«Yo no puedo confiar en alguien que no bebe”
Es considerado uno de los mejores actores de todos los tiempos. Pero el reconocimiento le llegó en su madurez. Bebedor experto, amante del mar, Bogart era una de esas estrellas que bien podían morir en un filme. Todavía el cine no ha dado otro “duro” como él, capaz de transmitir aplomo y ternura en una misma escena. Dos libros retratan al inolvidable artista que encarnó a Rick en “Casablanca”. Uno de Manolo Marinero (Ediciones JC) publicada en los 80, brillante y breve. El otro apareció el año pasado, “Bogart”, de A.M. Sperber y Eric Lax (Tusquets).
1940 Paul Muni, James Cagney, Edward G. Robinson y John Garfield. Los cuatro primeros eran actores de primera fila de la Warner Bross, y el último “la estrella del porvenir” de la productora (lo que resultaría de una ironía patética cuando la persecución política llevó a Garfield a suicidarse). Roy Earle era el protagonista de un guión de John Huston y W.R. Burnett, que iba a rodar Walsh. En su condición de sexto recurso, Bogart recibió la manoseada oferta, y aceptó el papel. Lo hizo. El título en España, “El último refugio”, expresivo y certero, es superior al original, “High Sierra”.
Roy Earle es un fuera de la ley que va a ser descartado por una niña bien, y amado por una niña mal. Esta quiere seguir con él hasta el fin, pero Earle la mete en un autobús de carretera antes de enfrentarse en un tiroteo con la Guardia Estatal. Aunque la historia vaya de gangsters, tiene un desarrollo rural, pinos por todos lados, rifles de caza mayor en lugar de pistolas o metralletas, y no un ambiente urbano. Esto hizo que Walsh, satisfecho del resultado, pudiera rodar nueve años después -con muchas, muchas variantes- una segunda versión en western (“Colorado Territory” o “Juntos hasta la muerte”). Y en ésta, la muchacha, Colorado, consigue correr la misma suerte que el proscrito amado.
Bogart interpretó a un pistolero medio iluso, medio descreído, y romántico al viejo estilo, al único estilo, el de Brian de Bois Gilbert, Juan Cristobal Schiller, Hatfield, Odile y Frantz y Arthur, Marian y Robin e Ivanhoc Martin. 0 sea, el pseudovillano de -Ivanhoe-, el autor de “Los bandidos”, el caballero jugador y confederado de “La diligencia”, los tres de la pandilla de “Bande á part”, la monja y el proscrito rescatador, cuyo amor inspiró la primera música inglesa, aproximadamente en el siglo XIII, los trece rondós del “Juego de Robin y Marian”, del troubadour Adam de La Halle, y el héroe jamaicano de “Caiga quien caiga” (o “The Harder They Come”). Porque Earle es mucho más parecido a los rústicos “Río Amargo” Newcomb, Jesse James o Clyde Barrow, que a un gángster organizado y poderoso de gran ciudad, a un comisionista armado o a un magnate rentista de la extorsión y los negocios sucios.
Bogart quedó por fin, después de este rodaje, colocado a dos pasos de ser una estrella del cine americano. En 1940, cuando murieron jóvenes Scott Fitzgerald y Nathanael West, y Lester Young consiguió formar un combo de jazz propio, y los nazis ocupaban Francia y bombardeaban Inglaterra, y recibían el previsto refuerzo de la Italia fascista, en USA vivían 131 millones de habitantes, y bastantes de ellos eran aficionados al cine.
Inmediatamente, Humphrey Bogart rodó como protagonista “The Waggons Roll At Night”, remake de “Kid Galahad”, en la cual, sólo cuatro años antes, había trabajado en el tercer papel, detrás del soberbio rumano Robinson, el sapo más enérgico de la Historia de la Naturaleza. Y Bogie se quedó ya a un solo paso de ser una estrella de Hollywood. Había hecho méritos para conseguirlo: “En mis últimas 34 películas fui tiroteado en doce, electrocutado o colgado en ocho, e hice de presidiario en nueve” (llegó a contabilizar él mismo).
Pero también había hecho y siguió haciendo deméritos.
Era “conflictivo”. Estuvo siempre contra la corriente. “¿Qué si estoy de acuerdo con la escuela (se refiere al estilo o línea) de interpretación de Laurence Olivier? Oiga, yo soy un actor. Sólo hago lo que me trae el instinto, naturalmente”.
Y a los esfuerzos de que diera una imagen más agradable y sociable a los lectores de revistas de cine, a los espectadores, Bogart contestó “la única cosa que uno le debe al público es una buena actuación”.
El caso es que entonces fue cuando Bogie hizo de Sam Spade en la tercera versión cinematográfica de “El Halcón Maltés” de Hammett (papel al que también había renunciado Raft), rodaje en el que debutaba como director el guionista Huston.
Y ya, instantáneamente, a escala nacional, Bogie fue una estrella. Precisamente el mismo año, 1941, se publicaba el libro de cuentos de Hammett, “Un hombre llamado Spade” Y también dos libros que hicieron carrera en Hollywood “Mildred Pierce” del gran escritor de thrillers James Mallahan Cain, y “¿Por qué corre Sammy?” de Sculberg. La escalada de Bogie sucedió poco antes de que el ataque a Pearl Harbor por los japoneses decidiera la definitiva entrada de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial.
Bogart tenía por aquellas fechas 41 años. Siempre tenía los mismos que las dos últimas cifras de cada año (más seis días), porque había nacido en la Navidad de 1899. Bogart se había esforzado con tenacidad por despegar en teatro y cine durante veinte años, con pocas y dispersas recompensas desproporcionadas con su talento, y había consumido su primera y su segunda juventud, se había alcoholizado durante la Prohibición (prohibición de expender y adquirir bebidas alcohólicas, que duró desde el 16 de enero de 1920 hasta 1933), y, después de dos matrimonios fracasados, llevaba tres años casado con Mayo Methot (actriz que no había llegado a triunfar), que se dedicaba sin tregua a estropearle a su hombre las posibles satisfacciones del éxito profesional. Bogart tiene una cabeza alargada y huesuda, con ancha frente y entradas, sin muchas arrugas todavía, y en sus ojos brillan alternativa o simultáneamente el cansancio y la determinación. Le gustan las fiestas y las salidas a los clubs con algunas gentes conocidas, pero está fuera (como estará siempre) de lo que Huston llama expresivamente el cocktail-circuito.
La carrera de Bogie tiene mucho que ver con Huston. Aquel hace su primer protagonista destacado para crítica y público con un guión de Huston. El famoso crítico Bosley Crowther comentó en su crítica del estreno de “El último refugio”. “Sí señor, el mismísimo Sigfrido nunca alcanzó cimas tan heroicas como Mr. Humphrey Bogart, el último de los grandes pistoleros, y cuando, acorralado en una escarpada montaña por un ejército de polis, dispara y grita desafiante a sus acosadores, entonces su alma noble remonta el vuelo”. Y añadió: “Mr. Bogart interpreta el papel principal con una perfección de hirviente vitalidad …..”
Bogart aún asciende a la categoría de primer actor indiscutible en la primera película dirigida por Huston. Crowther comentó en The New York Times a propósito de “El Halcón Maltés”, “Mr. Bogart es un agudo, rudo detective con una mente cortante como una hoja de afeitar, un temperamento que a veces le traiciona y un código moral fríamente cínico”. Huston y Bogart rodaron seis películas juntos, y éste gana un Oscar al fin por “La Reina de Africa”, Oscar ganado a pulso en Kenia y Uganda. (…) Bogie contribuyó a los Oscar de John Huston y de su padre, el actor Walter Huston, por “El Tesoro de Sierra Madre”, la excelente versión del libro del enigmático B. Traven (escritor chicagoan de familia escandinava que había recorrido el Pacífico antes de llegar a México en 1923, donde fue un verdadero buscador de oro).
“Humphrey Bogart”, Manolo Marinero. Ediciones JC, 1980.
“Que no te mueras yo te mate”
n Navidades, Bacall preparó una fiesta sorpresa para los cuarenta y seis años de Bogart. Nada más entrar en casa, Betty le ofreció una copa y le dijo que fuese a ver la bañera; había algo que no funcionaba. Al entrar en el cuarto de baño, se encontró a Mark Hellit Raymond Massey, Nunnally Johrison, Arthur Sheekman, Ro Benchley y toda la pandilla del Garden que lo recibieron, muy apretados dentro del baño romano de color azul, alzando las copas y, gritando «¡Sorpresa!». Bogart reaccionó «como un chiquillo», conmocionado por aquella muestra colectiva de afecto.
Una o dos semanas antes, el matrimonio se había trasladado coche a Balboa con el colaborador del Herald Tribune de Nueva York Thorriton Delehanty, para hacer realidad un sueño que Bogart acariciaba desde hacía mucho tiempo.
Santana, un yate con aparejo Marconi, era un aristócrata del mar se trataba de un velero de veinte metros de eslora, madera de caoba y teca, y metales relucientes; una embarcación para regatas con espacio habitable bajo cubierta todo lo amplio que permitía su forma adaptada para coger velocidad. Una reducida tripulación podía acomodarse en el salón principal, pintado de un blanco muy alegre con adornos de caoba. También había una cocina diminuta y, a popa, un camarote en el que podían dormir con toda comodidad dos personas. El yate, construido en 1935 para el heredero californiano de una fortuna petrolera, había pasado después por las manos de una sucesión de actores entre los que figuraban George Brent, Ray Milland y, en los últimos tiempos, Dick Powell, que se veía obligado a venderlo por un problema de sinusitis. Bogart pagó cincuenta mil dólares. El yate era bien conocido en el mundo de la vela y se le consideraba «una delicia para cualquier marino. Cubiertas ininterrumpidas y limpias… Sin rastro alguno de los ensamblajes…, tan sólo una piel blanca sin defecto alguno, tan suave y resistente como la bola de acero de un cojinete».
(…) «Bogie», escribió Bacall más adelante, «se había enamorado». Santana fue el único rival serio que Betty reconoció jamás. (…) «No utilizo el Yate para beber o para tener aventuras de faldas», le dijo más adelante a un reportero. «Lo uso para alejarme de todo. Hemingway dijo que el mar era el último lugar libre que quedaba en el mundo, y yo siento respeto Y amor por el mar». A Bogart debió de parecerle, a finales de 1945 y principios de 1946, que su vida era casi perfecta. Estaba negociando un nuevo contrato a largo plazo. Bacall y él se mudaron de nuevo, esta vez a una casa en lo alto de una colina con un jardín muy grande y una piscina, que pertenecido hasta entonces a Hedy Lamarr. Hedgerow Farm, pese a su dirección postal de Beverly Hilis, no estaba en la ciudad misma, sino en Benedict Canyon, que abarcaba desde las sombreadas tierras llanas al sur de Sunset Boulevard hasta las crestas de las colinas que separan Beverly Hilis del valle de San Fernando. La nueva casa fue idea de Bacall, un codazo a un marido un tanto tacaño, para subir un peldaño más. «No le gustaba gastar dinero», explicaba Sam Jaffe. «Betty le obligó a hacerlo, y creó para él un verdadero hogar.» Una revista describía la casa de un solo piso, enjalbegada, con ventanas saledizas y ocho amplias habitaciones como «cómoda pero sin ostentación».
Al público le encantaba: Slim y Steve instalados en el sueño de la posguerra, que era la ecuación de casa, familia y trabajo fijo. Las revistas para admiradores presentaron la imagen una y otra vez: El Tipo Duro y la mujer más sexy como personas corrientes, ocupándose de tareas hogareñas, descansando en la habitación dedicada al ocio, con los pies sobre la mesa de café, escuchando la radio.
Aquel verano Humphrey Bogart se arrodilló delante del Chinese Theatre de Sid Grauman y dejó las huellas de una mano y un pie en un cuadrado de cemento húmedo preparado al efecto. Estuvo rodando todo el día, luego abandonó el plató a última hora de la tarde, no sin calzarse antes lo que él llamaba sus zapatos de la suerte, los oxford que había utilizado en Casablanca y en El sueño eterno. Sin embargo, aunque sus películas más famosas se habían rodado en Burbank, llegó al local de Sid Grauman desde los estudios de Columbia en Hollywood, donde había estado haciendo Callejón sin salida (Dead Reckoning) para Harry Cohri, en préstamo después de un año sin trabajar para Warner. El matrimonio había estado ocioso, debido en parte a retrasos causados por la huelga y en parte a que se negaron a interpretar determinados papeles. Pero nada de todo eso había tenido importancia durante aquella pausa. Sonriendo feliz, los brazos de Bacall rodeándolo mientras estallaban los flashes, Bogart volvió a hundir un dedo en el cemento y añadió la inscripción: SID: QUE NO TE MUERAS NUNCA HASTA QUE YO TE MATE.
“Bogart”, A.M. Sperber y Eric Lax (Tusquets, 1999)
1940 Paul Muni, James Cagney, Edward G. Robinson y John Garfield. Los cuatro primeros eran actores de primera fila de la Warner Bross, y el último “la estrella del porvenir” de la productora (lo que resultaría de una ironía patética cuando la persecución política llevó a Garfield a suicidarse). Roy Earle era el protagonista de un guión de John Huston y W.R. Burnett, que iba a rodar Walsh. En su condición de sexto recurso, Bogart recibió la manoseada oferta, y aceptó el papel. Lo hizo. El título en España, “El último refugio”, expresivo y certero, es superior al original, “High Sierra”.
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