Pueblo trucho

A los activistas contra la globalización les importa más su protagonismo que el destino de los pobres.

Redacción

Por Redacción

Como ya es habitual en estas ocasiones, la «Cumbre de las Américas» que celebraron en Quebec más de una treintena de jefes de Estado, entre ellos el presidente Fernando de la Rúa y su homólogo estadounidense George W. Bush, se vio ensombrecida por los disturbios violentos que protagonizaron bandas que se denominan anarquistas o comunistas, los cuales, lo mismo que los grupos más pacíficos conformados por ecologistas y sindicalistas, protestaban contra el capitalismo globalizado. Muchas personas, impresionadas por la capacidad de los manifestantes para monopolizar la atención de los medios, han tratado el espectáculo que brindaron como evidencia de que tanto el capitalismo como la globalización son fenómenos sumamente impopulares promovidos por una elite que no presta atención a la opinión pública. ¿Es así? Claro que no. Aunque abundan los que se sienten preocupados por el rumbo que ha tomado una economía mundial que si bien crea muchas nuevas oportunidades también es propensa a experimentar cambios imprevistos, aquellos que comparten las opiniones de los anarquistas y «revolucionarios» que viajan desde una ciudad hacia otra con el propósito de gritar insultos, tirar piedras y, a veces, bombas contra sus presuntos enemigos constituyen una minoría minúscula. Como es notorio, cuando se postulan para puestos electivos, los miembros de las organizaciones extremistas más beligerantes raramente consiguen el uno por ciento de los votos. Así las cosas, es claramente falsa la idea de que las batallas callejeras que últimamente se han producido en Seattle, Londres, Washington, Praga, Niza, Buenos Aires y, ahora, Quebec hayan servido para probar que «el pueblo» está en contra de la globalización o el capitalismo. Puede que no le gusten algunas consecuencias, pero le atraen aún menos las alternativas planteadas por los violentos, razón por la cual éstos siempre militan en agrupaciones totalitarias.

La voluntad de tantos de dar por descontado que esta realidad no obstante buena parte del género humano se opone al libre intercambio es peligrosa. Si bien los dirigentes de los países democráticos que se reúnen en lugares como Quebec suelen representar la mayoría -de otro modo, no habrían sido elegidos en elecciones limpias-, son muchos los periodistas e incluso empresarios que hablan como si los manifestantes fueran igualmente representativos o todavía más. Por lo tanto, los esfuerzos por negociar la eliminación de barreras contra el intercambio no sólo de bienes y servicios sino también de información y obras culturales, están siendo obstaculizados por una coalición heterogénea de facciones prepotentes que están resueltas a imponer su punto de vista mediante amenazas. Asimismo, detrás de ellas está una multitud de lobbistas comprometidos con intereses creados -sindicalistas norteamericanos y europeos que temen a la competencia de sus «hermanos» tercermundistas, empresarios que dependen de mercados cautivos, etc.-, que no pueden sino festejar las hazañas de personajes enmascarados con los cuales tienen muy poco en común.

Aunque en términos generales el libre comercio ha resultado muy beneficioso, no es una panacea y en vista de la diferencia enorme entre los ingresos per cápita de los distintos países que integrarían el ALCA y, lo cual es más importante todavía, entre la eficiencia de sus respectivos empresariados, es claramente necesario que los gobernantes americanos obren con realismo a fin de asegurar que los eventuales cambios produzcan más ventajas que perjuicios irremediables para sus propios pueblos, sobre todo para los más vulnerables. Según los voceros de algunos grupos de «activistas» contrarios a la globalización, esto es precisamente lo que quieren, pero la verdad es que el destino de los pobres de América Latina o de cualquier otra región les importa decididamente menos que su propio protagonismo. Su objetivo principal consiste en hacer fracasar las «cumbres», o sea, en frustrar los intentos de dirigentes políticos elegidos de fijar reglas que hagan menos dolorosos cambios que de todos modos ocurrirán, actitud que acaso merecería la aprobación de los que quisieran dejar todo en manos de «los mercados» que, a diferencia de los políticos, nunca celebran «cumbres» en ninguna parte porque están en todas.


Como ya es habitual en estas ocasiones, la "Cumbre de las Américas" que celebraron en Quebec más de una treintena de jefes de Estado, entre ellos el presidente Fernando de la Rúa y su homólogo estadounidense George W. Bush, se vio ensombrecida por los disturbios violentos que protagonizaron bandas que se denominan anarquistas o comunistas, los cuales, lo mismo que los grupos más pacíficos conformados por ecologistas y sindicalistas, protestaban contra el capitalismo globalizado. Muchas personas, impresionadas por la capacidad de los manifestantes para monopolizar la atención de los medios, han tratado el espectáculo que brindaron como evidencia de que tanto el capitalismo como la globalización son fenómenos sumamente impopulares promovidos por una elite que no presta atención a la opinión pública. ¿Es así? Claro que no. Aunque abundan los que se sienten preocupados por el rumbo que ha tomado una economía mundial que si bien crea muchas nuevas oportunidades también es propensa a experimentar cambios imprevistos, aquellos que comparten las opiniones de los anarquistas y "revolucionarios" que viajan desde una ciudad hacia otra con el propósito de gritar insultos, tirar piedras y, a veces, bombas contra sus presuntos enemigos constituyen una minoría minúscula. Como es notorio, cuando se postulan para puestos electivos, los miembros de las organizaciones extremistas más beligerantes raramente consiguen el uno por ciento de los votos. Así las cosas, es claramente falsa la idea de que las batallas callejeras que últimamente se han producido en Seattle, Londres, Washington, Praga, Niza, Buenos Aires y, ahora, Quebec hayan servido para probar que "el pueblo" está en contra de la globalización o el capitalismo. Puede que no le gusten algunas consecuencias, pero le atraen aún menos las alternativas planteadas por los violentos, razón por la cual éstos siempre militan en agrupaciones totalitarias.

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