Sobre Hipnocracia

En 1959 Richard Nixon se encontró con Nikita Khrushchev y le echó en cara que los comunistas en vez de invertir en mejores bienes de consumo para su pueblo dilapidaran fortunas en el plan espacial. En 1957 la Unión Soviética había lanzado el Sputnik, que fue el primer satélite en orbitar la Tierra, lo que fue algo tan inesperado que sorprendió al mundo. A propósito de la crítica de Nixon, Khrushchev le respondió: “Cuando el pueblo señala un río imaginario el buen político no debe decirle que está equivocado, sino que tiene que prometerle que hará un puente imaginario para cruzar ese río. Lo que pasa es que cuando el pueblo ve algo que nos parece fuera de la realidad está expresando una necesidad espiritual, está exigiendo a la política que cree una ilusión nueva. Y eso es lo que ustedes norteamericanos no entienden”.


En realidad el que no lo entendía era Nixon, pero hubo norteamericanos que lo entendieron, como John Fitzgerald Kennedy (quien ganaría la presidencia en 1960, derrotando justamente a Nixon). Ya al inicio de su gobierno Kennedy lanzó la carrera espacial que llevó el hombre a la Luna, por un lado, y, por otro lado, promovió nuevas políticas civiles (como la integración racial o la igualdad de la mujer) que serían las nuevas ilusiones que el pueblo norteamericano estaba esperando.


Desde hace unos 15 años viene sucediendo en todo Occidente algo parecido a la ruptura que se vivió en los 60, pero a escala gigantesca: los pueblos le están pidiendo a sus líderes que construyan puentes imaginarios para superar los problemas que los frustran. Y las únicas fuerzas que hasta ahora parecen comprender este llamado “irracional” de las mayorías son los partidos de derecha. ¿Cómo entender este viraje a lo irracional y extremista que está sufriendo la vida política de Occidente en la última década?
En enero apareció en Italia el libro “Hipnocracia” (ya traducido a varios idiomas, que a fin de mes se distribuye en la Argentina). Se lo presentó como obra del autor chino (de Hong Kong) Jianwei Xun. Apenas aparecido suscitó debates en varias capitales europeas y en EEUU porque sus tesis centrales parecen explicar el estado de hipnosis en la que vivimos actualmente gracias al predominio de la vida virtual, los celulares, las redes sociales y la Inteligencia Artificial.


Si tenemos en cuenta que el 90% de los mayores de 12 años del mundo tienen un celular y que el 90% de ese grupo dedica gran parte de su tiempo a consultar el celular, comprenderemos cuán fuerte es la presencia de la vida virtual en la existencia cotidiana de cada persona. Es tan poderosa la presencia de lo que ocurre en la pantalla que, según “Hipnocracia”, ya la mayoría no puede distinguir qué es verdadero y qué es falso, qué es ficcional y qué es real.


A comienzo de este mes se supo que el libro “Hipnocracia” fue escrito por el filósofo italiano Andrea Colamedici en conjunto con dos inteligencias artificiales distintas que él puso a debatir entre ellas sobre todos estos temas. Fue idea suya decir que el libro fue obra de un autor ficticio y luego dar a conocer la realidad. Colamedici hizo esto para lograr un texto que fuera, a la vez, teoría y práctica de lo que decía: que ya no sabemos qué es lo real y qué lo ficcional y que vivimos en una especie de estado de sopor constante que es muy similar a estar hipnotizado.


Colamedici sostiene que el abuso de la información expande la ignorancia con la ilusión de eliminarla. Mientras más herramientas tenemos para conocer el mundo menos sabemos cómo actuar en el mundo y estamos cada vez más sometidos a esas herramientas hasta para las acciones más insignificantes, como saber qué camino recorrer para ir a tal lado. Con la excusa de que el GPS resuelve el camino o que la calculadora nos da el resultado de una cuenta aritmética ya no pensamos nada.


Colamedici dice que no debemos ver la tecnología como un enemigo. Debemos saber que no hay vuelta atrás y que hay que aprender a usarla críticamente. La ultraderecha ha sabido usar las herramientas tecnológicas para llegar a los que buscaban nuevas ilusiones mientras que las otras opciones políticas no tienen ni idea de lo que está pasando.


La ultraderecha propuso su mundo nuevo, que es cruel y reaccionario, pero haciendo que cada persona crea que todo lo malo le va a pasar “a los otros”, que ellos serán salvados porque pertenecen al “bando de los buenos”. Esto es lo que sucedió en los EEUU de Donald Trump y en la Argentina de Milei.


Las viejas opciones políticas ya no regresarán porque justamente este apogeo hipnótico de las opciones violentas de las derechas más irracionales surgió como repudio a ideas que se agotaron. Quizá de lo que se trata ahora es de imaginar nuevas ilusiones que no sean crueles, sino amorosas. Ese es el gran desafío para los líderes que no son de la extrema derecha.


En 1959 Richard Nixon se encontró con Nikita Khrushchev y le echó en cara que los comunistas en vez de invertir en mejores bienes de consumo para su pueblo dilapidaran fortunas en el plan espacial. En 1957 la Unión Soviética había lanzado el Sputnik, que fue el primer satélite en orbitar la Tierra, lo que fue algo tan inesperado que sorprendió al mundo. A propósito de la crítica de Nixon, Khrushchev le respondió: “Cuando el pueblo señala un río imaginario el buen político no debe decirle que está equivocado, sino que tiene que prometerle que hará un puente imaginario para cruzar ese río. Lo que pasa es que cuando el pueblo ve algo que nos parece fuera de la realidad está expresando una necesidad espiritual, está exigiendo a la política que cree una ilusión nueva. Y eso es lo que ustedes norteamericanos no entienden”.

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