La gran interna

El hecho de que el país dependa por completo de una interna peronista de desenlace incierto no puede ser motivo de celebración.

Redacción

Por Redacción

En los años sesenta, la «interna» peronista llevó al país a una situación que sin exagerar demasiado podría ser calificada de guerra civil, al enfrentarse el ala «revolucionaria» del movimiento con la derechista y militarista. Aunque mucho ha cambiado a partir de aquel período tan violento, el que una vez más el país dependa por completo de los resultados de una interna peronista de desenlace incierto no puede ser motivo de celebración. Por el contrario, tanto la forma en que cayó el gobierno del presidente Fernando de la Rúa como la reacción frente a la oportunidad así creada de los peronistas hacen prever que al país le espera un período prolongado de inestabilidad política signada por la falta de legitimidad de gobernantes que a raíz de las circunstancias se verán constreñidos a tomar medidas muy duras.

Si bien no parecen existir diferencias ideológicas entre los muchos candidatos vinculados con el PJ que lucharán por destacarse en medio de la confusión fenomenal que supondrá la aplicación de la ley de Lemas, el choque entre los proyectos personales de los caudillos ambiciosos que se han ofrecido para salvar al país podría resultar más que suficiente como para asegurar que la campaña que ya ha comenzado se haga sumamente virulenta, lo cual, huelga decirlo, no contribuiría en absoluto a atenuar una crisis que amenaza con tener consecuencias todavía más calamitosas que las ya experimentadas. En buena lógica, la conciencia de que el ganador de las elecciones tendrá que encargarse de los destinos de un país en bancarrota, con instituciones tambaleantes y una clase política corrupta y rencorosa debería servir para convencer a todos, salvo a los más capaces, de que no les convendría aspirar a una función que nunca estarían en condiciones de desempeñar pero, como es notorio, aquí abundan los improvisados que no se dejarán intimidar por realidad alguna.

Aun más que en otras partes, aquí la política tiene su propio ritmo, que no es el del resto del país. La agitación superficial no obstante, nuestros partidos y movimientos avanzan, si es que lo hacen, a paso de tortuga, aferrándose a conceptos anacrónicos, mientras que la sociedad en su conjunto, para no hablar del estado de la economía, puede transformarse con rapidez desconcertante. A pesar de que desde setiembre del 2000 los peronistas han sabido que era muy posible que De la Rúa no lograra terminar su mandato y que por lo tanto podrían verse forzados a asumir la responsabilidad de gobernar a un país que se hunde, no permitieron que este detalle los obligara a apurar sus preparativos, de ahí la voluntad de quemar etapas recurriendo a la ley de Lemas. Sin embargo, aun cuando el insólito proceso electoral así supuesto se concrete en un clima de tranquilidad y respeto mutuo, sería un auténtico milagro que diera luz a un gobierno que contara con la homogeneidad y respaldo popular que sin duda alguna necesitará. De degenerar la campaña en una batahola multitudinaria, el gobierno que finalmente emerja podría resultar aún más débil que el formado por la Alianza de radicales y frepasistas. En tal caso, el futuro del país sería negro.

El propósito formal de quienes optaron por la convocatoria a elecciones era respetable: consistía en asegurarle al próximo presidente un grado mayor de legitimidad que el ostentado por Ramón Puerta primero y Adolfo Rodríguez Saá después. Sin embargo, el método elegido supone que será sorprendente que el eventual triunfador reciba personalmente más que una pequeña fracción de los votos depositados en las urnas, de modo que habrán muchos que, el malhumor que ya sienten exacerbado aún más por una campaña que amaga con ser un festín demagógico, cuestionarán su derecho a instalarse en la Casa Rosada. Asimismo, no faltarán los que recordarán la presunta participación de peronistas como Hugo Moyano y Luis Barrionuevo en los acontecimientos violentos que culminaron con la renuncia de De la Rúa, además de la actitud nada cooperativa de la bancada parlamentaria del PJ en un momento clave, para llegar a la conclusión de que el colapso del gobierno aliancista y de la economía nacional se debió tanto a la voracidad de los peronistas como a la torpeza apenas creíble de los radicales.


En los años sesenta, la "interna" peronista llevó al país a una situación que sin exagerar demasiado podría ser calificada de guerra civil, al enfrentarse el ala "revolucionaria" del movimiento con la derechista y militarista. Aunque mucho ha cambiado a partir de aquel período tan violento, el que una vez más el país dependa por completo de los resultados de una interna peronista de desenlace incierto no puede ser motivo de celebración. Por el contrario, tanto la forma en que cayó el gobierno del presidente Fernando de la Rúa como la reacción frente a la oportunidad así creada de los peronistas hacen prever que al país le espera un período prolongado de inestabilidad política signada por la falta de legitimidad de gobernantes que a raíz de las circunstancias se verán constreñidos a tomar medidas muy duras.

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