Aprendizaje duro
Lejos de tratar de hacerle frente a la crisis, la clase política parece resuelta a negar su existencia.
Durante casi dos décadas Raúl Alfonsín es blanco de burlas por haber afirmado en la campaña electoral de 1983, que lo llevaría a la presidencia de la Nación, que con la democracia se come, se educa, se cura, etc. Sin embargo, el único error que cometía el caudillo radical cuando repetía tales palabras era omitir mencionar que tendrían que transcurrir muchos años antes de que la democracia argentina estuviera en condiciones de brindar a los habitantes del país los beneficios mínimos a los que aludía. Si bien siempre ha sido correcto señalar que el democrático es el único sistema político capaz de lograrlos, esto no quiere decir que sea suficiente celebrar elecciones para que un país pobre, inequitativo y pésimamente administrado se vea transformado en un dechado de prosperidad, justicia social y eficiencia. Era legítimo considerar la democracia un triunfo «del pueblo», pero hubiera sido mejor tratarla como un desafío sumamente difícil porque, de todos los sistemas políticos concebidos, es el más exigente.
Por desgracia, muchos líderes políticos -personajes que ya en diciembre de 1983 se creían facultados para sermonear a europeos y norteamericanos sobre los defectos de sus respectivas modalidades- se han resistido a entender que construir una sociedad auténticamente democrática de los restos de un orden autoritario supone una tarea muy larga y muy ardua. Aunque era natural que por motivos de orgullo quienes lideraban la restauración democrática se ufanaran de su propia superioridad moral sobre los presuntos maestros extranjeros, al país le hubiera convenido cierta humildad. Pero como sus adversarios dictatoriales, los demócratas, que también son producto de una sociedad esencialmente autoritaria, propenden a confiar demasiado en las «soluciones» sencillas, contundentes e inmediatas, pasando por alto el hecho evidente de que los cambios que proponen a menudo requieren que millones de personas, no sólo algunos «dirigentes», modifiquen su conducta y sus actitudes.
La situación calamitosa del país se debe en buena medida a las partes ocultas de la herencia autoritaria, una de las cuales ha consistido en la fe excesiva en el valor de las declaraciones rimbombantes y de los «planes» anunciados por el presidente del turno. Convencida la mayoría de que su trabajo se limitaba a decidir lo que debería hacerse, son pocos, muy pocos, los políticos que se preocuparon por la instrumentación de sus proyectos. De lo contrario, hubieran hecho de la reforma del Estado en todos los niveles una prioridad, eliminando a los ñoquis por parásitos inútiles, al clientelismo por ser contraproducente desde su propio punto de vista e insistiendo, por motivos acaso egoístas, en que las distintas reparticiones públicas fueran gerenciadas por funcionarios profesionales de óptima calidad. Huelga decir que no han hecho nada de esto: principiantes cuando del manejo de una sociedad democrática se trataba, imaginaron que un mero cambio de régimen les permitiría emular a los gobernantes incomparablemente más experimentados, respaldados por instituciones muy superiores, de los países avanzados que les servían de modelo.
Otra parte nefasta de la herencia autoritaria ha sido la actitud de los políticos frente a los problemas económicos. Además de jactarse de estar en lucha contra las ideas en boga en el resto del mundo occidental, compartían con los militares y sus colaboradores el convencimiento de que una vez fijada la estrategia, lo demás sucedería sin que se vieran obligados a intervenir. Por supuesto, pronto descubrieron que sus directivas se resistían a traducirse en hechos concretos, pero en lugar de prestar más atención a los engorrosos detalles prácticos, muchos optaron por refugiarse en un universo abstracto conformado por «principios», rehusándose a tomar en serio lo que ocurriera en el habitado por sus compatriotas, tendencia ésta que se ha intensificado mucho últimamente con el resultado de que, lejos de tratar de hacerle frente a la «crisis», la clase política en su conjunto parece resuelta a negar su existencia, actitud ésta que es típica de quienes no comprenden que la democracia supone la voluntad de asumir ciertas responsabilidades.
Durante casi dos décadas Raúl Alfonsín es blanco de burlas por haber afirmado en la campaña electoral de 1983, que lo llevaría a la presidencia de la Nación, que con la democracia se come, se educa, se cura, etc. Sin embargo, el único error que cometía el caudillo radical cuando repetía tales palabras era omitir mencionar que tendrían que transcurrir muchos años antes de que la democracia argentina estuviera en condiciones de brindar a los habitantes del país los beneficios mínimos a los que aludía. Si bien siempre ha sido correcto señalar que el democrático es el único sistema político capaz de lograrlos, esto no quiere decir que sea suficiente celebrar elecciones para que un país pobre, inequitativo y pésimamente administrado se vea transformado en un dechado de prosperidad, justicia social y eficiencia. Era legítimo considerar la democracia un triunfo "del pueblo", pero hubiera sido mejor tratarla como un desafío sumamente difícil porque, de todos los sistemas políticos concebidos, es el más exigente.
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