Cristina Banegas: la maravilla de construir sentido
Aseguró que el papel le demandó un desafío que sobrepasó lo actoral.
La actriz definió su trabajo en la obra como “una tarea enorme, realmente. Pero muy gozosa y me dio mucha alegría hacerla”.
Desde enero hasta abril se repuso en Sala Casacuberta del Teatro General San Martín, “Medea” de Eurípides en versión de Lucila Pagliai y Cristina Banegas, dirigida por Pompeyo Audivert, junto a Daniel Fanego, Tina Serrano, Tony Vilas, Analía Couceyro y elenco. A pesar de la convocatoria y las ovaciones finales con que el público premiaba su labor y la de sus colegas, la obra bajó de cartel. Cristina, imparable, se sumergió en la poesía de San Juan de la Cruz que tanto la conmueve y conoce desde jovencita. Resultado “Cántico espiritual”, un encuentro con la organista uruguaya -concertista de música barroca- de igual nombre, que estrenaron en el magnífico Solís de Montevideo y presentaron en el porteño Teatro del Globo. Hoy, el primero de esos trabajos está nominado a los premios de la Asociación de Cronistas del Espectáculo –ACE– temporada teatral 2009/10 que serán entregados el 10 de agosto en El Nacional, en las categorías Drama, Director y Actriz Protagónica en Drama. “¿Cómo se llega hasta ahí? Trabajando mucho. Fue la primera vez que me pasó que un trabajo mío recibiera una ovación. Tan tajantemente entusiasta. En el reestreno no estaba llena la sala, pero terminamos la temporada 2009 en diciembre, llenando todas las noches la Casacuberta del San Martín. Tengo grabada justo la última función, el saludo y la ovación, porque fue con todo el mundo de pie, gritando y aplaudiendo. Increíble.” –Ese “trabajando” que acaba de decir, se aplica a la obra, a su texto, a usted como actriz, a los muchos años que lleva de profesión. –En ”Medea”, particularmente, trabajé mucho. Hice la versión con Lucila Pagliai, que nos llevó más de un año. Luego convoqué a Pompeyo Audivert para la dirección, a Carmen Baliero para la música, a Juan José Cambre para la escenografía. Digamos que fui gestora del proyecto. Dudé mucho sobre si actuar o dirigir y finalmente hacer Medea, porque me consideraba un poco mayor para ese rol. Pero, igual lo quise hacer. Por otro lado, cuando uno llega un poco a pulso en su labor, es una enorme satisfacción sentir que el público responde. Es muy raro ver una tragedia griega, una obra escrita hace dos mil quinientos años. Una palabra que viene rodando a través del tiempo y que se va resignificando sobre el fondo de cada momento histórico en que vuelve a aparecer sobre algún tablado. Eso también es muy conmovedor, muy fuerte, quiero decir. Total, que es una alegría enorme. Y un matadero además –expresó. –Fue una exigencia no sólo actoral. Psicológica, emocional, además… –Y física y energética. Me lastimé la rodilla. Tuve un edema en las cuerdas (vocales) porque gritaba con mi voz grave y eso las afectaba mucho. Hubo que cambiar y subir las tonalidades de los momentos de grito para no quedar muda. Una tarea enorme, realmente. Pero muy gozosa y me dio mucha alegría hacerla. Sí, pero hay una cuestión relacionada con la edad. Medea mata a sus hijos, entonces le subimos la edad a los chicos, que son adolescentes. Y yo tengo nietos adolescentes (ríe). El teatro permite ciertas licencias y termina siendo verosímil, aunque uno no esté, como en ese caso, en un registro muy realista porque es una tragedia griega donde se habla del sol, padre de mi padre, de dioses… Bueno, es otro imaginario, otra cabeza, otros conceptos que el mundo griego tenía sobre un montón de cuestiones desde la religión hasta la concepción de la sociedad misma. Pero, al mismo tiempo, las problemáticas de un espacio del poder siguen siendo las mismas. Hay cosas que se resignifican a través del tiempo y se vuelven presentes inexorablemente. Están muy instaladas en el imaginario actual. Digamos… Somos una sociedad que mata a sus hijos. Los devora. El actor es un cuerpo en el espacio. Cada personaje es un cuerpo. Los actores somos personas invisibles que nos hacemos visibles a través de la imagen que construimos para cada personaje. De la imagen corporal, vocal… El actor es un cuerpo en un espacio especialmente significativo. –Dice usted, generosamente, los actores. Pero no todos tienen su manejo. –No, claro. Hay muchas clases de actores, sí, pero en mi caso es así. –Hay una actitud de entrega personal, de predisposición. –Todo entra en la construcción de un personaje, la construcción de verosimilitud, esté uno en el género y en el estilo que esté. La idea es que resulte creíble lo que uno construye para que quien mira pueda reconocerlo, producir algún tipo de empatía con su propia emocionalidad, con su propia percepción. Sí. Estoy siempre trabajando sobre la que podría llamarse, técnicamente, construcción de sentido, de veracidad, de algo que resulta reconocible para quien mira. –Entrega que también es un gesto de amor. –Sí, una ofrenda. Absolutamente.
EDUARDO ROUILLET
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