País populista
La clase media es tan populista como antes, y esta realidad hará muy difícil sacar al país del pozo.
A pesar del desplome de la economía y de las muchas privaciones que ha ocasionado, la Argentina sigue siendo presa del populismo más primario cuya bandera lleva la leyenda: «¡Queremos todo ya!». El reclamo principal de las decenas de miles de participantes en los cacerolazos que han proliferado a lo ancho y lo largo del país no consiste en la expulsión de «los ladrones» del poder, sino en la devolución inmediata de los depósitos bancarios secuestrados, lo cual, de más está decirlo, supondría el colapso casi inmediato de muchos bancos y la depauperación permanente de la mayoría abrumadora de los que están protestando. Aunque a esta altura todo «dirigente» que no sea un agitador vulgar debería entender esta realidad, muchos, secundados por una horda de abogados y jueces, prefieren figurar como amigos del pueblo a cumplir el papel en su opinión ingrato de impulsor de un mínimo de responsabilidad.
Para los interesados en comprender las causas del desastre argentino les sería suficiente prestar atención a los debates, por llamarlos así, que ha producido este asunto espinoso. Por un lado, están aquellos que afirman, con razón, que el «corralito» representa una violación gruesa del derecho de propiedad y que por lo pronto es inmoral y contradice muchas leyes; por el otro, están los pocos que se animan a señalar que de optar un gobierno por privilegiar tales argumentos éticos y jurídicos, el día siguiente la crisis económica se haría incomparablemente peor. Lo mismo que en tiempos de guerra, a las autoridades no les queda otra alternativa que la de subordinar ciertos derechos a los intereses del conjunto. Desafortunadamente para todos, una vez que se inició la corrida bancaria de los días finales de noviembre se hizo necesario frenarla con medidas excepcionales que sólo podrán levantarse cuando se haya restaurado la confianza en el sistema bancario.
Durante muchas décadas, la mentalidad de los ciudadanos enfurecidos que dan a entender que el «corralito» es nefasto y que quienes lo aprueban -como los ministros de la Corte Suprema de Justicia- son traidores infames que deberían ser aplastados, domina la política nacional. Aquellos gobiernos que han tratado de impedir que el déficit creciera demasiado no han tardado en verse aislados del «ala política» de turno, mientras que «ajuste» se ha convertido en una mala palabra. La consecuencia natural de la oposición «principista» a la disciplina fiscal y a cualquier intento de reformar el Estado ha sido el endeudamiento excesivo y, luego de años de vivir de los subsidios facilitados a un precio muy alto por el FMI y los bancos comerciales, la bancarrota.
Ultimamente, está de moda felicitar a la clase media por estar dispuesta a salir a la calle para protestar. Algunos lo han tomado por una rebelión contra «el populismo», pero resulta que si bien muchos blancos de la ira multitudinaria sí son populistas, esto no quiere decir que los eslóganes que muchos vociferan no hayan sido populistas también. Asimismo, nadie puede ignorar que, cuando los políticos ahora vilipendiados formulaban las promesas que les servían para cosechar votos a costa del futuro del país, por respuesta no recibían cacerolazos sino el aplauso de los agradecidos. Sería bueno poder creer que esta época ya haya llegado a su fin, que en adelante el pueblo, consciente de que el populismo supone pan para hoy y hambre para mañana, reaccionará ante la próxima ronda de promesas mendaces manifestando su furia contra los demagogos inescrupulosos que quieran engañarlo, pero no se dan muchos motivos para suponer que se haya producido un cambio cultural de este tipo. Por el contrario, los cacerolazos que voltearon primero a Fernando de la Rúa y después a su sucesor fugaz, Adolfo Rodríguez Saá, muestran que en el fondo muy poco se ha modificado, que la «clase media», acompañada por políticos irresponsables y por otros deseosos de felicitarse por compartir con «la gente» un sentimiento popular, es tan populista como antes, realidad que hará sumamente difícil cualquier esfuerzo por sacar al país del pozo en que ha caído empujado en buena medida por el populismo de las víctimas de la catástrofe así supuesta.
A pesar del desplome de la economía y de las muchas privaciones que ha ocasionado, la Argentina sigue siendo presa del populismo más primario cuya bandera lleva la leyenda: "¡Queremos todo ya!". El reclamo principal de las decenas de miles de participantes en los cacerolazos que han proliferado a lo ancho y lo largo del país no consiste en la expulsión de "los ladrones" del poder, sino en la devolución inmediata de los depósitos bancarios secuestrados, lo cual, de más está decirlo, supondría el colapso casi inmediato de muchos bancos y la depauperación permanente de la mayoría abrumadora de los que están protestando. Aunque a esta altura todo "dirigente" que no sea un agitador vulgar debería entender esta realidad, muchos, secundados por una horda de abogados y jueces, prefieren figurar como amigos del pueblo a cumplir el papel en su opinión ingrato de impulsor de un mínimo de responsabilidad.
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