Ser maestro
Maestro en todos los sentidos de la palabra (de hecho, de derecho y moralmente), Julio Cortázar escribió a fines de 1939, en la «Revista Argentina», un artículo dedicado a los próximos egresados como maestros. Uno se diplomaba generalmente a los 17 ó 18 años de edad y en cuatro más se recibía de profesor normal en su caso, de Letras.
Esos años de estudio advertía no alcanzan a reflejar todos los aspectos de la realidad y a su egreso comprobarán la diferencia entre ser estudiante y maestro (o profesor).
Hoy el magisterio se cursa tras la secundaria en Institutos de Formación Docente, pero aquellas palabras casi setenta años después siguen vigentes.
Los maestros, anticipa, tienen una misión a cumplir (una meta) y una conducta a mantener (el camino a recorrer). La meta es abreviando sus palabras poseer los medios para transmitir una civilización y una cultura y, simultáneamente, poder construir en el niño y con el niño, en su espíritu y su inteligencia, un estado activo que recree lo externo, que le permita estimular lo que su alma encierra en belleza y en bien, para proyectarlo a su realización.
Doble tarea la del maestro así concebido: instruir la inteligencia con los datos externos de la cultura y buscar en lo profundo de su alma el ansia vital del ser humano, su espíritu, con la singularidad con la que se gesta en cada ser por medio de sus dos elementos esenciales: la ética y la estética, las nociones del bien y de la belleza.
No podía ser de otra forma, tratándose de un genio artístico. Pero tampoco debería estar lejos de nuestras modernas concepciones acerca de ser maestro hoy en Argentina, lugar de América pobre, en un mundo convulsionado, polarizado, dicotómico, en el cual cada vez más millones de niños nunca aprenderán que la vida no es darlo todo por comida.
No es fácil ser maestro, reconoce. Por eso, para el Cortázar de esa época «un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Y fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota; fracasa sin saberlo él mismo porque no había tenido jamás el concepto de su misión. Fracasa convirtiéndose en 'un maestro correcto', un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina».
Profunda observación, pionera para esos años respecto a la evaluación de la tarea docente no en la autocomplaciente y conformista escala de revisión anual de aprendizajes previstos en la currícula sino en la evaluación estratégica de la misión y el misionero (esto dicho sin sentido religioso).
Como bien dice en su artículo «¿Quién no ha tenido un maestro correcto?», y enseguida desea para los futuros maestros que encuentren «un verdadero maestro» que sienta y viva su misión.
Con lo cual da un impensado mentís a las creencias actuales de que en el pasado todos los maestros eran buenos y superiores a los actuales en todos los sentidos, visión obviamente conservadora y equivocada. Ya ven, parece que no era así. Pero también nos interpela a nosotros, sus lectores actuales, para que llenos de zozobra miremos atrás y nos preguntemos: ¿y nosotros… tuvimos siquiera un maestro así?
Lo revelador viene a continuación, al preguntarse por qué fracasan tantos maestros (¡en 1939!), atribuyéndolo a la carencia de una verdadera cultura que supere el mero acopio de elementos intelectuales, el enciclopedismo tan criticado treinta o cuarenta años después, la falta de una cultura enraizada en la esencia humana, es decir en los valores del espíritu.
A continuación enumera rápidamente los componentes de la condición humana: el intelecto, pero también los sentimientos, los anhelos metafísicos y el sentido religioso, un compuesto de dimensiones múltiples en cuya armonía puede crecer la persona. Por eso, cultura, para Cortázar no es sólo la intelectual, esa dimensión que la escuela privilegió casi en desmedro de las otras.
Pero se pregunta y nos hace preguntar a nosotros hoy, año 2007: «¿Bastaron cuatro años de estudios para hacer del maestro un hombre culto?». No, ello es evidente se responde. Esos años le permitieron incorporar una porción de conocimientos intelectuales, historia, ciencias, lengua, pedagogía… Pero «nada más, a pesar de la buena voluntad que hayan podido demostrar profesores y alumnos, a pesar del doble esfuerzo en procura de un debido nivel cultural.»
«La Escuela Normal no basta para hacer al maestro. Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso. Parecerá cruel y acaso falso, pero un hondo buceo en la conciencia de cada uno probará que es harto cierto. La Escuela Normal da elementos, variados y generosos, crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos: hay que caminar hacia ellos y conquistarlos».
¡Cuánta vigencia encierran esas palabras, cuánta frescura que el tiempo no ha vencido sino, por el contrario, ha revivido!
Luego nos da la clave del misterio, el secreto para crearse una cultura: «El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior y estudio de sí mismo. Aristóteles y Sócrates: he ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de la realidad a través del cultivo de la propia personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lecturas y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse mañana y decir: 'Sé muchas cosas y nada más'. La mejor prueba de cultura suele darla aquel que habla muy poco de sí mismo; porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso y que sólo en lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios».
«Al salir de la Escuela Normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene el ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchos triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros: debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. 'El genio dijo Buffon es una larga paciencia'. Nosotros no requerimos maestros geniales; sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia».
Si no se quiere ser un «maestro correcto» afirma hay que hacer los mayores sacrificios. Haberse recibido sin preguntas ni expectativas más allá del puesto o de su retribución monetaria los convierte enseguida en «fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento».
Pero Cortázar se dirige a los que sí han descubierto su misión y «van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, manteniendo la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, el sacrificio o con la muerte».
¡Qué es esa metáfora sino la utopía! ¡No hay maestro sin utopía!, nos quiso decir en 1939.
CARLOS SCHULMAISTER (*)
Especial para «Río Negro»
(*) Profesor de Historia
Maestro en todos los sentidos de la palabra (de hecho, de derecho y moralmente), Julio Cortázar escribió a fines de 1939, en la "Revista Argentina", un artículo dedicado a los próximos egresados como maestros. Uno se diplomaba generalmente a los 17 ó 18 años de edad y en cuatro más se recibía de profesor normal en su caso, de Letras.
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