Un producto típico

Personajes como Montesinos constituyen síntomas del atraso político de una sociedad.

Redacción

Por Redacción

Puesto que Vladimiro Montesinos, el ex asesor del destituido presidente Alberto Fujimori, es un hombre que en su condición de jefe de los servicios de inteligencia se especializó en recoger información de toda clase sobre las actividades de sus compatriotas más influyentes, serán muchos los dirigentes peruanos que hubieran preferido que muriera en la clandestinidad. En efecto, desde que Montesinos fue detenido en Caracas y enviado enseguida a una cárcel en Lima lo que más interesa a la clase dirigente peruana es saber cuánto podrá decir sobre los pactos políticos y los arreglos corruptos celebrados por personajes actualmente respetados. Ocurre que por siniestro que sea el «Rasputín» de Fujimori y por hábiles que hayan sido sus maniobras, nunca pudo haberse erigido en la figura dominante de su país sin la complicidad o, cuando menos, la resignación nada inocente, de muchísimas personas.

A su modo, Montesinos es un producto bastante típico de la semidemocracia, un equivalente andino de nuestro José López Rega. Cuando caen estos intrigantes «todopoderosos», los más celebran el triunfo de la Justicia y del sentido común así supuestos con tanto fervor que muy pocos se dan el trabajo de preguntarse cómo fue posible que un individuo universalmente considerado un delincuente maligno haya logrado acercarse tanto al poder absoluto. La respuesta es sencilla: en países de tradiciones caudillistas, y por lo tanto autoritarios, es habitual perdonarle al jefe de turno virtualmente todo, atribuyendo los crímenes cometidos a integrantes de su entorno. Sin embargo, estos «Rasputín» no pudieron haber hecho mucho sin la aprobación del Líder Máximo y éste debió su poder al respaldo entusiasta de una parte sustancial de la ciudadanía y a la colaboración aún más fervorosa de una hueste de adulones.

¿Resultará ser Montesinos el último espécimen de este género que consiga convertirse en el hombre más temido y, según muchos, más poderoso del Perú, o será sucedido por otros de características similares? Todo depende de la evolución del sistema democrático de aquel país. Si madura lo suficiente, los filtros institucionales se harán lo bastante eficaces como para impedir que intrigantes de su clase logren apoderarse una tras otra de funciones clave. En cambio, de recaer el Perú en la tentación caudillista, habrá otros Montesinos en su futuro. Asimismo, si bien ya parece inconcebible que otro aventurero supuestamente dotado de poderes mágicos pudiera reeditar la trayectoria ascendente de López Rega en la Argentina, el que tanto Carlos Menem como su sucesor, el presidente Fernando de la Rúa, se hayan sentido constreñidos a apoyarse en sus parientes o en sus amigos, significa que mucho sigue dependiendo del criterio personal del jefe de Estado y de la calidad de los miembros de su entorno particular. Aunque a raíz de la presión política y mediática De la Rúa se vio forzado a alejar al menos formalmente al hombre que muchos, sin duda injustamente, habían calificado de «Rasputín», Menem se sintió tan seguro de sí mismo que se dio el lujo de solidarizarse públicamente con el supuesto «jefe de las mafias en la Argentina», Alfredo Yabrán.

Las democracias jóvenes presidencialistas – y por lo tanto, en América Latina, caudillistas – , en las que suelen respetarse ciertas reglas básicas, sobre todo las relacionadas con las elecciones, pero en que es habitual pasar por alto los engorrosos detalles republicanos, brindan a los hombres como Montesinos oportunidades que, como es natural, hacen cuanto pueden por aprovechar. Por eso, sus carreras nos dicen mucho sobre el estado de la cultura política de las sociedades en las que les es dado operar. En términos legales, son plenamente responsables de los delitos que cometen y es deber de la Justicia asegurar que reciban una pena condigna, pero su auténtica significancia deriva del hecho de que siempre constituyen síntomas del atraso político porque, obvio es decirlo, ninguna sociedad relativamente sana, por graves que fueran sus problemas coyunturales, permitiría jamás que un personaje como Montesinos perpetrara una pequeña fracción de los muchos crímenes que le han sido atribuidos.


Puesto que Vladimiro Montesinos, el ex asesor del destituido presidente Alberto Fujimori, es un hombre que en su condición de jefe de los servicios de inteligencia se especializó en recoger información de toda clase sobre las actividades de sus compatriotas más influyentes, serán muchos los dirigentes peruanos que hubieran preferido que muriera en la clandestinidad. En efecto, desde que Montesinos fue detenido en Caracas y enviado enseguida a una cárcel en Lima lo que más interesa a la clase dirigente peruana es saber cuánto podrá decir sobre los pactos políticos y los arreglos corruptos celebrados por personajes actualmente respetados. Ocurre que por siniestro que sea el "Rasputín" de Fujimori y por hábiles que hayan sido sus maniobras, nunca pudo haberse erigido en la figura dominante de su país sin la complicidad o, cuando menos, la resignación nada inocente, de muchísimas personas.

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