Entre la espada y la pared
Los resueltos a frustrar los esfuerzos vacilantes de Alberto Fernández y Martín Guzmán por impedir que el país se vea abandonado a su suerte privilegian sus propias preferencias ideológicas.

Las perspectivas ante el país serían menos aciagas si tuvieran razón los que atribuyen el estado catastrófico de la economía nacional a la perversidad del Fondo Monetario Internacional y sus siniestros agentes locales. En tal caso, luego de superar las dificultades que ocasionaría una ruptura, el gobierno podría emprender un programa de reformas drásticas para que el país se recuperara de los daños causados por los tecnócratas foráneos. ¿Es lo que los militantes que coinciden con Máximo Kirchner y sus compañeros de ruta de la izquierda dura se han propuesto? Claro que no; lo que quieren es dejar las cosas como están. Parecería que lo que más les interesa es la batalla propagandística que están librando contra los malos de su película particular.
Los resueltos a frustrar los esfuerzos vacilantes de Alberto Fernández y Martín Guzmán por impedir que el país se vea abandonado a su suerte privilegian sus propias preferencias ideológicas. Lejos de sentirse intimidados por los ejemplos brindados por Venezuela y Cuba, quisieran que la Argentina sufriera un desastre parecido que, según ellos, se debería a las maquinaciones del odioso “imperio” norteamericano.
Aunque no cabe duda de que un eventual acuerdo con el FMI significaría que el gobierno tendría que llevar a cabo algunos ajustes muy antipáticos, ello no quiere decir que negarse a alcanzar uno le ahorraría la necesidad de hacerlo. Por la inflación rampante, el nivel bajísimo de reservas y la escasa productividad de casi toda la economía con la excepción del campo y algunas empresas digitales, es inevitable que el gasto público caiga mucho en los meses próximos. En comparación con dicha realidad, las opiniones de los tecnócratas del Fondo y las de sus enemigos ideológicos son lo de menos.
Los kirchneristas más fervorosos y sus aliados trotskistas no son los únicos que creen que el preacuerdo en que están pensando la jefa del Fondo Kristalina Georgieva y los “albertistas” es un mamarracho o, como diría Cristina, una morondanga.
Coinciden muchos, tanto progresistas como conservadores, en el mundo desarrollado que están hartos de la interminable crisis argentina; creen que es obra de farsantes mentirosos que no tienen ninguna intención de respetar los compromisos que tan alegremente firmarán y que por lo tanto sería mejor para todos que el país pagara un precio muy alto por la crasa irresponsabilidad de sus dirigentes políticos.
Hasta hace poco, los asesores del presidente norteamericano Joe Biden trataban de asegurar que la Argentina no se viera expulsada de la comunidad financiera internacional, pero, dolidos por lo que dijo Alberto en Moscú y Pekín sobre su deseo de que el país se alejara de Estados Unidos, no pueden sino sentirse tentados a lavarse las manos del asunto.
En términos generales, las opciones son dos: la Argentina puede derrumbarse de golpe o, con la colaboración cauta de los países occidentales, hacer un esfuerzo auténtico por superar las distorsiones estructurales que la han depauperado. Los hay que brindan la impresión de apostar por un colapso dramático por suponerse capaces de aprovechar uno; será lo que atrae a Cristina porque a su juicio el caos resultante la ayudaría a frenar las causas en su contra.
Otros, conscientes de la extrema precariedad del “modelo” socioeconómico existente y lo graves que serían las consecuencias de un default que privaría al país del acceso a los créditos que precisaría para seguir funcionando, entienden que ha llegado la hora de trabajar en serio para adecuar la economía a las circunstancias que le han tocado, pero no saben cómo empezar.
Aunque los líderes de Juntos por el Cambio están a favor de un acuerdo con el Fondo, por minimalista que fuera, temen que los kirchneristas los hagan responsables del fuerte impacto negativo que tendrían los ajustes que, pase lo que pase, serán aplicados, motivo por el cual son reacios a comprometerse a apoyar al Poder Ejecutivo en el Congreso.
Para ellos, la renuncia de Máximo Kirchner a la jefatura del bloque oficialista en Diputados mostró que el peronismo está desdoblándose nuevamente para que una facción siga gobernando y La Cámpora conserve el control de las “cajas” valiosas que ha coleccionado, mientras que otra facción asuma el papel de la oposición con la esperanza de sumar votos en las elecciones del año que viene.
Desde el punto de vista de los políticos profesionales, es lógico que la coalición gobernante y la oposición se aferren a posturas ambiguas por razones electoralistas; desde aquél de los demás, el que la clase dirigente se resista a intentar desactivar la bomba que en su conjunto se las ha ingeniado para armar, hace aún más peligrosa la situación en que se encuentra el país.
Los resueltos a frustrar los esfuerzos vacilantes de Alberto Fernández y Martín Guzmán por impedir que el país se vea abandonado a su suerte privilegian sus propias preferencias ideológicas.

Las perspectivas ante el país serían menos aciagas si tuvieran razón los que atribuyen el estado catastrófico de la economía nacional a la perversidad del Fondo Monetario Internacional y sus siniestros agentes locales. En tal caso, luego de superar las dificultades que ocasionaría una ruptura, el gobierno podría emprender un programa de reformas drásticas para que el país se recuperara de los daños causados por los tecnócratas foráneos. ¿Es lo que los militantes que coinciden con Máximo Kirchner y sus compañeros de ruta de la izquierda dura se han propuesto? Claro que no; lo que quieren es dejar las cosas como están. Parecería que lo que más les interesa es la batalla propagandística que están librando contra los malos de su película particular.
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