talentosos e ideas keynesianas y que es falaz el calificativo de la época como «década infame» -una frase del nacionalista José Luis Torres de quien hoy no se acuerda nadie-. Que nuestro drama político actual comenzó cuando en 1945 la Unión Democrática terminó de hundir al conservadurismo al rechazar su adhesión prefiriendo la del comunismo. Que sólo Emilio Hardoy y él mismo (quienes, agregamos nosotros, fueron los únicos dirigentes conservadores que públicamente pidieron perdón en nombre del Partido por el «fraude patriótico» que en 1938 derrotó a Alvear en beneficio de Ortiz-Castillo) siguieron como representantes ideológicos pero fracasaron en re-fundar esa expresión imprescindible en una democracia. Habló de la desvalorización de la política argentina y enfatizó que los intelectuales son necesarios para alimentar a los partidos con ideas. Se dolió de que, mientras fueron pensadores los que marcaron los caminos de la sociedad en las generaciones de 1837, 1853 y 1880, en nuestro tiempo los mejores, asqueados de lo que ven, se niegan a participar y se refugian en sus amigos y sus libros. Para cambiar esto es clave la educación, pero la que tenemos es pésima. Cuando la enseñanza resulta una calamidad la democracia es una ilusión. Entre sus severos juicios sobre el peronismo, dijo que nuestro país tuvo los mejores niveles educativos en América Latina hasta que se impuso ese ideario populista y facilista y comenzó la decadencia. En Canadá, siendo él embajador, personalidades de ese país le preguntaban qué había pasado con la Argentina, una nación que en el primer cuarto del siglo XX había estado a la par con la de ellos, y él les respondía que allí no habían tenido un Perón. «Y entonces no me preguntaban más, entendían todo». En relación con la actualidad, confiesa que votó al presidente pero está desilusionado. Que pelearse con todo el mundo es un disparate, algo impropio de un gobernante serio. No trepida en un diagnóstico psicológico negativo sobre la personalidad del mandatario: tiene un fuerte complejo de inferioridad, viene de una provincia sin peso y tuvo pocos votos, usa la fuerza hasta donde más puede para mostrarse a sí mismo que ha vencido al complejo y recurre a la demagogia para conseguir poder porque «él sabe que es un invento de Duhalde».

Se las comparta o no, son afirmaciones que, por provenir de un político intelectual y éticamente superior -a tal señor, tal honor- nos valen.


Qué es un conservador? Una definición muy citada es la del inglés Oakesshott, quien lo veía como alguien que prefiere "lo acostumbrado a lo desconocido, lo probado a lo no probado, el hecho al misterio, lo próximo a lo distante, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto". Son caracterizaciones que conducen a la definición idealista del conservador como un ser humano con apego intelectual a las "cosas", al pragmatismo, al gradualismo y la moderación y que, emocionalmente, manifiesta inclinación por la familia, la religión, la amistad y los buenos modales.

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