Sin salidas

Son dos las opciones de este gobierno o su sucesor: o instrumenta la madre de todos los ajustes con el respaldo del FMI, o lo hace solo tras un "default" y una devaluación.

Redacción

Por Redacción

Si tomaran en serio sus propias palabras, muchos políticos, entre ellos los líderes de todas las agrupaciones significantes, personajes como Raúl Alfonsín, Eduardo Duhalde y tantos otros, para no hablar de los sindicalistas y eclesiásticos más locuaces, estarían celebrando la negativa del FMI a seguir entregándonos fondos a cambio de promesas vacías por suponer que finalmente la Argentina ha logrado liberarse de la tutela de un organismo inhumano que, para colmo, a su juicio no entiende nada de economía. Sin embargo, parecería que están tan preocupados como el que más por las implicancias de la ruptura y esperan que Domingo Cavallo logre convencer a sus interlocutores de la conveniencia de respaldar las propuestas oficiales.

El nerviosismo de la dirigencia nacional puede entenderse: ocurre que con el FMI o sin él tendrá que producir un programa económico que sea «sustentable». Que éste sea derechista o izquierdista, estatista o capitalista, es lo de menos. Lo importante es que «cierre», porque de lo contrario sólo habrá caos y miseria. Claro, de haber sabido los políticos más influyentes llegar a un acuerdo en torno de un programa de este tipo, los funcionarios fondomonetaristas no hubieran tenido motivos para abandonar a su suerte no sólo a la dupla conformada por Fernando de la Rúa y Cavallo, sino al país en su conjunto, pero por distintas razones fue necesario que la Argentina experimentara un choque financiero violento para que «los dirigentes» comenzaran a considerar la posibilidad de que fueran auténticos los límites señalados por quienes saben sumar, que, pasara lo que pasara, les sería forzoso frenar la expansión constante de un sector público que ya ha asfixiado al privado y que de seguir así lo matará.

No es que el FMI no haya hecho su aporte al desastre. Podría decirse que su mera existencia ha estimulado aquellos vicios que quisiera combatir. Es que tanto aquí como en muchos otros países del llamado Tercer Mundo, los gobernantes se han habituado a culpar al FMI por sus problemas, dando a entender que si no fuera por su dogmatismo liberal y por las recetas perversas que los obligan a aplicar, les sería muy fácil combinar el crecimiento vigoroso con la equidad. Se trata de una forma hipócrita de oír misa y andar en la procesión, de intentar sin convicción reducir los déficit fiscales cuando asumen proporciones alarmantes mientras se proclaman en favor de medidas incomparablemente más flexibles. Por desgracia, a la larga la ambigüedad ya instintiva así supuesta ha resultado ser más nociva que cualquier error conceptual que podría achacarse a los técnicos extranjeros por constituir una manera de insinuar que en última instancia el manejo de la economía no es responsabilidad ni del Poder Ejecutivo ni, huelga decirlo, de los demás «dirigentes», de modo que sería natural que el país entero, sin excluir al mismísimo gobierno, se dedicara a «luchar» contra la estrategia económica de turno, lo cual es claramente una insensatez.

Pues bien: a menos que Cavallo consiga congraciarse con los gerentes del FMI, la clase política nacional se verá constreñida a aceptar que el futuro del país está en sus manos, alternativa ésta que no pocos «dirigentes» encuentran aterradora porque a esta altura están acostumbrados a dar por descontado que la solución de todos los problemas está en Washington. Las opciones que afronta este gobierno o su sucesor son dos: puede instrumentar la madre de todos los ajustes con el respaldo del FMI, o puede hacerlo a solas luego de un «default» acompañado ya por una devaluación mayúscula o por la dolarización. No existen otras variantes que sean menos dolorosas. Aunque la primera opción podría ser mucho menos traumática que la segunda, entrañaría la desventaja acaso fatal de que permitiría a que los «dirigentes» se las arreglaran, como siempre lo han hecho, para trasladar los «costos políticos» al organismo internacional, cuando no de los satanizados «neoliberales» estadounidenses, lavándose de este modo las manos de las consecuencias de su resistencia terca a «ajustar» que, lejos de proteger a la ciudadanía contra la fea realidad financiera, la ha dejado a la intemperie en medio de una tormenta fenomenal sin abrigo alguno.


Si tomaran en serio sus propias palabras, muchos políticos, entre ellos los líderes de todas las agrupaciones significantes, personajes como Raúl Alfonsín, Eduardo Duhalde y tantos otros, para no hablar de los sindicalistas y eclesiásticos más locuaces, estarían celebrando la negativa del FMI a seguir entregándonos fondos a cambio de promesas vacías por suponer que finalmente la Argentina ha logrado liberarse de la tutela de un organismo inhumano que, para colmo, a su juicio no entiende nada de economía. Sin embargo, parecería que están tan preocupados como el que más por las implicancias de la ruptura y esperan que Domingo Cavallo logre convencer a sus interlocutores de la conveniencia de respaldar las propuestas oficiales.

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