Regreso problemático

Redacción

Por Redacción

Parecería que para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner la grave crisis económica y social que están experimentando varios países de la Eurozona, entre ellos España, es motivo de viva satisfacción porque le ha brindado un pretexto para aconsejar a los europeos importar el supuestamente exitoso modelo argentino. Huelga decir que no ha vacilado en aprovecharla. Para otros, incluyendo a muchos que distan de estar convencidos de las bondades del “modelo” kirchnerista, el que países presuntamente “serios hayan caído en dificultades muy parecidas a las que hace ocho años provocaron el derrumbe de nuestra economía ha servido para mostrar que la clase política argentina no es más irresponsable que sus equivalentes de otras partes del mundo. Puede que a la larga resulten tener razón quienes creen que en cierto modo nos beneficiarán los trastornos fiscales que están ocasionando tantos problemas a Europa y Estados Unidos al hacer pensar que la Argentina fue víctima de circunstancias que no tardarían en reproducirse en otras latitudes, pero las consecuencias inmediatas han sido decididamente negativas. Al difundirse por el mundo la sensación de que son muchos los países que no serán capaces de honrar sus obligaciones, los inversores están volviéndose cada vez más cautos, con el resultado de que para países poco confiables, como el nuestro, acceder a créditos a tasas razonables se ha convertido en una misión imposible. Es sin duda por eso que se ha atascado el canje impulsado con entusiasmo por el ministro de Economía, Amado Boudou. Las previsiones iniciales, según las cuales por lo menos el 60% de los bonistas, acaso muchos más –se habló del 80%–, aceptaría la oferta oficial, resultaron ser exageradamente optimistas. Por lo pronto, sólo el 50% se ha manifestado interesado, lo que ha forzado al gobierno a aplazar el cierre del canje un par de semanas con la esperanza de superar la resistencia de los bonistas italianos, que estaban entre los más perjudicados por el default. Por lo demás, fracasó la emisión del bono “Global 2017”, lo que confirmó que para los inversores la Argentina sigue siendo un paria a pesar de todos los esfuerzos oficiales por convencerlos de que el actual gobierno no tiene ninguna intención de defraudarlos como hicieron tantos en el pasado. El propósito principal de Boudou, cuya estrategia cuenta con el aval un tanto escéptico de los Kirchner, consiste en reconciliar la Argentina con el sistema financiero internacional para que en adelante el gobierno cuente con el dinero necesario para no verse constreñido a “ajustar” el abultado gasto público. Antes de estallar la crisis del euro, tuvo motivos para suponer que el país conseguiría “reinsertarse” en el sistema, aunque sólo fuera porque a nadie le convendría que una vez más optara por repudiar sus deudas. Por desgracia, el que se haya reanudado la turbulencia en todos los mercados financieros ha levantado obstáculos imprevistos en el camino del regreso. Para superarlos, el gobierno tendría que comprometerse a tomar medidas para revertir el crecimiento de la deuda pública que sean por lo menos tan contundentes como las anunciadas por los griegos, españoles e italianos. Sucede que el keynesianismo alocado que se puso de moda en buena parte del planeta en los meses que siguieron al colapso del banco de inversión Lehman Brothers ya se ha visto reemplazado por un credo económico según el que hay que privilegiar la austeridad y hacer cuanto sea posible para reducir las deudas soberanas a dimensiones manejables. Un año y medio atrás, la negativa del gobierno kirchnerista a “ajustar” hubiera merecido el aplauso de los persuadidos de que la única forma de impedir que la economía mundial se precipitara en una nueva gran depresión consistiría en inyectar cantidades gigantescas de dinero público en el sistema financiero a fin de estimular el consumo, pero desde entonces mucho ha cambiado. En la actualidad, para que un país figure como un miembro respetable de la “comunidad internacional” le es menester tener sus cuentas fiscales en orden, no ser acusado de dibujar las estadísticas económicas y, más que nada, ser claramente capaz de pagar todas las deudas que fueron acumuladas en tiempos menos exigentes.


Parecería que para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner la grave crisis económica y social que están experimentando varios países de la Eurozona, entre ellos España, es motivo de viva satisfacción porque le ha brindado un pretexto para aconsejar a los europeos importar el supuestamente exitoso modelo argentino. Huelga decir que no ha vacilado en aprovecharla. Para otros, incluyendo a muchos que distan de estar convencidos de las bondades del “modelo” kirchnerista, el que países presuntamente “serios hayan caído en dificultades muy parecidas a las que hace ocho años provocaron el derrumbe de nuestra economía ha servido para mostrar que la clase política argentina no es más irresponsable que sus equivalentes de otras partes del mundo. Puede que a la larga resulten tener razón quienes creen que en cierto modo nos beneficiarán los trastornos fiscales que están ocasionando tantos problemas a Europa y Estados Unidos al hacer pensar que la Argentina fue víctima de circunstancias que no tardarían en reproducirse en otras latitudes, pero las consecuencias inmediatas han sido decididamente negativas. Al difundirse por el mundo la sensación de que son muchos los países que no serán capaces de honrar sus obligaciones, los inversores están volviéndose cada vez más cautos, con el resultado de que para países poco confiables, como el nuestro, acceder a créditos a tasas razonables se ha convertido en una misión imposible. Es sin duda por eso que se ha atascado el canje impulsado con entusiasmo por el ministro de Economía, Amado Boudou. Las previsiones iniciales, según las cuales por lo menos el 60% de los bonistas, acaso muchos más –se habló del 80%–, aceptaría la oferta oficial, resultaron ser exageradamente optimistas. Por lo pronto, sólo el 50% se ha manifestado interesado, lo que ha forzado al gobierno a aplazar el cierre del canje un par de semanas con la esperanza de superar la resistencia de los bonistas italianos, que estaban entre los más perjudicados por el default. Por lo demás, fracasó la emisión del bono “Global 2017”, lo que confirmó que para los inversores la Argentina sigue siendo un paria a pesar de todos los esfuerzos oficiales por convencerlos de que el actual gobierno no tiene ninguna intención de defraudarlos como hicieron tantos en el pasado. El propósito principal de Boudou, cuya estrategia cuenta con el aval un tanto escéptico de los Kirchner, consiste en reconciliar la Argentina con el sistema financiero internacional para que en adelante el gobierno cuente con el dinero necesario para no verse constreñido a “ajustar” el abultado gasto público. Antes de estallar la crisis del euro, tuvo motivos para suponer que el país conseguiría “reinsertarse” en el sistema, aunque sólo fuera porque a nadie le convendría que una vez más optara por repudiar sus deudas. Por desgracia, el que se haya reanudado la turbulencia en todos los mercados financieros ha levantado obstáculos imprevistos en el camino del regreso. Para superarlos, el gobierno tendría que comprometerse a tomar medidas para revertir el crecimiento de la deuda pública que sean por lo menos tan contundentes como las anunciadas por los griegos, españoles e italianos. Sucede que el keynesianismo alocado que se puso de moda en buena parte del planeta en los meses que siguieron al colapso del banco de inversión Lehman Brothers ya se ha visto reemplazado por un credo económico según el que hay que privilegiar la austeridad y hacer cuanto sea posible para reducir las deudas soberanas a dimensiones manejables. Un año y medio atrás, la negativa del gobierno kirchnerista a “ajustar” hubiera merecido el aplauso de los persuadidos de que la única forma de impedir que la economía mundial se precipitara en una nueva gran depresión consistiría en inyectar cantidades gigantescas de dinero público en el sistema financiero a fin de estimular el consumo, pero desde entonces mucho ha cambiado. En la actualidad, para que un país figure como un miembro respetable de la “comunidad internacional” le es menester tener sus cuentas fiscales en orden, no ser acusado de dibujar las estadísticas económicas y, más que nada, ser claramente capaz de pagar todas las deudas que fueron acumuladas en tiempos menos exigentes.

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