La vida, ¿tiene precio?

Por Alberto José Sierra

Redacción

Por Redacción

Convenimos, sin lugar a dudas, en que desde el punto de vista moral, ético, religioso y humanista, la vida es un bien supremo y no posee un equivalente en dinero: «La vida no tiene precio», decimos habitualmente con absoluto convencimiento. En este contexto, y con igual consideración, se encuentra la salud del ser humano en su integridad y su protección, es decir aparece inmediatamente el concepto de «seguridad» y «calidad de vida».

Sin embargo, los economistas han intentado establecer un valor, y no porque sean seres insensibles a los que les place reducir todo a valores tangibles, llámense pesos o dólares, sino porque hay razones prácticas que lo hacen necesario.

Por ejemplo, se necesita asignar una medida financiera para el caso de pagar una indemnización por invalidez parcial, total o muerte de una persona que ha sufrido un accidente. También, cuando por políticas de gobierno de un Estado o de una empresa se debe decidir cuánto dinero asignar en medidas de seguridad. Podremos demostrar, como se verá, que invertir en seguridad es rentable en términos económicos y también políticos.

El uso de conceptos económicos rigurosos es posiblemente más adecuado que las formas subjetivas libradas al azar o al «ojímetro» para determinar tales valores. En estos casos, se concluye en que el tema es demasiado complejo, asignándole finalmente valores ridículos e indignos, cuya significación se reduce prácticamente a cero.

Se han ensayado diversos métodos. Uno de ellos ha sido la realización de encuestas entre el público en general, con preguntas sin ninguna restricción ni especificidad. En estos casos, dieron los valores más altos, llegando hasta los 20 millones de dólares como valor equivalente de la vida humana. Otras encuestas tratan de tomar en cuenta decisiones concretas de las personas respecto de su propia vida o, dicho de otro modo, cuánto se está dispuesto a pagar para protegerla. Deberíamos saber por caso cuánta gente está dispuesta a instalar «airbags» en sus coches, o cuanto más destinar para determinado trabajo en el que aumenten levemente las probabilidades de evitar lesiones graves o muerte.

Estos estudios suelen dar valores a la vida entre los 3 y 7 millones de dólares, y nos plantean, a pesar de las diferencias de culturas y niveles socioeconómicos, una serie de reflexiones interesantes. Una de ellas es la notable diferencia en el valor que asignamos a la vida en un sentido absoluto y cuándo debemos asumir la responsabilidad de probar cuánto la valoramos realmente.

Invertir en seguridad es rentable

En nuestro país, todavía no se ha tomado verdadera conciencia sobre la problemática de la seguridad, salvo en lo referente a la creciente ola de delincuencia urbana, que ha impactado fuertemente en toda la población.

Ocurren hechos puntuales casi a diario, terribles, que nos movilizan con distinta intensidad, denunciados por los distintos medios de difusión, y que al cabo de unos días son olvidados, superados por otros de relativa importancia.

Se cumple lo que afirma Le Bon: «Cien accidentes pequeños no herirán por completo la sensibilidad popular, mientras que un solo accidente horroroso la impresiona profundamente, aunque sus efectos sean muchísimo menos fatales que los cien pequeños accidentes reunidos».

Debemos reconocer que en este problema todos tenemos una cuota de responsabilidad, desde el Estado, en primer término, pasando por los legisladores, los empresarios, los obreros y los empleados. Todos debiéramos comprender que la seguridad es un bien que significa mayor calidad de vida, más rentabilidad empresaria y también un valor que se suma al salario.

En los años últimos, grupos de investigadores prestigiosos realizan estudios sobre el valor económico de la seguridad humana en todas sus manifestaciones. Entendemos por ello todos los componentes que definen este concepto: la salud, la educación, la justicia, el trabajo infantil, el desempleo, la violencia en todas sus formas, la inmigración interna, las adicciones y los delitos ecológicos.

Los más recientes aparecieron en mayo último, publicados por una entidad de beneficencia estadounidense muy reconocida, «Mary Woodward Lasker», que promueve las investigaciones médicas. Sus autores son los destacados investigadores de la Universidad de Chicago, Kevin Murphy y Robert Topel, quienes se plantearon cuestiones tales como el valor económico del aumento de la longevidad.

Desarrollaron un modelo matemático estimando en 5 millones de dólares el valor de la vida humana, para calcular el equivalente económico de un incremento de 6 años en el promedio de la expectativa de vida de los estadounidenses. Los valores finales resultados sorprendentes. Se arribó a la suma de 57 billones de dólares, lo que equivale a 6 veces el valor de toda la producción estadounidense de bienes y servicios tangibles en 1999.

En un plan más realista, se plantearon determinar el Impacto Económico Beneficioso (IEB) si se redujeran en un 20% los decesos por ataques cardíacos y cáncer. Los resultados mostraron igualmente cifras impactantes que superaron los 10 billones de dólares, equivalentes al PBI del mismo país en un año.

Tratar de interpolar estas cifras proporcionalmente a nuestra realidad nacional o regional no sería válido en términos absolutos, por diversos motivos, entre los que se cuenta la escasísima información estadística sobre estos temas. También se observa el poco interés de los economistas y políticos de tratar y aplicar estos novísimos estudios, producidos precisamente por la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago, famosa porque es aquí donde se han formado los responsables de la política económica de estos 10 años últimos en nuestro país.

Es posible tentar una somera aproximación correlacionando los PBI: población: IEB, o sea el impacto económico, entre Estados Unidos y Argentina, lo que nos da, aun tomando hipótesis desfavorables, un IEB de 150.000 millones de dólares, aproximadamente toda nuestra deuda externa.

Hay que recordar que esta impresionante cifra representa el Impacto Económico Beneficioso de haber reducido en un 20% las causas de muerte de esas dos graves dolencias.

La elevación de la esperanza de vida de la población, en cualquiera de sus formas, es la evidencia de la mayor preocupación y asignación de recursos por parte del Estado en salud, educación, prevención y seguridad. Genera, a nivel humano, un estado de satisfacción y bienestar que no aparece cuantificado en ninguna estadística, pero que, como hemos visto, está comprobado absolutamente.

En los últimos tiempos, y sobre ciertos temas o situaciones coyunturales, se habla con gran énfasis de la necesidad de acordar «políticas de Estado». Sin subestimar ninguna, la primera y fundamental a definirse sería la referida a la «seguridad humana», en todas sus variantes. Por otra parte, el prestigio y rédito político que se obtienen de la aplicación seria y responsable a través del tiempo de estas acciones son enormes. Una medida del grado de desarrollo de una sociedad es la forma en que protege su capital humano, es decir su seguridad.

(*) Ingeniero. Profesor asociado regular Fac. Ingeniería, Dep. Construc. Universidad Nacional del Comahue.


Convenimos, sin lugar a dudas, en que desde el punto de vista moral, ético, religioso y humanista, la vida es un bien supremo y no posee un equivalente en dinero: "La vida no tiene precio", decimos habitualmente con absoluto convencimiento. En este contexto, y con igual consideración, se encuentra la salud del ser humano en su integridad y su protección, es decir aparece inmediatamente el concepto de "seguridad" y "calidad de vida".

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