Partido perdido

El fracaso espectacular de la UCR se debe no sólo al carácter de De la Rúa. También a la resistencia de la mayoría de los caciques del partido.

Redacción

Por Redacción

Incluso antes de que Fernando de la Rúa iniciara su gestión desafortunada, muchos radicales trataban de posicionarse de tal modo que, esperaban, pudieran beneficiarse de sus eventuales logros pero no tendrían que compartir los costos ni de sus errores ni de aquellas medidas poco populares pero así y todo necesarias que, por sensible que fuera, cualquier gobierno tendría que tomar. Aunque con el correr de los meses la cantidad de disidentes aumentó hasta tal punto que el grueso de la UCR formaría parte de la oposición, la «estrategia» así supuesta fracasó de manera contundente. Además de socavar a De la Rúa, los radicales «disidentes» que conformaban la mayoría en el universo cada vez más chico del radicalismo demolían metódicamente a su propio partido porque la ciudadanía, que no se dio el trabajo de familiarizarse con el pensamiento bizantino de Raúl Alfonsín, Leopoldo Moreau, Federico Storani, Angel Rozas y otros referentes, sólo vio que la expresión «gobierno radical» era un oxímoron, una contradicción en los términos, de suerte que no extrañaría en absoluto que ya hayamos dicho adiós al último de los presidentes radicales.

El fracaso espectacular de la UCR puede ser atribuido no sólo a las deficiencias ya notorias del carácter de De la Rúa, sino también a la resistencia de los líderes del partido a entender que la democracia supone algo más que la voluntad de respetar ciertas reglas básicas que se ven resumidas en la Constitución nacional. También significa que los elegidos para gobernar tienen forzosamente que hacerlo y que es deber de los miembros de su partido acompañarlos o, en el caso de que por motivos éticos o ideológicos genuinos no quieran convalidar el «rumbo» que haya emprendido, renunciar a sus puestos en el aparato. De más está decir que los caciques radicales nunca estuvieron dispuestos a sacrificarse así: la mera idea de sufrir inconvenientes personales en aras de sus ideales les produjo escozores. Por serles ajeno el principio de la responsabilidad colectiva sin la cual ninguna democracia pueda funcionar, se dieron el gusto de rebelarse contra el gobierno sin por eso dejar de manejar el partido, conducta ambigua que, como era de prever, tendría resultados desastrosos no sólo para el país, sino también para ellos mismos.

Por ser un personaje célebre por su debilidad, un amigo del consenso que prefería los acuerdos vagos a los enfrentamientos, De la Rúa pronto se resignó a convivir con esta situación absurda. Ni siquiera intentó convencer a sus correligionarios de que dadas las circunstancias era esencial que el presidente de la República también fuera el jefe indiscutido del partido con el poder suficiente como para expulsar a los reacios a colaborar con sus esfuerzos, quitándoles aquellos privilegios, entre ellos el «derecho» a mantener a contingentes de ñoquis, que en nuestro país son considerados inherentes a la actividad política. Asimismo, los radicales antidelarruistas nunca consiguieron comprender que en vista del escaso entusiasmo de la ciudadanía por su voluntad de oír misa y andar en la procesión, de apropiarse del botín que aquí suele hacer disponible el poder sin preocuparse en absoluto por las responsabilidades que supone, su terquedad obstructora sería tomada por lo que era, una manifestación imperdonable del egoísmo de integrantes de una pequeña minoría que aprovechaban su control sobre el aparato partidario para hacerle la vida imposible a un rival interno y, de pasada, para hundir al país. En las elecciones de octubre «la gente» les dejó saber lo que pensaba de su comportamiento, razón por la que pocos cosecharon más del veinte por ciento de los votos, pero puesto que su mundo se veía circunscripto a la UCR, se negaron a entenderlo. Así las cosas, es natural que a juicio de muchos el radicalismo ya ha completado su ciclo y que si bien algunos pedazos podrían sobrevivir como movimientos provinciales o vecinales, no es demasiado probable que las catástrofes que nos aguardan sean tan atroces que el electorado, frustrado por la incompetencia o peor de las alternativas, decida nuevamente que a pesar de los resultados lamentables de la gestión más reciente de un gobierno radical, el candidato de la UCR sea el mal menor.


Incluso antes de que Fernando de la Rúa iniciara su gestión desafortunada, muchos radicales trataban de posicionarse de tal modo que, esperaban, pudieran beneficiarse de sus eventuales logros pero no tendrían que compartir los costos ni de sus errores ni de aquellas medidas poco populares pero así y todo necesarias que, por sensible que fuera, cualquier gobierno tendría que tomar. Aunque con el correr de los meses la cantidad de disidentes aumentó hasta tal punto que el grueso de la UCR formaría parte de la oposición, la "estrategia" así supuesta fracasó de manera contundente. Además de socavar a De la Rúa, los radicales "disidentes" que conformaban la mayoría en el universo cada vez más chico del radicalismo demolían metódicamente a su propio partido porque la ciudadanía, que no se dio el trabajo de familiarizarse con el pensamiento bizantino de Raúl Alfonsín, Leopoldo Moreau, Federico Storani, Angel Rozas y otros referentes, sólo vio que la expresión "gobierno radical" era un oxímoron, una contradicción en los términos, de suerte que no extrañaría en absoluto que ya hayamos dicho adiós al último de los presidentes radicales.

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