La anarquía
Si bien es habitual usarla como sinónimo de caos y por lo tanto de tumultos callejeros, la voz «anarquía» quiere decir «falta de todo gobierno en un Estado». No se equivocaban aquellos peronistas que antes de la presentación al Congreso de la renuncia del presidente Fernando de la Rúa afirmaron que la Argentina estaba sumida en ella, pero sucede que el vacío de poder que denunciaban se debió a mucho más que las vacilaciones interminables del radical, hombre cuya decisión de tirar la toalla ante la negativa tajante del PJ a colaborar no puede sino agravar aún más el problema básico del país, que consiste precisamente en la ausencia de cualquier fuerza política que sea capaz de brindarle el liderazgo que tan desesperadamente precisa. También ha ayudado a crear este vacío aterrador la conducta indecible de muchísimos otros, incluyendo, claro está, a los máximos líderes de la Alianza que, al igual que los gobernadores peronistas, se han dedicado a aprovechar los problemas del país imputándolos a un gobierno tambaleante para entonces hacer lo posible por agravarlos por suponer que las ventajas escuálidas así conseguidas importaron más que el futuro nacional. En las horas tensas que siguieron a la renuncia de Domingo Cavallo, los gobernadores y legisladores peronistas, acompañados por políticos radicales, bombardearon a De la Rúa con declaraciones a un tiempo rimbombantes y vacuas, reclamándole «un gesto de grandeza», un «cambio de modelo», un «nuevo rumbo» y así por el estilo, sin comprometerse con nada definido. No pudieron porque, como es notorio, en su propio movimiento conviven representantes de una variedad asombrosa de «soluciones» que van desde la dolarización completa hasta el cierre de la economía y la restauración del modelo corporativo de los años cuarenta.
A partir de la reelección de Carlos Menem, casi todos los integrantes de la «clase política» nacional están huyendo desesperadamente de la responsabilidad, impulsando de este modo un proceso centrífugo que ya ha provocado daños irreparables al país y que amenaza con convertirlo en un gran baldío habitado por famélicos violentos. Lo entiendan o no políticos como Raúl Alfonsín, Federico Storani, Carlos «Chacho» Alvarez y tantos otros, los gobiernos sí son necesarios y en medio de una crisis económica tan grave como la que está aplastándola, la Argentina tiene forzosamente que dotarse de uno que sea muy pero muy sólido. Al separarse de De la Rúa sin renunciar a todos sus puestos partidarios tal y como hubieran hecho sus equivalentes de países de tradiciones democráticas más robustas, aquellos prohombres de la Alianza aseguraron que en adelante la Argentina se vería gobernada por un presidente totalmente aislado sometido a ataques constantes por sus presuntos partidarios. Puede que hayan previsto salvar la ropa por su actitud «principista»; debieron haber pensado en las consecuencias que tendría su conducta para los demás.
Pocos políticos supieron descifrar el mensaje que les fue enviado por el electorado en octubre. Los más lo tomaron por un voto de repudio al gobierno, pero sucede que fue dirigido hacia la clase política en su conjunto. Asimismo, los disturbios multitudinarios de los días últimos se inspiraron en mucho más que la hostilidad hacia Cavallo y De la Rúa. A pesar de los intentos de tantos «dirigentes» de sacar provecho de la bronca generalizada, fue un ruidoso grito de protesta contra una clase política que está dominada por personajes que olvidaron hace muchos años, si es que lo comprendieron una vez, que su deber consiste en servir al país, no en servirse de él, y que a menos que estén dispuestos a anteponer el bien común a su «lealtad» hacia sus familiares, amigos, correligionarios y compañeros, convendría que optaran por otra forma de ganarse la vida. Ya han renunciado Cavallo y De la Rúa. Antes de que el país pueda comenzar a salir de la crisis atroz en la que se ha precipitado, tendrán que renunciar centenares, quizás miles, de otros que por su comportamiento mezquino e irresponsable, cuando no corrupto, han hecho de «la política» una mala palabra, a juicio de muchos la equivalente de delincuencia, en la Argentina atribulada de hoy.
Si bien es habitual usarla como sinónimo de caos y por lo tanto de tumultos callejeros, la voz "anarquía" quiere decir "falta de todo gobierno en un Estado". No se equivocaban aquellos peronistas que antes de la presentación al Congreso de la renuncia del presidente Fernando de la Rúa afirmaron que la Argentina estaba sumida en ella, pero sucede que el vacío de poder que denunciaban se debió a mucho más que las vacilaciones interminables del radical, hombre cuya decisión de tirar la toalla ante la negativa tajante del PJ a colaborar no puede sino agravar aún más el problema básico del país, que consiste precisamente en la ausencia de cualquier fuerza política que sea capaz de brindarle el liderazgo que tan desesperadamente precisa. También ha ayudado a crear este vacío aterrador la conducta indecible de muchísimos otros, incluyendo, claro está, a los máximos líderes de la Alianza que, al igual que los gobernadores peronistas, se han dedicado a aprovechar los problemas del país imputándolos a un gobierno tambaleante para entonces hacer lo posible por agravarlos por suponer que las ventajas escuálidas así conseguidas importaron más que el futuro nacional. En las horas tensas que siguieron a la renuncia de Domingo Cavallo, los gobernadores y legisladores peronistas, acompañados por políticos radicales, bombardearon a De la Rúa con declaraciones a un tiempo rimbombantes y vacuas, reclamándole "un gesto de grandeza", un "cambio de modelo", un "nuevo rumbo" y así por el estilo, sin comprometerse con nada definido. No pudieron porque, como es notorio, en su propio movimiento conviven representantes de una variedad asombrosa de "soluciones" que van desde la dolarización completa hasta el cierre de la economía y la restauración del modelo corporativo de los años cuarenta.
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