El precio del progreso
Los habitantes de Allen votaron ayer acerca de una cuestión de carácter urbanístico que es común a casi todas las ciudades y poblaciones ubicadas en tierras irrigadas: cómo hacer para evitar que el crecimiento urbano se devore paulatinamente tierras productivas, destruyendo -o así lo creen- la base de la economía regional. Aunque la cuestión se presente como una cruzada ecológica de defensa de los ambientes naturales, si consideramos como tales a la agricultura intensiva, en el fondo se trata de una simple ecuación de economía elemental. Cuando el valor de la tierra bajo cultivo es inferior al que se obtendría con su fraccionamiento y su urbanización, la presión de los intereses particulares es inevitable y es inherente al sistema basado en el derecho de propiedad. Se puede demorar el proceso facilitando el uso de tierras alternativas, como hizo Roca con los populosos barrios ubicados al norte del canal de riego, pero igual no se pudo evitar que se haya sobrepasado la barrera psicológica que representaba la Ruta 22. Pero además, el crecimiento demográfico proviene de la generación de empleos producto de la expansión de la economía. Es obvio que una ciudad estancada, con población estable o decreciente, no significa un riesgo para las tierras cultivadas, con lo que el mejor antídoto para evitar el problema es resignarse a no crecer. La ciudad de Los Ángeles, una de las aglomeraciones urbanas más importantes y ricas del mundo, se expandió sobre lo que originariamente fue el valle de San Fernando, una zona con características parecidas a la del Alto Valle de Río Negro. En la actualidad, sobre aquellas tierras se encuentran algunas de las empresas más populares del mundo, especialmente las relacionadas con la industria aeroespacial como la Lockheed y la mayoría de los rutilantes sellos cinematográficos, entre ellos The Walt Disney Company y la Warner Brothers. Una sola de cualquiera de esas compañías factura al año un valor equivalente a varias veces la producción total que pudo haber tenido la zona rural invadida en su mayor esplendor.
Los habitantes de Allen votaron ayer acerca de una cuestión de carácter urbanístico que es común a casi todas las ciudades y poblaciones ubicadas en tierras irrigadas: cómo hacer para evitar que el crecimiento urbano se devore paulatinamente tierras productivas, destruyendo -o así lo creen- la base de la economía regional. Aunque la cuestión se presente como una cruzada ecológica de defensa de los ambientes naturales, si consideramos como tales a la agricultura intensiva, en el fondo se trata de una simple ecuación de economía elemental. Cuando el valor de la tierra bajo cultivo es inferior al que se obtendría con su fraccionamiento y su urbanización, la presión de los intereses particulares es inevitable y es inherente al sistema basado en el derecho de propiedad. Se puede demorar el proceso facilitando el uso de tierras alternativas, como hizo Roca con los populosos barrios ubicados al norte del canal de riego, pero igual no se pudo evitar que se haya sobrepasado la barrera psicológica que representaba la Ruta 22. Pero además, el crecimiento demográfico proviene de la generación de empleos producto de la expansión de la economía. Es obvio que una ciudad estancada, con población estable o decreciente, no significa un riesgo para las tierras cultivadas, con lo que el mejor antídoto para evitar el problema es resignarse a no crecer. La ciudad de Los Ángeles, una de las aglomeraciones urbanas más importantes y ricas del mundo, se expandió sobre lo que originariamente fue el valle de San Fernando, una zona con características parecidas a la del Alto Valle de Río Negro. En la actualidad, sobre aquellas tierras se encuentran algunas de las empresas más populares del mundo, especialmente las relacionadas con la industria aeroespacial como la Lockheed y la mayoría de los rutilantes sellos cinematográficos, entre ellos The Walt Disney Company y la Warner Brothers. Una sola de cualquiera de esas compañías factura al año un valor equivalente a varias veces la producción total que pudo haber tenido la zona rural invadida en su mayor esplendor.
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