Demora suicida
editorial
Por impresionante que haya sido la rapidez con la que los peronistas, sin prestar ninguna atención a los reparos formulados por los demás, decidieron nombrar a Adolfo Rodríguez Saá presidente interino de la Nación, el país tendrá que esperar hasta que las elecciones convocadas para el 3 de marzo produzcan un jefe de Estado cuya autoridad no sea meramente transitoria. Y, como si el intervalo así supuesto ya no fuera excesivamente largo, por basarse en la llamada ley de Lemas, el sistema electoral que según parece será empleado es tan complicado y tan confuso que no hay ninguna seguridad de que el resultado de los comicios complazca a más que los partidarios del eventual triunfador. Puede comprenderse, pues, la sensación de inquietud que se ha apropiado de tantos a raíz de la reacción superficialmente contundente pero en verdad muy lenta de los peronistas ante el colapso ignominioso del gobierno de Fernando de la Rúa, colapso que ellos mismos habían ayudado a provocar negándole su colaboración. Aunque resulte que Rodríguez Saá tenga todas las cualidades necesarias para ser un líder auténtico que tanto le faltaban a De la Rúa y nadie duda de que el peronismo, gracias menos a sus méritos propios que a las gravísimas deficiencias ajenas, constituye hoy por hoy el movimiento político más poderoso, ya queda claro que tendrá que transcurrir mucho tiempo antes de que por fin se conforme un polo de poder que sea capaz de brindarle a un país en caída libre la clase de gobierno que precisará para tocar fondo y entonces levantarse de nuevo.
Es una regla fundamental de la política que a un gobierno que asuma en medio de una emergencia siempre le conviene tomar las decisiones más antipáticas el primer día de su gestión. Caso contrario, no tardará en convertirse en dueño exclusivo de la crisis que le permitió surgir. Es lo que le sucedió al gobierno de la Alianza y tal como están las cosas el país podría llegar a marzo plenamente convencido de que el desastre, que para entonces será aún peor, es obra de «los peronistas», de suerte que el sucesor de Rodríguez Saá, siempre y cuando se trate de un compañero, comenzaría su gestión con su autoridad ya minada, mientras que de triunfar un candidato de otro origen debido al desencanto ante los esfuerzos del gobierno interino, sus posibilidades de éxito serían nulas.
¿Está preparado el puntano para gobernar al país con el vigor, inventiva y resolución necesarios para que en el lapso breve que le ha sido otorgado se echen las bases de una recuperación sostenible? Si bien es factible que Rodríguez Saá nos tenga guardadas algunas sorpresas, sus declaraciones iniciales hacen prever que se limitará a «administrar la crisis», defendiendo la convertibilidad, acaso formalizando el «default» que en efecto ya se ha concretado y flexibilizando las restricciones al retiro de dinero de los bancos. Es decir, haría lo que bien pudiera haber hecho De la Rúa si hubiera sobrevivido a los estallidos de ira callejeros y embestidas políticas que demolieron su mandato y lo haría por la misma razón: en la Argentina actual, lo que podría resultar económicamente viable se ha desvinculado por completo de lo que se considera políticamente viable y al país no le es dado dotarse ni de un gobierno ni de un movimiento político con la capacidad para reconciliarlos.
Lo mismo que la Alianza dos años antes, el PJ se ha concentrado tanto en debilitar a sus adversarios con miras a desplazarlos del poder, que no se ha preocupado por elaborar un programa de gobierno realista para poner en marcha en cuanto alcanzara su objetivo. Y, lo mismo que sus equivalentes aliancistas, distintos voceros peronistas ya están informándonos de su asombro por la condición sumamente precaria de la economía nacional. Tales afirmaciones podrían resultarles útiles, pero lo único asombroso es que antes de asumir la responsabilidad de manejar la economía dirigentes supuestamente cumplidores ni siquiera se dieron el trabajo de pensar en serio sobre lo que les sería aconsejable hacer, es de suponer por entender que en la Argentina actual el realismo, por diluido que estuviera, es un veneno prohibido a todos los políticos exceptuando a los dispuestos a suicidarse.
Por impresionante que haya sido la rapidez con la que los peronistas, sin prestar ninguna atención a los reparos formulados por los demás, decidieron nombrar a Adolfo Rodríguez Saá presidente interino de la Nación, el país tendrá que esperar hasta que las elecciones convocadas para el 3 de marzo produzcan un jefe de Estado cuya autoridad no sea meramente transitoria. Y, como si el intervalo así supuesto ya no fuera excesivamente largo, por basarse en la llamada ley de Lemas, el sistema electoral que según parece será empleado es tan complicado y tan confuso que no hay ninguna seguridad de que el resultado de los comicios complazca a más que los partidarios del eventual triunfador. Puede comprenderse, pues, la sensación de inquietud que se ha apropiado de tantos a raíz de la reacción superficialmente contundente pero en verdad muy lenta de los peronistas ante el colapso ignominioso del gobierno de Fernando de la Rúa, colapso que ellos mismos habían ayudado a provocar negándole su colaboración. Aunque resulte que Rodríguez Saá tenga todas las cualidades necesarias para ser un líder auténtico que tanto le faltaban a De la Rúa y nadie duda de que el peronismo, gracias menos a sus méritos propios que a las gravísimas deficiencias ajenas, constituye hoy por hoy el movimiento político más poderoso, ya queda claro que tendrá que transcurrir mucho tiempo antes de que por fin se conforme un polo de poder que sea capaz de brindarle a un país en caída libre la clase de gobierno que precisará para tocar fondo y entonces levantarse de nuevo.
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