En otro país
Parece natural que justo cuando el país corre peligro de desplomarse, "los dirigentes" hagan todo cuanto puedan por asegurar que la catástrofe se produzca lo antes posible.
Como ya era de prever, las medidas tomadas por Domingo Cavallo en un esfuerzo por detener una corrida bancaria que amenazaba con provocar un cataclismo económico han sido criticadas con ferocidad por políticos peronistas, radicales y frepasistas, sindicalistas y muchos otros. Sin esperar un minuto, opinaron que sólo servirían para producir más desastres, que el ministro no debería hacer nada que perjudicara a los ahorristas y que eran autoritarias. No es que estos «dirigentes» estuvieran en favor de una estrategia diferente. Lo único que les interesaba era informarnos, una vez más, que no tenían absolutamente nada que ver con lo que está ocurriendo en el país.
Pues bien: la ciudadanía está tan acostumbrada a que «los políticos» hagan gala de su animadversión hacia el gobierno del presidente Fernando de la Rúa y, desde hace nueve meses, Cavallo, que pocos parecen haber encontrado extraña la actitud así manifestada. Según parece, a juicio de la mayoría es perfectamente natural que justo cuando el país corre peligro de desplomarse «los dirigentes» hagan todo cuanto puedan por asegurar que la catástrofe se produzca lo antes posible, de ahí la voluntad de tantos de proclamarle al resto del mundo de que «el plan» oficial está destinado a fracasar de forma miserable. Tan vehementes han sido los comentarios en tal sentido de algunos, que es difícil creer que no desean que suceda lo peor y que la Argentina se desmorone hasta convertirse en un baldío. También lo es creer que no les importe un bledo el porvenir de sus compatriotas, pero es de suponer que luego de pensar en términos abstractos -a juzgar por su retórica, muchos se imaginan protagonistas de una lucha cósmica entre el «neoliberalismo», que a su entender encarna el mal, y su propia filosofía personal, que representa el bien-, que han olvidado que está en juego el futuro de 37 millones de seres humanos.
La conducta de estos personajes sería comprensible si se tratara de los líderes de un movimiento pertrechado de un «plan» viable que estuvieran convencidos de que no bien consiguieran reemplazar al gobierno el país comenzaría a recuperarse, pero ni siquiera procuran hacer pensar que de llegar al poder tomarían medidas radicalmente distintas. Critican por criticar, haciendo gala de su indignación por la debilidad de De la Rúa y por lo grave que es la fase actual de la crisis, sin otro propósito que el de llamar la atención de la ciudadanía que, ya muy asustada por el estado del país, quisiera oír algo más de sus «dirigentes» que bramidos insensatos.
También preferirían un mensaje más constructivo los funcionarios de las agencias internacionales y de países como Estados Unidos. A veces, aluden a lo imprescindible que es que la estrategia oficial disfrute de «apoyo político», subrayando que sin éste ningún «plan» tendría la más mínima posibilidad de prosperar. No es que simpaticen demasiado con De la Rúa, es que no les hace ninguna gracia la perspectiva de que la Argentina se hunda, calamidad que, además de tener repercusiones desagradables en todo el mundo, podría dar lugar a una auténtica catástrofe humanitaria aquí. Huelga decir que los «dirigentes» políticos locales se han encargado de enseñarles que en esta batalla el gobierno de De la Rúa está totalmente aislado, que virtualmente nadie que no forme parte de la cúpula del Poder Ejecutivo nacional quiere que logre impedir que el país se precipite por el abismo. Por el contrario, parecería que muchos se sienten irresistiblemente tentados a empujarlo. Así las cosas, es lógico que en el «Primer Mundo» muchos que se han interesado por el destino de la Argentina hayan llegado a la conclusión de que no les queda otra alternativa que la de dejarla «caer». Al fin y al cabo, se dicen, no puede concebirse una «solución» para un país en que los «dirigentes» políticos y sindicales más destacados, lejos de querer colaborar con el presidente o, por lo menos, estar dispuestos a declarar una tregua mientras el riesgo de un derrumbe siga siendo patente, están decididos a proclamar a los cuatro vientos que el gobierno está en manos de una banda de payasos inútiles o, en el caso de Cavallo y sus allegados, delincuentes.
Como ya era de prever, las medidas tomadas por Domingo Cavallo en un esfuerzo por detener una corrida bancaria que amenazaba con provocar un cataclismo económico han sido criticadas con ferocidad por políticos peronistas, radicales y frepasistas, sindicalistas y muchos otros. Sin esperar un minuto, opinaron que sólo servirían para producir más desastres, que el ministro no debería hacer nada que perjudicara a los ahorristas y que eran autoritarias. No es que estos "dirigentes" estuvieran en favor de una estrategia diferente. Lo único que les interesaba era informarnos, una vez más, que no tenían absolutamente nada que ver con lo que está ocurriendo en el país.
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